Cuando se abren las grandes alamedas el miedo retrocede

Bastaron unos 25 muertos, algunos miles de heridos, un número indeterminado de adolescentes y jóvenes violadas, supermercados y tiendas saqueadas, poco más de una semana de un país semiparalizado por protestas cada día más numerosas, 8 días de toque de queda en los que el ejército y la fuerza de carabineros le mostraron al mundo su vocación por reinstalar en su país el terror generalizado y el asesinato, el anuncio de una inminente visita de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, miles o quizás decenas de miles de videos circulando por las redes del mundo que dan cuenta de la ferocidad uniformada y la falta de miedo de quienes los enfrentaron desarmados, y una marcha de más de un millón de personas alegres pese a todo, encontrándose en la calle y abrazándose pese al peligro, sabiéndose poderosas pese a la monstruosidad que enfrentan… Bastó “sólo” eso, decíamos, para que otro pusilánime de los que en estos años han infectado la región pidiera perdón, se mostrara casi feliz con el rumbo que su país parece haber tomado, e hiciera renunciar a sus ministros con el ánimo de colocar a otros iguales o peores, para estudiar qué hacer con el país que una semana antes era, según sus palabras, un oasis de estabilidad y desarrollo.

Pidió perdón Piñera a su pueblo y les dijo a los cientos de miles de chilenos que lo deben haber escuchado con asombro, que había captado el mensaje que le llegaba desde la calles hechas fuego. Y admitió lo que todos sabemos, que Chile es el país más desigual en el continente más desigual, es decir que es un escándalo ya insoportable y que no hay OCDE que lo reinvindique.

Pidió perdón con las mismas palabras con las que su par Mauricio Macri de Argentina le rogó a su gente que le creyera y lo votara después de haber dilapidado en sólo dos años 50.000.000.000 de dólares que le fueron prestados para que triunfara en las elecciones que perdió. Palabras que a su vez fueron idénticas a las pronunciadas por Lenin Moreno en Ecuador hace sólo 15 días cuando el movimiento indígena llegó a Quito con lanzas de madera para enfrentar el acuerdo que había formado con el Fondo Monetario Internacional unos días antes.

A uno le viene a la boca enseguida la palabra pusilánimes, como la que mejor los definiría y si tiene edad suficiente puede recordar que antes, al menos renunciaban, tenían cierto decoro, se iban a sus casas a vivir la vergüenza de saberse despreciados, o partían a un exilio del cual, en algún momento, volvían con
más bríos.

Pero como no todo tiempo fue mejor y en el pasado de nuestros países situaciones como las que se viven en Chile solían terminar mucho peor que como empezaban (con militares que una vez que quedaban desbocados y sin freno en la calle, se empecinaban en no volver a sus cuarteles y continuaban haciendo daño todo el tiempo que les fuera posible), lo que está sucediendo merece ser analizado con prudencia.

Hay otros hilos conductores entre las cosas que están pasando en nuestra América que van más allá e importan más que la pusilanimidad de los presidentes de la pretendida restauración conservadora, y dada la falta de espacio de esta nota, podríamos citar dos, sabiendo que merecerían que les dediquemos más espacio en próximas ediciones: el neoestractivismo y la ausencia de miedo.

Neoestractivismo y neo-colonias

Uno de esos hilos conductores es el neoestractivismo y sus consecuencias. Los países de América Latina han quedado, desde el pasado colonial de cada uno de ellos, prisioneros de modelos económicos basados en la extracción de materias primas (productos agropecuarios, madera, pesca, minería, gas, petróleo) a las que en el país de origen no se les agrega valor.

Los modelos extractivistas, al depender esencialmente de los precios de las materias primas, que suelen ser fluctuantes, pueden producir mucha riqueza pero no son capaces de generar las condiciones para que, en el largo plazo, esa riqueza circule socialmente y se redistribuya.

