Cuando la comunicación es abrazos y silencios

Los recuerdos que conservo de esa noche son apenas hilvanes. Supongo que nos reunimos en la casa que China Zorrilla le había prestado a uno de sus sobrinos. Fue la primera y última vez que estuve allí, así que aunque creo que era en San Telmo, podría estar equivocado. Tengo la sensación de que éramos unos 20. Recuerdo a Fernanda Mora y a nadie más. Yo tenía zuecos. Era 1976. En Bs. As.

Horas antes había aparecido en alguna parte un auto con los cadáveres de Michellini, Gutiérrez Ruiz, William Whitelaw y Rosario Barredo, que por lo que ya se estaba diciendo en las radios, habían sido secuestrados un par de días antes, junto a Manuel Liberoff -que todavía no apareció-. Parece mentira…

Hablamos de ir o no ir a un hotel en el que creo que alguien dijo que los estaban velando y después de un rato se decidió que no. Decidimos también o quedó esa sensación, de que no nos veríamos más. Y después nos fuimos.

Por eso, cuando en el ‘96, se empezaron a hacer las Marchas del Silencio todos los 20 de mayo, que aquel reclamo por la aparición de las desaparecidas y desaparecidos de Uruguay fuera en silencio, no me sorprendió. Porque ¿qué podés decir 20 años después si no es en silencio? ¿Qué podrías decir que no hayas dicho antes? ¿Qué podías agregarle a aquellas fotos de aquella gente que quedó joven para siempre?
Para quienes de una u otra forma nos dedicamos a la comunicación, el silencio es un recurso extremo.

Es extremo porque el silencio es demasiado potente y además es ingobernable. Nunca sabés qué puede suscitar. Imaginate la foto de la tapa de este número pero ocupando toda la página y sin que hubiera una sola palabra. Insoportable, ¿verdad? Porque faltaría tanto… Quedaría tanto por explicar o por decir si en la tapa estuviera sólo esa foto hermosa de una familia en la que el padre, la madre y las dos niñas parecen mirar cosas ditintas pero tienen la misma expresión de seriedad y asombro ensimismado…

El logotipo de la camiseta del padre es lo único que devela qué están haciendo y por qué. Pero eso sólo lo saben aquellas personas para quienes el logotipo es familiar. Los tapabocas nos dicen que la foto fue tomada ahora, durante la pandemia, pero poca gente podría establecer dónde. Por eso el silencio es un recurso extremo. Porque genera la necesidad de que lo que no se ha dicho, salga a la luz.

Y si traje esto tan personal a esta nota editorial no es sólo porque hace algunos días se celebró en un pequeño país de América del Sur una nueva Marcha del Silencio, sino porque este año, las medidas de distanciamiento físico implicaron un desafío comunicacional nuevo y hasta ahora impensable.

Esa Marcha, que se realiza cada año desde hace casi un cuarto de siglo no sólo es la más masiva del país sino la que tiene una convocatoria transgeneracional más marcada. Y en tiempos de pandemia, la gente como yo podría haberse resignado a no hacer nada, porque somos los que aprendimos, con el tiempo y a los golpes, a que si no es hoy, será mañana. Pero las muchachas y los muchachos más jóvenes no saben sentarse a esperar.

Por eso organizaron una marcha y actividades en las que, además del silencio, hubo vacío. Nadie. Sólo fotografías de personas que abrazaban otra fotografía. Sosteniéndola. Cobijándola y dándole calor.

Jorge Drexler abrazando la foto de alguien que hoy no llego a recordar quién era. Una joven boxeadora abrazando la foto de Beatriz Anglet. Óscar Tabárez con la foto del Colorado Recagno, feliz con esa sonrisa increíble que tuvo siempre, y que conserva en la foto desde el día que desapareció con la Cacheta.

Hallazgos maravillosos de la comunicación cuando se comunica con el alma.

Primero, cientos de abrazos silenciosos fotografiados en blanco y negro en tiempos de Coronavirus.

Después, el tapiz. Calles y plazas pobladas por quienes nunca más estuvieron con nosotros (y eso es lo que miran la mamá, el papá y las niñas de la foto de tapa).

Finalmente, el 20 de mayo de 2020, cientos de miles de abrazos virtuales por Zoom. Recordando que casi 50 años después, la mayor parte de ellas/os siguen sin aparecer. Quién sabe dónde.