Juanita, el aire irrespirable y las fotografías de los “erased lynchings”

Juanita y el aire irrespirable

En California se vivían tiempos realmente extraordinarios. Desde 1835 los EEUU habían tratado de comprar California, pero ante la negativa de México a vender esa parte de su territorio, en 1846 el gobierno de Washington habían decidido hacerse con él a través de una declaración de guerra. Era más económico y más expeditivo. Dos años después, en 1848, California era suya y casi como por milagro, nueve días antes de que se firmara el tratado de Guadalupe Hidalgo, se supo que se había encontrado oro en la Sierra Nevada.

Ese mismo año, cuando comenzó la estampida de buscadores de oro hacia el territorio recientemente conquistado, la población de California era casi totalmente de origen mexicano, pero el porcentaje ya era de sólo un 15% en 1850 y del 4% 20 años después. Hoy hablaríamos de “poblaciones desplazadas” y de “limpieza étnica”. En aquel momento sucedía solamente que el ambiente, para la población original, se había vuelto irrespirable y algo de eso seguramente pensaba “Juanita”, una mujer de 26 años, bonita y vivaz si nos guiamos por las descripciones que se conservaron de ella, mientras un grupo de hombres borrachos y mal entrazados la colgaba en la plaza polvorienta de Downievillee.

Era el 5 de julio de 1851. Por lo que sabemos, la noche anterior un grupo de mineros volvía de una juerga en la que habían festejado la fecha patria y uno de ellos, un tal Frederik Cannon, tambaleante, había tratado de meterse dentro de la casa en la que Josefa Segovia (que era al parecer el nombre de Juanita) vivía con su marido. Bien porque el mexicano que vivía con Juanita lo hubiera arrastrado fuera, bien porque sus compañeros se lo hayan llevado de allí porque no podía tenerse en pie, Cannon, a la mañana siguiente, volvió a la casa de Juanita, que estando sola, se defendió del agresor y lo mató con un cuchillo de cocina.

No llegaron a pasar dos horas entre la muerte de Cannon y el momento en que Juanita colgaba de un poste en la plaza de Downievillee, que pasó a la fama por ser el lugar en el que se linchó a la primera mujer en los EEUU.

Los ahorcados que no dejaron huellas

Habría otras mujeres linchadas con el paso del tiempo, por supuesto, aunque entre los miles de linchamientos que se produjeron entre aquellos años y 1968, la mayoría correspondió a hombres negros, mexicanos, chinos, e indígenas. Eran apenas un síntoma de un sentimiento generalizado dentro del imaginario social de la población blanca: la culpabilidad por defecto. La culpabilidad que no hace falta demostrar porque se ve en la piel y que, por otra parte, tiene un objetivo instrumental: sembrar terror, y asegurar sojuzgamiento para depredar con impunidad. El saqueo y el asesinato como forma de control social.

Así, y con la excepción de aquellos casos que por alguna razón aparecían en la prensa o eran oportunidad para festejos multitudinarios en los que hasta los niños tenían su cuota parte de diversión, el grueso de los linchamientos pasó desapercibido. Eran algo normal y sus víctimas no dejaban rastros tras de sí..

Por eso el fotógrafo, docente y artista plástico Ken Gonzáled-Day presentó hace algunos años en Los Angeles, Guadalajara, Mexico y New York una exposición sorprendente que llevó luego a la publicación del libro Lynching in the West.

En la fotografía superior, copia casi-fiel de una postal de la época (una de esas postales que la gente que visitaba Texas o California le enviaba por correo a sus familias y que luego se coleccionaban y pasaban de generación en generación como souvenirs curiosos), aparece un grupo de guardias tejanos sonrientas frente a un árbol. Nada parece estar fuera de orden, pero si la miramos con atención, podemos sentir la sensación de que falta algo que complementaría el sentido de esa escena.

Lo que falta allí es el mexicano ahorcado pendiente de una de las ramas del árbol, mirando con horror hacia el vacío de la cámara.

El “culpable” no se sabe de qué (porque en la mayor parte de esas ejecuciones extrajudiciales no se llegaba a conocer de qué delito era acusada la víctima), fue borrado digitalmente por el artista en esa y en otras fotografías de la serie Lyniching in the West como una metáfora de cómo el linchamiento de cientos de mexicanos, indígenas y chinos en el suroeste de los EEUU ha sido borrado de una historia que a los estadounidenses les cuesta muchísimo reconocer.

Porque entre otras cosas, mientras no se podían poner excusas para no reconocer la barbarie implícita en el linchamiento de afroamericanos en los estados del Sur, lo ocurrido en los estados del Suoeste fue durante mucho tiempo romantizado por la cultura popular como actos de justicia en territorios salvajes que los hombres blancos conquistaban con arrojo y valentía. Y porque además, cuando se trataba de inmigrantes o de personas que simplemente vivían en un territorio que podrían sentir y reclamar como propio, como en el caso de los indígenas y los mexicanos, sus muertes tenían un sentido de profilaxis social. Asegurarle a los nuevos dueños el control total sobre los vencidos, sobre la tierra, y sobre la historia.

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1 COMENTARIO

  1. No es tarea facil tratar de mostrar el resultado final de inhumanidad de ese conjunto de seres dotados de una tremenda cuota de fatuidad, arrogancia, avaricia, bestialidad, usada como un ariete
    apocalitico para avasallar a todo lo que se le oponga a sus deseos e instintos, no conociendo limite alguno a sus propositos. A veces ni sintiendo esa injusticia somos capaces de reaccionar ante ella,
    atemoriza y hasta acobarda esa barbarie.
    Gracias por tratar de descorrer el velo, mostrandonos el horror que generan esos energumeno/as.

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