Prohijan Estados prescindentes, que dejan en manos privadas una buena parte de los servicios esenciales (salud, enseñanza, agua, energía) generando situaciones de desigualdad creciente, que con el tiempo se normalizan y se asumen como inevitables. Así nacen los “oasis de estabilidad” de los Piñera de este mundo. Oasis en los que los sectores más desposeídos no tienen lugar porque no tienen nada que hacer, y en los que las capas medias bajas no tienen futuro porque ocupan el presente en endeudarse. Oasis en los que una suba del boleto de subterráneos puede provocar un estallido porque como se ha dicho “no son 30 pesos, son 30 años.” Oasis en los que una joven le dice a su mamá que está peleando en la calle para que ella no sea la próxima persona que muere en un hospital esperando que la atiendan.

Por otra parte, y esto será cada día más determinante, por lo general las empresas encargadas de la extracción, la venta y la formación de precios de las materias primas, tienen sus casas matrices en los países desarrollados, en donde deben cumplir regulaciones ambientales que sin embargo en los países en los que operan no respetan o ni siquiera existen.

El neoextractivismo no crea oasis ni duraderos ni para todos. Desde el punto de vista social, crea desigualdad progresiva, y desde el punto de vista ambiental, genera desechos tóxicos y degradación, es decir neo-colonias injustas e inviables. Y eso es lo que, en el fondo, está siendo, cuestionado tanto en Chile como en otros países de América Latina que por insensibilidad de sus clases dirigentes o por la urgencia de solucionar problemas de corto plazo no se han atrevido a experimentar modelos de desarrollo sostenibles.

La ausencia de miedo

Posiblemente, lo más impactante de las marchas y protestas que iniciaron los jóvenes en Chile, además de la masividad alcanzada en los últimos días y la bestialidad demostrada por las fuerzas encargadas de empujar a las gentes al encierro sumiso de sus casas, haya sido la ausencia de miedo.

Chicas jóvenes enfrentándose a soldados armados que les apuntaban a la cara, miles de personas que permanecían en la calle desafiando los toques de queda en la oscuridad de la noche, mujeres mayores con sus nietos en la calle, una sensación que parecía generalizada de que una vez alcanzada una cota de la protesta, la siguiente bien podría ser la del heroísmo o, con un poco de suerte, la de la fiesta.

¿Inconciencia porque no vivieron aquel tiempo en que en lugar de haber 20 muertos en una semana había un centenar por día?

¿Necesidad juvenil de demostrar y demostrarse que no están dispuestos a vivir con la pasividad adocenada de sus padres?

¿Fruto de una nueva época en la que lo que ocurre ya no puede ser invisibilizado y deformado por la prensa sino que todo se ve, todo se escucha, todo se filma y todo se comparte a una velocidad de vértigo desde las calles, los patios, las ventanas y las plazas?

No podemos saberlo y todo está por verse. La sociedad chilena podría estar iniciando el camino hacia una mayor igualdad y una mayor solidaridad y, en realidad, recursos no le faltan: la economía crece sostenidamente desde hace 40 años y el PBI per cápita es el segundo más alto de la región. El problema que tiene Chile no es la generación de recursos sino el modo en que una muy pequeña minoría de su población los secuestra en detrimento de una inmensa mayoría para la que los servicios esenciales son cada día más inalcanzables.

También se percibe la posibilidad de que esa búsqueda de más equidad conduzca, en algún momento, a abrir las puertas de una reforma constitucional que libere al país del estigma viscoso del dictador.

Pero todo eso lleva tiempo y requiere política.
Y lo demostrado hasta ahora por el movimiento de protestas es rabia y urgencias, y lo ofrecido por el gobierno es más de lo mismo. Nada se consigue en
una semana y las chilenas y los chilenos verán hasta dónde pueden o quieren resistir la sirena seductora que pronto les dirá que es mejor que cada uno, cada una, se ocupe de lo suyo. Por ahora, siguen siendo alentadoramente premonitorias aquellas palabras
de despedida de Salvador Allende el 11 de septiembre
de 1973:

“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”