Inmigración, generosidad y agradecimiento

Uno de los filósofos esenciales de finales del siglo XX nos puede ayudar a comprender y valorar mejor la relación que existe entre un país como Canadá y su población inmigrante. Jacques Derrida, francés nacido en Argelia, sostuvo a través de su obra que lo igual engendra lo igual y se agota en la mera repetición. Y que lo diferente, al interrumpir el flujo de repeticiones, genera transformaciones culturales, progreso social y libertad.

Esa constatación de que el aporte de las diferencias es vital para el progreso social, contribuyó a la visualización de tres paradigmas muy diferentes para analizar los fenómenos migratorios.

Paradigma es un conjunto de experiencias, valores, creencias o deseos que se articulan y conforman algo así como una “visión del mundo”. Y es útil utilizar esa palabra ya que nos pone en alerta acerca de que, detrás de una cierta perspectiva, detrás del modo en que analizamos la realidad que nos rodea, hay siempre un conjunto de presupuestos e incluso prejuicios de los que, en ocasiones, no somos concientes.

Los tres paradigmas que nos interesa analizar en relación a la inmigración son el de la tolerancia, el de la hospitalidad y el del transplante.

Paradigmas de la tolerancia y de la hospitalidad.

Cuando se analiza la inmigración desde las perspectivas de la tolerancia o de la hospitalidad, se asume que existe un país que tiene las necesidades de su población resueltas (trabajo, salud, educación, etc.) y que en razón de su buena voluntad o para resolver algún problema específico y puntual (como por ejemplo la carencia de mano de obra en algún rubro de actividad) acepta recibir a personas que buscan mejorar sus condiciones de vida.

Ambos paradigmas parten de la base de que la población original, acepta compartir parte de lo suyo con un «otro» que viene desde fuera en busca de algo que le falta (bienes, seguridad, posibilidades, libertad).

La diferencia entre ambos paradigmas es de grado. Se tolera lo que desagrada, lo que no sólo es ajeno sino que seguirá siéndolo indefectiblemente. Se le da hospitalidad a quien se acepta “por el momento” a la espera de que su alteridad sea resuelta de algún modo.

Pero, y en esto vale la pena detenernos un segundo, en ambos enfoques el que ya estaba es generoso y “el otro” el que viene desde afuera, debe ser quien se sienta agradecido.

Paradigma del transplante

En el paradigma del trasplante (en el que se toma como ejemplo lo que ocurre con un trasplante de órganos), la idea es que un cuerpo social que padece de una debilidad de algún tipo (en su demografía, en su fuerza de trabajo, en su capacidad de experimentar lo nuevo) solicita y propicia la incorporación, dentro sí mismo, de «otro», que aportará generosamente lo que falta para que el solicitante cambie y de ese modo permanezca.

Según esta forma de ver la inmigración,  los “otros” que llegan no son “tolerados” ni reciben hospitalidad. Llegan porque se los necesita y llegan para formar parte.

Reciben generosidad y brindan la suya. En forma de capacidades, iniciativas, esfuerzo e incluso hijos. Y una vez incorporados, el contento y el agradecimiento deben ser mutuos.

En este 1º de Julio, nos pareció importante poder introducir este tema de reflexión ya que del paradigma que usemos para vernos a nosotros mismos dependerá el modo en que veamos al país y a nuestra relación con él.