Nacionalismos, xenofobia, grietas y globalización

La dificultad de los británicos para definir su lugar en el mundo, quedó en evidencia la noche del 31 de enero, con el contraste entre el alborozo de nacionalismo ingenuo de la mitad de su población (la de menos educación formal y la de más edad) echando las campanas al vuelo y soltando palomas para festejar el fin de los 47 años que los tuvo “pr isioneros” de la Unión Europea, y la sensación, generalizada en la otra mitad, de que el país acaba de entrar en un cono de sombras e incertidumbre que se resume en una palabra: fracaso.

Ha estado siempre claro que aquel referendum planteado por David Cameron hace 3 años había sido un gesto de frivolidad autocomplaciente inexcusable. Se sabía que el triunfo de quienes abogaban por abandonar la UE había sido consecuencia de que muchos jóvenes para quienes el mundo comenzó ayer habían considerado que era imposible que aquella calamidad fuera posible y no se habían molestado siquiera en votar. Nadie ignoraba que muchos de quienes habían votado a favor del Brexit lo habían hecho creyendo ciertos datos que eran absolutamente falsos. Se sopechaba que un segundo referendum daría un resultado diferente pero para eso se necesitaba la voluntad de lucha de un Partido Laborista aquejado de una fiebre autodestructora digna de mejor causa. Y es inocultable que en las elecciones de noviembre de 2019 Boris Johnson tuvo un triunfo cuya pretendida amplitud se fundó en un sistema electoral no proporcional que el mundo anglosajón se empeña en sostener como una reliquia del siglo XII en contra de toda lógica.

Pero a pesar de todo eso, todo eso quedó atrás. El 31 de enero comenzó una nueva realidad. En ella deberán convivir, como parte de un único proyecto, personas que en realidad tienen proyectos radicalmente diferentes. No distintos, como ocurre en todos lados, sino contrapuestos. Emocional y viceralmente antagónicos. Y, al contrario de lo que los entusiastas del Brexit parecen creer, a su gobierno le queda todavía un año más de negociaciones que definirán en qué situación quedan en relación a sus ex socios. Es decir que les falta lo peor.

Porque más allá de las campanadas y los brindis callejeros, ya es inocultable que Escocia insiste en volver a la UE como estado independiente, y que el Ulster se sentirá más cómodo como parte de una Irlanda pujante, unificada y sobre todo europea, que como la colonia minúscula y fanática de una Britania envejecida y sin rumbo.

El establecimiento de una neo-frontera en el Canal de la Mancha, donde ya no la había, ha determinado que el Struth na Molie, a su vez, vuelva a transformarse en una frontera entre las Irlandas e Inglaterra. Y las murallas de Adriano y Antonino Pío podrían pronto dejar de ser sólo una reliquia romana, para volver a marcar el límite norte de una isla cada día más aislada. Así, el nacionalismo inglés que hoy vive con necedady orgullo la separación de su país de la Unión Europea, podría pronto ver cómo los nacionalismos escoces e irlandeses, reclaman con derecho su voluntad de ser lo que desean y a establecer acuerdos políticos y comerciales con quienes les venga en gana.

Lo que suceda a partir de ahora dependerá de cómo los británicos solucionan el entuerto en que se han metido y de cómo hacen para salir de los problemas en los que su nuevo gobierno quizás los hunda, pero lo que vale destacar es que tanto allí como en muchas otras partes del mundo reaparecen nacionalismos de muy distinto signo y espesor, que con su propia existencia dejan en evidencia las fallas, los excesos y las limitaciones de un dogma que parecía impuesto: la globalización.

Lo podemos ver en Cataluña sin ir más lejos . Con toda la contundencia de un independentismo activo desde siempre y afortunadamente republicano y pacífico, pero que ha provocado, como contrapartida, el fortalecimiento de un nacionalismo español tradicionalista, ultramontano y reaccionario.

Lo vemos también en los millones de personas en los EEUU que desean ser convenciadas de que necesitan un muro que los proteja de la invasión de seres horribles de piel marrón que amenaza sus trabajos desde el sur. Y en los muchos que rechazan a los que ya están dentro cuando se empeñan en hablar en español en los lugares públicos.

Lo podemos ver en nuestro continente, en un Mercosur que está dando todos los pasos hacia atrás que son necesarios para que caer en la intrascendencia,y en una unión latinoamericana que ya parece ser poco más que un viejo sueño húmedo.

Y lo podemos adivinar en los coqueteos independentistas de algunos grupos ultraconservadores de Alberta y Saskatchewa, por más absurdos que nos puedan parecer. Están ahí,y las elecciones federales de 2019 permiten sospechar que no son una tendencia meramente residual.

Se crean grietas que separan lo que parecía unido, se abandonan valores que parecían compartidos, se crean fronteras en donde se había intentado borrarlas, se recuperan enemistades y recelos, se avivan conflictos y deslealtades, se generan desigualdades que un día estallan y se llevan el pasado y el presente por delante. Y todo eso sucede en el marco de una globalización que si se nos presentó un día como la solución a todos los males, hoy se traduce en la proliferación de puestos fronterizos, miradas torvas, guerras comerciales, xenofobia y terror a los migrantes.