Un 2020 incierto, pujante, esperanzado

2020 comenzará, para nosotros, gentes cuyas raíces están en Latinoamérica, con incertidumbre, zozobra y dolor, pero también con esperanza y ganas de futuro. Como en los partos.

Desde el 19 de octubre hasta el momento en que escribimos estas líneas han transcurrido 54 días de protestas en Chile, donde la cifra de 323 jóvenes que han perdido uno o ambos ojos es quizás la que mejor da cuenta de la rebeldía y el horror. El país ha visto caer su economía de un modo insospechado debido al mal manejo de la crisis y ya verá el gobierno de Sebastián Piñera cómo hace para volver al oasis que describía pocos días antes del estallido. Pero lo cierto es que el país que se ufanaba de mejores índices de desarrollo era también el que presentaba mayores niveles de desigualdad y millones se hartaron, con razón, de soportar esa burla.

En Bolivia, destrozado el orden constitucional y restaurada la barbarie colonial, sólo queda esperar que la comunidad internacional, que se apresuró a validar un obvio Golpe de Estado como si fuera un “vacío de poder”, presione al gobierno interino para que en el menor tiempo posible se realicen elecciones libres. Que la OEA de Almagro, que parece una copia herrumbrada de la que hace 65 años coprotagonizó la caída de Jacobo Arbenz en Guatemala, sea uno de los actores principales del atropello cometido, sólo suma sombras y dudas a lo que vendrá.

En Colombia el descontento ha volcado pacíficamente a cientos de miles de personas a las calles para oponerse a las reformas y los ajustes que no harían sino precarizar aún más la vida y el futuro de las mayorías. Y a pesar de que se ha tratado de marchas pacíficas, eso no ha impedido que el gobierno respondiera con ferocidad y que haya habido muertes trágicas como las del joven Dylan Cruz. Se trata de un país en el que, como se ha denunciado reiteradamente, el entramado entre narcotráfico, altos cargos militares y figuras de peso de los partidos conservadores es demasiado denso como para que la democracia pueda desarrollarse sobre bases sólidas. Sin embargo lo que ha sucedido en los últimos días podría ser la bocanada de aire limpio que colombianos y colombianas necesitan y reclaman.

En Venezuela, cabe esperar que el eclipse (esperable y merecido) de Juan Guaidó se vea acompañado de diálogos de buena fe entre una oposición que deberá entender que la ceguera, el odio y el intervencionismo no la han llevado a nada, y un gobierno que deberá comprender que ceder y perder posiciones es a veces la única forma de evitar el quiebre y el colapso. Lo sucedido en Bolivia no será de ayuda para que en Venezuela el gobierno comprenda y ceda, pero lo sucedido en Argentina, Chile, Ecuador y Colombia podría ser bueno para que la oposición seria analice su propia situación con otra perspectiva.
En Argentina un nuevo gobierno acaba de asumir y lo mejor que se puede decir de él es que no se parecerá en nada al que se va. Mauricio Macri ha protagonizado uno de los mayores fracasos sociales y políticos de la historia Argentina, ha endeudado y empobrecido a su país de forma inimaginable, ha dilapidado una confianza que nunca se le debió haber concedido, y se fue sin que lo echaran, profundizando la grieta y lagrimeando. La Plaza de Mayo sin rejas luce hermosa.

En Uruguay, el país con mejores índices de calidad democrática de América Latina y con mayores niveles de igualdad, la derecha se impuso a la izquierda por un 1% y volverá al gobierno después de 15 años en los que hizo una oposición civilizada. El humorista argentino Enrique Pinti definió ese resultado de este modo: “los uruguayos son incomprensibles, cuando todos queríamos ser como ellos, ellos quisieron ser como todos los demás”.

