Cuando todo esto termine, celebraremos. No tengas dudas.

Hemos comentado en notas anteriores, que la historia nos enseña que las grandes epidemias con frecuencia han dejado tras de sí cambios sociales profundos y una sensación generalizada de que, por encima del dolor y lo perdido, la vida merece ser honrada y celebrada. Y honrarla y celebrarla implica, ante todo, conocerla y poder dialogar incluso acerca de lo que nos duele y preferiríamos olvidar.

Por eso, en Cuéntame hemos elegido ir preparando, para el momento en que hayamos derrotado a la pandemia, el recuerdo de dos fechas que están cargadas de trauma, heroicidad, futuro, crueldad, cambios abismales, ignorancia y asombro. Dos acontecimientos sucedidos en marzo, pero de hace exactamente 500 años. Dos momentos que si fueron importantes en la vida de sus protagonistas, definieron la nuestra. Porque cambiaron el planeta y las sociedades humanas para siempre.

Momento 1 – El invierno previo al salto a la nada

Era 31 de marzo. Corría 1520 y las 5 naves llegaron a una bahía protegida en la que se dispusieron a pasar el invierno, que ya se notaba en el aire helado que llegaba desde el Sur. El lugar, mucho tiempo después se conoció y aún se conoce como Puerto Deseado, pero en aquel momento llamaron a la bahía San Julián.

Estuvieron allí 6 meses, hasta principios de octubre, y no vieron a nadie que no fueran ellos mismos durante los dos primeros. Apenas se asentaron hubo un intento de resistencia organizado por los capitanes de cuatro de las embarcaciones que no querían seguir adelante. Aquello determinó que uno de los amotinados fuera descuartizado, el otro acuchillado y dos más abandonados a su suerte. Otros 40 fueron perdonados porque eran gente ignorante e incapaz de organizar nuevos alzamientos.

El 3 de mayo perdieron una de las naves en una borrasca, comenzaron a tener contactos esporádicos con aborígenes de una altura y una fuerza poco común a quienes llamaron patagones, aprendieron con ellos a cazar guanacos, secustraron a dos hombres jóvenes para mostrarlos a su regreso, intentaron robar dos mujeres que los acompañaban pero gritaban demasiado, y sobre finales del invierno, los que seguían en pie, comenzaron a preparar las 4 naves que quedaban para seguir viaje hacia el vacío total.

Sabemos poco más que eso de aquellos 6 meses que pasó en la costa patagónica aquel grupo de 539 hombres que había salido en septiembre del año anterior del Puerto de San Lucar, en las cercanías de Sevilla y de los cuales regresarían apenas 18, casi dos años después, tras lo que el historiador Stefan Zweig denominó “La aventura más audaz de la humanidad”. Fueron 6 largos meses de espera, como si hubieran sabido que cuando volvieran a ponerse en movimiento darían un salto tras el cual nada sería igual.

Se detuvieron en la desembocadura de un río para abastecerse de leña y agua dulce, siguieron hacia el sur y el 21 de octubre llegaron a un lugar que pareció ser lo que buscaban. Lo llamaron Estrecho Once Mil Vírgenes, se internaron en él, y un mes después, el 27 de noviembre, aparecerían en un océano nuevo, que demorarían 3 meses más en atravesar. Estaban camino a completar la primera circunvalación al globo terráqueo. El paso definitivo hacia la globalización, porque a partir de él se supieron acerca de nuestro planeta más cosas de las que se habían soñado.

Este es uno de los acontecimientos acerca de los cuales les propondremos charlar después de la pandemia, pero desde ahora hasta entonces iremos trayendo a la memoria algunas anécdotas de aquel viaje desmesurado y asombroso. Absolutamente ibérico.


Momento 2 – El devastador cruel y silencioso

Aquel hombre del que no tendríamos memoria si hubiera llegado a Zempoala sano, era un esclavo llamado Francisco de Eguía que traía fiebres altas. Y por ese sólo hecho la historia guardó su nombre, y hoy sabemos que alguna vez vivió y que murió cruelmente.

La viruela, porque de viruela se trataba, había llegado dos o tres años antes a La Española, hoy Cuba, y había terminado con la casi totalidad de los habitantes de la isla, diezmados antes por la esclavitud y la gripe. Fray Bartolomé de las Casas dejó una crónica dolorosa y descarnada de aquella mortandad en la que se obligaba a los enfermos a seguir trabajando hasta que escupían el hígado por la boca. Pero siendo La Española una isla y dado que los viajes hacia tierra firme habían sido hasta entonces pocos y esporádicos, el virus había permanecido allí, agazapado.

Sin embargo, aquel 5 de marzo de 1520 llegó a Veracruz, proveniente de Cuba, una pequeña flota comandada por Pánfilo de Narvaez. El objetivo de Narváez era la detención de Cortés, que había llegado un año antes sin la autorización debida y se aprestaba a atacar Tenotchitlán, pero éste, con una hábil maniobra, rápidamente incorporó las nuevas fuerzas a las suyas y con esos refuerzos aceleró sus planes para atacar la capital mexica. Pero ni aquellos refuerzos ni los miles de tlaxcaltecas que se habían aliado a Cortés hubieran podido hacer caer la capital azteca si Francisco de Eguía no hubiera tenido aquellas fiebres y las pústulas que ya le habían comenzado a horadar la piel desde dentro.

Para septiembre la viruela se había extendido por todo el valle de México y en octubre llegó a Tenotchitlán, que ya no pudo resistir, anticipando lo que ocurriría poco después a 4.500 km de allí, en el Cuzco, a donde llegó meses antes que Pizarro, en 1525. En pocas décadas, la viruela, el sarampión, el tifus o el cólera arrasaron en silencio el continente. Detrás, avanzaban los conquistadores, sus caballos y sus perros.

El geógrafo Jarred Diamond estima que América pudo haber perdido, debido al set de enfermedades infectocontagiosas traídas por los europeos, más del 90% de su población y que aquella catástrofe y sus derivaciones constituyeron la mayor alteración provocada por nuestra especie en el planeta desde la aparición de la agricultura.

Puede ser un buen ejercicio para hacer transcurrir el ocio en esta cuarentena, ponernos algunos minutos en la piel de los protagonistas de aquellos episodios… Estar alternativamente en la piel aterida de los que en Puerto Deseado se aprestaban aquel invierno a dar su sobrehumano salto a la nada, y en la de los patagones secuestrados y encerrados en la bodega de un artefacto incomprensible. Ser en Veracruz Francisco de Eguía en su camastro y una de las 19 mujeres que el cacique de Tabasco regaló a los recién llegados y que veían la viruela a los ojos por primera vez. Y después de ser ellos un minuto, pensar cómo emergemos y celebramos la vida cuando todo esto se termine.

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