Louie Sam – Un adolescente en manos de una turba de agentes del progreso

“Mataría a un indio con el mismo dolor con el que mataría a un chino y mataría a un chino con la misma facilidad con la que mato a un perro” / Robert Breckenridge tras el linchamiento de Louie Sam

Eran las primeras horas de la tarde del domingo 24 de febrero de 1884 cuando tres niños que volvían de la iglesia divisaron entre los árboles que la cabaña del tendero James Bell, en las afueras del pequeño poblado de Nooksack estaba ardiendo. Luego de avisar a las gentes del lugar y una vez que los vecinos pudieron buscar entre las cenizas todavía humeantes, se encontró el cadaver del viejo Bell con un tiro en la base de la nuca y a partir del hallazgo, fue muy fácil determinar quién había sido el culpable.
Robert Breckenridge, una de las voces más escuchadas en aquel caserío ubicado en el valle del río Fraser, a pocos kilómetros de la frontera entre el Estado de Washington y la Columbia Británica , dijo mientras retiraban el cuerpo calcinado de Bell: “justamente esta misma mañana puede ver a Loui Sam, a pocas millas de aquí”, y casi de inmediato, un joven de quien no se ha conservado el nombre lo corroboró: él también se había cruzado con el indio en el camino que iba hacia el norte.
Louie era un Sto:lo de 14 años perteneciente a una de las 7 familias que languidecían en la Reserva India Nº 6, también conocida como Kilgard ubicada del lado canadiense de la frontera.
Los Sto:lo tradicionalmente había vivido de la pesca del salmón, pero ya hacía mucho tiempo que habían sido obligados a abandonar sus asentamientos a orillas de los ríos y, para colmo, la llegada de más de 30.000 buscadores de oro a Nooksack en 1860, había transformado ese y otros antiguos poblados indígenas en bulliciosos y desenfrenados asentamientos blancos en los que se percibía con facilidad la poca presencia de mujeres y la sobreabundancia de borrachos, pendencieros y ladrones.
Y si algo faltaba para determinar la culpabilidad de Louie en lo sucedido aquella mañana, era lo que le recordó William Osterman a los demás esa misma tarde mientras bebían en su casa. Tres años antes, el padre del muchacho había muerto tuberculoso en la cárcel, en donde había estado esperando una condena que tenía que ver con la aparición, en Kilgard, de restos de algunas cabezas de ganado que habían desaparecido un tiempo atrás.
Aquel antecedente era determinante y en las horas siguientes todo se desarrolló con la diligencia debida.
Stuart Leckie, el sherif local conocía los hechos y él también estaba convencido de la culpabilidad de Louie. El lunes, se desplazó hacia el norte acompañado por Breckenridge (que estaba muy interesado en que el caso se resolviera rápidamente) para notificar al Juez de Paz canadiense William Campbell, quien a continuación se trasladó con ellos a Kilgard, en donde sorprendieron a Louie, lo esposaron, y le abrieron allí mismo un expediente que aún se conserva, titulado US Authorities v. Louie Sam.
Pero entonces el Sheriff Leckie y Breckenridge se dieron cuenta de que, contariamente a lo que habían esperado, Campbell pretendía juzgar al chico en territorio canadiense en lugar de entregárselo a ellos, por lo que luego de una airada discusión retornaron y esa misma noche se desencadenó la tragedia.
Unos 70 hombres partieron con sigilo al anochecer de Nooksack, algunos de ellos disfrazados de mujer, otros con sus propias ropas colocadas del revés, y todos con trapos alrededor de la cabeza y las caras pintadas de negro y rojo para no ser reconocidos. Alguien en el camino se encontró con ellos para indicarles la posada en la que tenían al prisionero que al día siguiente sería trasladado a New Westminster para ser juzgado. Alguien más, desde dentro de la posada les abrió la puerta. Y tres minutos después, quienes estaban a cargo de la custodia de Louie lo entragaron amablemente a los linchadores con un sólo y extraño pedido: que les devolvieran las esposas.
Del chico sólo sabemos que se negó a confesar y maldijo y utilizó palabras obscenas mientras lo golpeaban y le ataban las piernas antes de colgarlo de la rama de un cedro.
Según se contó después, el cuerpo se sacudió por unos 30 segundos antes de quedar inmóvil. El cadáver del adolescente fue encontrado a la mañana siguiente en Whatcom Trail, a sólo 200 pasos de la frontera con los EEUU, por lo que, afortunadamente, pudieron recuperarse las esposas, que aún tenía puestas y que hoy se conservan en el sótano del Museo de Vancouver.
Pero sabemos algo más, porque las autoridades canadienses, para evitar que los Sto:lo interpretaran aquel linchamiento como una afrenta y que eso los llevara a rebelarse, les prometieron conducir una investigación que determinara quiénes habían sido los verdaderos culpables del asesinato de Bell. Aquella investigación, por supuesto, no produjo ningún resultado concreto, pero si recabó testimonios que aún se conservan y muestran con claridad el modo en que el racismo, la maldad y los intereses coloniales caminan juntos y se sostienen mutuamente.
Los agentes enviados a Nooksack entrevistaron a muchos de los participantes del linchamiento y encontraron motivos para sospechar que William Osterman, que aspiraba a heredar el puesto de telegrafista que desarrollaba Bell en su propia tienda, y otro hombre llamado David Harkness, que quería quedarse con su mujer, eran los responsables directos de la muerte.
Pero también surgieron evidencias que apuntaban al interés de gente como Robert Breckenridge en provocar un alzamiento de los Sto:lo que oficiara como excusa para acabar con ellos y quedarse con los bosques que ocupaba la reserva.
Como había expresado el periódico del lugar, el Whatcom Reveiller, que los indígenas no hubieran reaccionado como se esperaba, había resultado en un
“…much disappointment of the whites on the Nooksack who were itching for a chance to clean out the entire band of murdering, thieving redskins.”
Todo había sido lo que hoy llamaríamos una conjunción de intereses personales y comerciales de esforzados settlers que buscaban progresar y asentar a sus familias en los nuevos territorios que se abrían a la civilización, sumados a una operación de limpieza étnica con fines inmobiliarios y comerciales.

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