En Brasil el captitán devenido matón y sherif sigue mostrando lo que vale, acusando a toda la prensa de traición a la patria y compitiendo con Donad Trump en su capacidad para el ridículo. Mientras acusa a los ambientalistas por incendiar la Amazonia y a Green Peace por derramar petróleo en las costas, amenaza a la Argentina con deshacer el Mercosur si el nuevo gobierno no hace lo que él quisiera.Poco a poco, sin embargo, las acusaciones contra Lula y Dilma Roseuf que lo llevaron al poder van siendo desestimadas en la justicia y probablemente la buena estrella de Jair Bolsonaro se extinguirá pronto con más pena que gloria y no sin haber hecho antes todo el daño posible.

Desde el triángulo norte de Centroamérica, los malos gobiernos de El Salvador, Guatemala y Honduras siguen expulsando migrantes pobres hacia un norte en cuyas fronteras los esperan las jaulas y el maltrato. El video que se conoció estos días acerca de los padecimentos y la muerte de un joven guatemalteco de 16 años en una de esas jaulas, desnuda lo que pueden hacer con la vida de alguien el racismo, la histeria anti-inmigratoria y la ignorancia supremacista.

Y está Haití… Porque por poco que sepamos o comprendamos lo que en ese país pasa, es parte inexcusable de nuestra América y allí la gente también sufre
y sueña.

Está Ecuador en donde no todo son rosas desde que el descontento marcó a fuego a su Presidente. Y está Perú en donde la inestabilidad institucional no puede seguir siendo una costumbre porque el país no merece vivir sobre un volcán.

Y junto a todo lo anterior, está lo bueno, porque en cada una de las situaciones que hemos mencionado, hay mujeres y hombres de todas las edades y de todas las condiciones que sueñan, imaginan, planifican, toman el toro por las astas, hablan, gritan, abrazan, pujan como en los partos, y alientan y siembran esperanzas.

Todo eso es lo que no nos ha sido posible tratar en este número de Correo. Por esa razón prometemos que con la primera edición del año próximo, dentro de un mes, volveremos con un número especial dedicado a “Un 2020 incierto, pujante y esperanzado”.

Una plaza, dos fotos y un cambio de época

No creemos en el dicho habitual que afirma que una imagen vale por mil palabras.

Por el contrario las imágenes son engañosas y/o incomprensibles si no están acompañadas por palabras que las contextualicen. Palabras que aporten un cuándo, un cómo, un por qué sucede lo que la imagen muestra. Que le den racionalidad, o que le insuflen emotividad. Que digan más que lo que la imagen quiere decirnos por sí misma o que, incluso, la contradigan.

Y esa es la razón por la cual en los libros, los periódicos, los diarios o las revistas las imágenes ilustran mientras que los textos dicen.
En esta edición, sin embargo, nos ha parecido pertinente “redactar” una nota en base a dos imágenes y pocas palabras.

Nos hemos propuesto dedicar la primera edición de 2020 a tratar de comprender mejor algunos de los muchos temas que durante los últimos meses han llevado altas dosis de conflictividad e incertidumbre a nuestros países y en las dos imágenes que acompañan estas palabras vemos un símbolo de lo que deseamos que suceda en el año que se inicia.

Ambas fototografías corresponden a la histórica Plaza de Mayo, en Buenos Aires, República Argentina.
En la primera de ellas vemos la reja que partió esa Plaza en dos durante el gobierno que finalizó su ciclo el día 10 de diciembre.

Fue una reja/dique de contención, una reja demostrativa de lo que en ese país se viene llamando “la grieta” desde hace algunos años. Una reja pensada para contener y para separar a los gobernados de quienes ejercían el gobierno. Una reja concebida por una administración que sabía que lo que se proponía hacer sería incompatible con la alegría y la paz.

La segunda foto, tomada el día anterior a la asunción de un nuevo gobierno, muestra el desmantelamiento de esa reja oprobiosa y es, a manera de símbolo, un llamado a la convivencia y un acto de fe: expresa la creencia de que los buenos gobiernos se miden por la capacidad de quienes gobiernan para escuchar a sus mandantes, incluso (y sobre todo) en la discrepancia. No después de que se incendian las calles, sino antes. Cuando es debido. Para eso se les elige.

Por eso, en esa plaza, como desde aquel lejano mayo de 1810, los latinoamericanos y latinoamericanas tenemos un ejemplo a seguir. Una especie de luz.