Kamala Harris y su papel como representante del mundo en un país aislado

Donald Trump aún está en condiciones de lograr un segundo mandato.

Después de realizar un análisis pormenorizado de cómo en los Estados Unidos pervive en una buena parte de la población blanca el oscuro deseo de recuperar sus privilegios y su supremacía y hacer que otros grupos pierdan derechos, el historiador de McGill University J. M. Opal en una reciente nota de The Conversation advierte:

For all his volatility and incompetence, then, Trump is the default choice — even the safe choice — for a critical mass of white voters and business owners. The deaths of nearly 170,000 Americans to COVID-19 won’t change that, in part because the victims are disproportionally Black, Indigenous, people of colour and poorer workers.
With all this history on his side, Trump will be hard to beat even if he fights fair, which he almost certainly will not do.
The Democrats are in for a desperate fight.

La realidad que J.M. Opal nos pone delante a poco más de dos meses de las elecciones estadounidenses previstas para el 3 de noviembre, puede pasarnos desapercibida si sólo le prestamos atención a lo que en el mundo ha estado sucediendo con este personaje singular por el que nadie daba 5 centavos hace 5 años pero del que sabemos hoy que se puede esperar cualquier cosa, cada una de ellas más peligrosa y dañina que las otras.

Un ejemplo de qué sucede en el mundo con los deseos y los caprichos de Trump lo pudimos apreciar con toda claridad hace pocos días, cuando su país perdió una votación en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas por un margen nunca antes visto en la historia del organismo. El hecho tiene un altísimo valor geopolítico y simbólico, por lo que vale la pena dedicarle algunos párrafos siguiendo el análisis que hace Fred Kaplan en la revista Salte.

Estados Unidos, por iniciativa directa del Secretario de Estado Mike Pompeo, pretendió que se aprobara una resolución para extender un embargo sobre la compra y venta de armas convencionales hacia y desde Irán.

De los 15 miembros del Consejo de Seguridad, solo dos votaron a favor de la moción: Estados Unidos y República Dominicana. Otros dos, Rusia y China, se opusieron. Los otros 11, la mayoría de ellos aliados de Estados Unidos desde hace mucho tiempo, como Inglaterra y Francia, se abstuvieron.

Como parte de los acuerdos celebrados con Irán en el marco de Naciones Unidas el embargo que se le había impuesto, que ha estado en vigor durante 10 años, debe cancelarse el 18 de octubre de 2020. Pompeo argumentó que el Consejo de Seguridad debería extender el embargo porque Irán ha excedido recientemente los límites del acuerdo sobre el enriquecimiento de uranio y el almacenamiento de combustible nuclear.

Sin embargo, los otros miembros del consejo le recordaron al enviado de Donald Trump que Irán tomó ese paso solo después de que Estados Unidos se retirara del acuerdo e impusiera sus propias sanciones, exigiendo además que los otros signatarios hicieran lo mismo y amenazándolos con imponer sanciones también contra ellos si no obedecían.

Los miembros europeos del Consejo de Seguridad argumentaron además que, debido a que Estados Unidos se retiró del acuerdo, ya no tiene capacidad para imponer sanciones a las acciones de Irán. Y quedó claro que la Unión Europea desea atraer a Irán de regreso a la mesa de negociaciones después de que Trump deje su cargo.

Este es el resultado de más de 3 años de desplantes, amenazas, y del “America First” entendido como derecho a hacer lo que a un ex constructor de hoteles y casinos le pareció oportuno. El resultado del desconocimiento, la ignorancia y la falta de respeto transformada en principio. Aquello que comenzó casi obscenamente con un presidente que tomaba la manos de quienes lo vistaban de modo de hacerles sentir un poderío que los amedrentara, finaliza con el país más poderoso del planeta mostrándose incapaz de lograr que en el Consejo de Seguridad se aprueben sanciones contra el país que ha definido como origen de todo mal.

Pero si hemos dado este rodeo ha sido para enfatizar que en el mundo, en especial a través de los canales diplomáticos y los organismos multilaterales (ver nota sobre lo que está sucediendo en torno a la elección de Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo), se espera y se desea que esta era de caos y torpezas inaugurada hace 4 años en los EEUU finalice de una buena vez.
Y el problema que enfrenta en Partido Demócrata, pero sobre todo Kamala Harris sobre quien posiblemente recaerá buena parte de la responsabilidad de los dos meses de campaña que restan, es que a más del 40% del electorado estadounidense nada le importa el mundo ni lo que en él la gente piense.

Se trata de un público entrenado (y esto no es sólo responsabilidad del Partido Republicano) en el convencimiento de que su nación es mejor que las demás y que quienes no lo entienden así no merecen ser tenidos en cuenta. Se trata de un sentimiento originado en los albores mismos del Siglo XIX, con la doctrina del Destino Manifiesto y sus ecos se pueden escuchar todavía, si bien con matices, en los discursos de Mike Pence y en los de Hillary Clinton, en los de Trump pero también en los del propio Joe Biden.

Es una árdua tarea la que le espera a esta mujer que durante la campaña por la candidatura demócrata le recordó a su actual compañero de fórmula que ella fue una de aquellas niñas que debían ir al colegio en buses vigilados porque todavía en los años ‘60 en su país no se quería reconocer el derecho de los niños negros a ir a los mismos colegios que los niños blancos.

Hoy de algún modo y quizás sin ser conciente de ello Kamala Harris representa, en las elecciones de su país, al mundo, es decir que nos representa a todos los que hoy deseamos que una mujer en parte india en parte jamaiquina, educada, fuerte e inteligente, deje de lado la moderación, enfrente al supremacismo y venza.

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