La lengua de herencia también es un derecho

No es fácil ver con claridad que los niños y las niñas tengan derechos, porque estamos acostumbrados a pensar en ellos como sujetos (incompletos)
con necesidades.

Necesitan amor, necesitan seguridad, necesitan alimentos, necesitan desarrollar ciertas habilidades (hablar, deducir, realizar operaciones matemáticas, etc.) en determinados momentos de su vida.

Naturalmente, no está mal que veamos el cariño, el respeto, la alimentación o la educación como necesidades de quienes comienzan a vivir, siempre que sepamos entender que muchas necesidades son, además y por sobre todo, un derecho… y podamos establecer en qué consiste la diferencia

Prometemos volver sobre este punto en próximas notas, pero podríamos decir que la diferencia sustancial entre una necesidad y un derecho está dada por el hecho de que las necesidades de una persona o de un sector de la población se cubren en la medida en que las estructuras de gobierno estimen que es conveniente y posible hacerlo.

Por el contrario los derechos no son opinables; deben
ser satisfechos. Se deben destinar recursos para ello, y si no los hay, buscarlos. Porque para eso, en teoría, están los gobiernos.

Y la diferencia entre algo que podría hacerse y algo que debe hacerse, obviamente, no es menor. Todo el edificio de la rama del pensamiento humano llamada Ética, está construido sobre ese pilar.

La Carta de Derechos del Niño y el día Internacional de la Lengua Materna

La Carta de los Derechos del Niño reconoce en su artículo 30, dedicado a la protección de las minorías, el derecho de niñas y niños a no perder su lengua de herencia, y coloca los derechos lingüísticos en el mismo rango que los derechos culturales o religiosos, algo que no puede sorprender ya que es a través de la lengua que se trasmiten y se consolidan las prácticas culturales, las artes, las memorias, los valores y las creencias, es decir los elementos constitutivos de una identidad personal no aislada sino necesariamente inserta en una identidad colectiva que la vertebra y le da sostén y cobijo.

Y por esa misma razón UNICEF celebra desde 1999 cada 20 de febrero el Día Internacional de la Lengua Materna, una fecha en la que en todo el mundo se repasan los adelantos o los retrocesos experimentados en los diferentes países que integran las Naciones Unidas para asegurar que el derecho a la no pérdida de las lenguas de herencia esté protegido.

Canadá tiene ante sí una serie de desafíos quizás demasiado grandes y complejos como para que sea posible mensurar adecuadamente esos avances o retrocesos. Se trata de una sociedad oficialmente bilingüe pero en la que solamente en dos provincias los dos idiomas mayoritarios se enseñan por igual. Es una sociedad realmente multilingüe en la que más del 20% de la población habla en sus hogares un idioma que no es ninguno de los oficiales, un porcentaje que se ha incrementado en un 15% entre los dos últimos censos. Y (no hay que olvidarlo) existen en el país más de 70 lenguas originarias, de las cuales, y según los criterios de UNESCO, dos tercios corren peligro inminente de desaparición mientras el tercio restante cae en la categoría de “Vulnerable”.

Los derechos lingüísticos de las distintas comunidades de inmigrantes deberían ser una precupación del Estado ya que fue precisamente el Estado quien en su momento decidió que el país los necesitaba y adoptó, además, el multiculturalismo como el eje central de organización de la sociedad canadiense. Y así como no es viable una cultura que pretenda ser trasmitida a través de una lengua ajena, tampoco es viable un multiculturalismo que se despreocupe de los derechos culturales y lingüísticos de cada una de las minorías del llamado “mosaico”.

Pero entonces… ¿Quién le pone el cascabel al gato

Cuando se toma en cuenta la crisis lingüística que todos los datos conocidos en el país demuestran, parece poco práctico pensar que las autoridades federales, provinciales o locales podrían estar en condiciones de (o al menos desear) buscarle una solución a comunidades como la nuestra.

Sabemos que entre nosotros, a lo largo de las segundas y terceras generaciones, es frecuente que la lengua de herencia se pierda, con todo lo que ello significa en términos de pérdidas y carencias para niños y jóvenes.

Con la pérdida del bilingüismo se pierden también todos los efectos beneficiosos que entraña: mayor capacidad cognitiva, mayor capacidad para enfrentar problemas que requieren pensamiento abstracto, mayor capacidad para interactuar con otras personas, mejores oportunidades laborales, ensanchamiento de los horizontes culturales, etc.

Es decir que, como veíamos antes, estamos frente a una necesidad que es, al mismo tiempo, un derecho, pero sabemos que el problema está lejos de ser admitido como problema en las diferentes estructuras de gobierno. En ellas, los derechos lingüísticos de las minorías son percibidos (a veces) como una necesidad (que puede o no cubrirse según cuántos recursos consuma o cuantos votos atraiga) pero nunca como un derecho que debe ser respetado y atendido como tal.

No será en las estructuras de gobierno entonces donde encontraremos quien le ponga el cascabel al gato, porque ellas son, en realidad, el gato.

Y quienes deberíamos encargarnos de insistir en la necesidad de que los Derechos Lingüísticos de nuestras niñas y nuestros niños sean reconocidos, respetados y en lo posible ampliados, somos nosotros mismos, sin resignaciones ni delegaciones.

El tema deberá ser asumido por nuestras propias familias, nuestras organizaciones comunitarias, las instituciones académicas vinculadas a nuestra realidad, nuestros consulados, nuestra prensa… y el sector empresarial (porque a ellos también este tema debería importarles). Consultando, aprendiendo, creando conciencia, intercambiando información, proponiendo líneas de trabajo, trabajando y ¿por qué no? exigiendo. Porque los gobiernos, especialmente en materia de derechos, nunca van más allá de lo que la ciudanía exige. Y sin ciudadanía real y conciente de qué son necesidades y qué son derechos, no se puede esperar que los derechos nos caigan como maná desde las nubes.

Porque con cada giro gramatical que nuestros hijos pierden, con cada palabra que no pueden entender, con cada concepto para el que no tienen un vocablo en su lengua madre, con cada memoria que se les haga demasiado lejana y demasiado ajena, estarán perdiendo un mundo.