Crónica de una misa en memoria de los mártires de la UCA

Estoy sentada en uno de los bancos de la Capilla del Loretto College una tarde (casi noche) de noviembre. Dentro, el ambiente es cálido, recogido y amable pero la primera nevada del año, que acaba de cubrir la ciudad de blanco, aunque ha quedado fuera está, de alguna forma, presente entre quienes allí recordamos un asesinato que bien podríamos haber olvidado, ya que ocurrió muy lejos de aquí y hace ya tres décadas.

Estamos en silencio, el sacerdote Robert Folliot, en un muy correcto español que delata que ha vivido por largo tiempo en nuestra América, habla de aquel momento en que 6 de sus compañeros jesuítas y dos mujeres que los ayudaban con las tareas domésticas en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas fueron colocados boca abajo y ametrallados por la espalda.

Fue un minuto más de una larguísima guerra, pienso mientras lo escucho. Fueron sólo 8 entre los más de 80.000 muertos, mutilados y desaparecidos en aquel El Salvador heroico, esperanzado y cruel de los ochenta. Y mientras me pierdo en los meandros de aquella historia, la memoria me eriza la piel y me traspasa el alma.

Durante meses, en su condición de sacerdotes que habían (como se decía entonces) optado por lo pobres, recibieron amenazas provenientes de organizaciones ultraconsrvadoras, pero también a través de comunicados del ejército e incluso desde la propia prensa del régimen: “grupo de cerebros satánicos”, “perros comunistas” “inhumanos e inmorales”, se les decía mientras periódicamente estallaba una granada o explotaba una bomba en las instalaciones de la Universidad a la que se describía como “refugio de terroristas”. Y así se sucedían los llamados a la acción escarmentadora: a “matarlos como a perros”, o a “sacarlos a escupidas del país”, hasta que finalmente un grupo de oficiales se confabuló, recibió una buena paga por sumarle aquellos 8 cuerpos a la tragedia, y el 19 de noviembre de 1989 lo hizo.

El resto es historia conocida, una historia que además no ha terminado ya que si bien existen una veintena de civiles y militares acusados de haber perpetrado aquella masacre, recién el 15 de noviembre de 2017 la Corte Suprema de Estados Unidos rechazó la última apelación posible del exviceministro de Seguridad salvadoreño Inocente Orlando Montano para evitar su extradición a España, donde se lo juzgará ya que algunos de los asesinados eran ciudadanos de ese país.

Pero en este relato, me importa destacar el silencio y el recogimiento de aquel ejercicio de memoria que se desarrollaba frente a mi en la capilla del 70 de Mary Street, porque los miembros de la Asociación Salvadoreña Canadiense me recordaron un poema de sólo dos líneas del poeta uruguayo Rafael Courtoisie, que dice: “Un día, todos los elefantes se reunirán para olvidar. / Todos, menos uno”.

Pensaba en ese poema mientras quienes habíamos asistido a la ceremonia tomábamos un café antes de salir a enfrentar la noche helada de Toronto, porque cada una y cada uno de los salvadorños presentes y quienes no lo eran, estaban allí reafirmando la importancia de ese elefante que se niega a olvidar aunque todos lo hagan.

Quien nos había invitado a participar de ese ejercicio de memoria, Rodolfo Molina, autor de Un camino, Una luz – Vivencias de un catequista en la guerra de El Salvador, recuerda en su libro que aquellas muertes, finalmente, fueron decisivas a la hora de que se le buscara una salida negociada al conflicto, por lo que el mensaje de paz de aquellos hombres y el de las mujeres que los acompañaron, se hizo carne a través de su propio sacrificio.

Es una lástima, pienso mientras me voy. Quizás estemos condenados a entender sólo después de que el dolor nos marque. O quizás es para eso que la memoria sirve. Para poder aprender del dolor que otros padecieron antes. Para que de esa forma la historia no tenga que repetirse una y otra vez.

Esa es la utilidad que tiene para el resto el elefante que se niega a olvidar y guarda todo lo sucedido en su memoria.

No es nostalgia, no es imposibilidad de dejar el pasado en el pasado. Es atesorar el sufrimiento para que no muerda a otros, o al menos intentarlo.

2 COMENTARIOS

  1. Felicitaciones Señora Scaron
    por su exelente mensaje sobre nuestros Mártires salvadoreños.
    Sus palabras fortalecen nuestra esperanza en un mañana donde aparesca el sol de la justicia y sus rayos hagan desaparecer las tinieblas causadas por los asesinos del pueblo mártir.
    Muchas gracias y muy agradecido.
    Rodolfo Molina.

    • Hola Rodolfo, quedó colocado su comentario y por supuesto, le agradezco sus palabras en nombre de Nora pero también en el mío.
      Fue un placer acompañarlos en la misa y compartir con ustedes ese «ejercicio de memoria» que como ustedes bien manifestaron es la única garantía de que se haga justicia.
      Un abrazo y seguiremos en contacto seguramente.

      Por la edición de Correo, Horacio Tejera

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