ADN, territorio en disputa y voracidad colonial

El destierro olvidable de una niña wichí


La niña de la foto pertenece a uno de los grupos de la etnia wichí, que tradicionalmente ha ocupado el bosque caducifolio que existe entre el río Bermejo y el Pilcomayo, en la zona fronteriza entre Argentina y Bolivia.


En el mes de enero de 2020, 9 niños wichís de la provincia argentina de Salta murieron de desnutrición asociada a diarreas y vómitos. Las razones inmediatas de la tragedia son la falta de alimentación adecuada, aguas contaminadas por herbicidas asociados a los cultivos de soja y el difícil acceso a los centros de salud, en los que no siempre son bien atendidos. Las razones de fondo, son el colonialismo y el desprecio que, si aún no han terminado con todos ellos, amenaza con hacerlo pronto.


Junto con los wichis está desapareciendo, como es obvio, su habitat.

La zona en la que habitan estas gentes desde tiempos inmemoriales, antes de la llegada de los primeros conquistadores europeos, es parte del Gran Chaco, el segundo bosque en extensión en Sudamérica, que reúne más de 50 ecosistemas diferentes unificados en un mismo patrón de clima y vegetación.


Se trata de una de las zonas con mayor nivel de deforestación del planeta (pierde cada mes una superficie equivalente a 1.7 ciudades de Bs. As.) que hasta mediados del siglo XX permaneció relativamente alejada de los circuitos productivos, pero que desde hace algunas décadas comenzó a ser ocupada por criadores de ganado y productores de soja que, o bien “adquieren” sus tierras comprándoselas a un Estado siempre dispuesto a mercadear con lo que no es suyo, o bien las ocupan ilegalmente y por medio de la violencia más abyecta, empujando a sus habitantes hacia zonas desérticas o hacia modos de vida incompatibles con su cultura y su subsistencia. Los hombres molidos a palos. Las mujeres, enganchadas en la prostución para desfogar a los trabajadores sojeros recién llegados.


ADN y soberanía territorial


Si le hiciéramos a esa niña un examen de ADN, encontraríamos que el suyo es muy similar al de la joven we’suwet’en de la fotografía de página 4. Eso no es algo que deba sorprendernos ya que ambas son descendientes de los pequeños grupos de cazadores siberianos que penetraron en nuestro continente hace algo menos de 20.000 años a través de Estrecho de Bering y fueron ocupando, a través de los 200 siglos transcurridos desde entonces, todo la geografía que media entre Tierra de Fuego y Alaska, desarrollando la variedad enorme de culturas que van desde el Imperio incaico hasta los pescadores del Labrador..


Ellas son, de alguna forma, las dueñas verdaderas y originarias de los lugares que habitan y ambas pertenecen a pueblos que, pese a la usurpación y la destrucción de todo cuanto tuvieron, los contagios y epidemias, la violencia, la explotación y el vaciamiento cultural de que han sido objeto, siguen en pie. Perduran y se niegan a desaparecer. Son lo que queda del más increíble y gigantesco despojo territorial que la historia humana haya presenciado jamás. Un continente entero. el segundo en extensión en todo el planeta, apropiado a costa de la muerte y la miseria de sus habitantes y la esclavitud de gentes traídas de otros sitios (Áfica, pero también Asia y la propia Europa).


Hoy, la niña wichí y la joven wet’suwet’en no solo comparten el ADN de sus cuerpos. Cinco siglos después del comienzo de la conquista ambas están enfrentadas a una situación que, salvando las distancias que puedan existir entre las costas del Pilcomayo y los bosques helados de British Columbia, es muy similar: el “progreso”, las empresas que nos lo venden, el Estado soberano que se lo permite y la policía que vela por que la Ley se cumpla, reclaman lo poco de territorio que han podido conservar. El territorio que no se les quitó antes porque hasta ahora no parecía tener demasiada utilidad.


Puertos, turismo y paraísos tropicales


Hoy, a diferencia de lo que ocurrió en siglos anteriores, cada palmo de territorio vale y con cada año que pase valdrá más. Valen más los salares inhóspitos de Bolivia porque allí hay litio y entonces el primer Estado Plurinacional se transforma de pronto en un avispero de fanáticos religiosos que utilizan la Biblia con el mismo espíritu de saqueo de siempre. Y el mismo fanatismo, encarnado en un presidente constitucional que en Brasil anuncia su deseo de cerrar el parlamento, promueve los incendios de la Amazonia y mata a los líderes indígenas que quieren oponerse a que las bandas de ganaderos ilegales sigan poniendo bajo amenaza el futuro del único planeta que nos ha sido dado. Y en Costa Rica es porque hay que proteger el paraíso tropical y la industria del turismo, y en Honduras porque hay que proteger a las empresas mineras, y en México es porque son mujeres y pretenden que no las violen, y en la Nicaragua sandinista o en la Colombia neoliberal es porque viven en marismas olvidadas que ahora podrían ser un puerto ideal para comerciar con los nuevos ricos del área del Pacífico… y en Chile es porque son terroristas irredentos que hasta bandera propia tienen.


Son razones diferentes y situaciones que podrían parecer desconectadas, pero las une el ADN de las víctimas y la voracidad colonial por arrebatarle a gentes dejadas de la mano de Dios, sus derechos y sus bienes.


Columnista invitada: Isabel Gómez