La Spanish Flu de 1918. Piezas de un nuevo modelo para armar (1ª parte)

En cada ocasión en que nos enfrentamos a algo nuevo, a algo que creemos no haber experimentado jamás, a decisiones que nunca antes han debido tomarse, conviene mirar hacia atrás porque muy posiblemente “eso” que nos parece nuevo ya sucedió.

Esa es la razón por la cual en las sociedades tradicionales los viejos eran indispensables. Porque tenían memoria de sucesos ocurridos antes. Y esa es la razón por la cual, en sociedades más complejas, los viejos fueron sustituidos paulatinamente por los libros, el sistema escolar y los bancos de datos.

Podría suceder que existan fenómenos realmente nuevos para los cuales la humanidad no tiene ninguna experiencia acumulada, y quien esto escribe tiene contabilizados solamente dos realidades que se ajustan a esa definición: el envejecimiento poblacional y la crisis climática. Pero se trata de tendencias de largo plazo que nos están dando tiempo como para investigar y buscar posibles soluciones. Adaptarnos en el caso del envejecimiento poblacional,y combatir en el caso de la crisis climática. Que no estemos teniendo éxito en ninguno de los dos casos tiene que ver con la desidia, con la estupidez, y con la maldad, pero ese es otro tema…

Sin embargo, fenómenos como el de un virus o un microorganismo que rápidamente se dispersa entre la población causando desolación y muerte, no son nuevos. Como hemos comentado en notas anteriores, se trata de sucesos que forman parte de nuestras sociedades desde siempre y que comenzaron a ser más y más frecuentes a partir del surgimiento de la agricultura, la concentración de las poblaciones en villas y ciudades y la domesticación de animales hace algo más de 10.000 años.

Casi con seguridad fue en aquel momento, hace 100 siglos, que aparecieron las diferentes variedades de gripes o influenzas, que son, según nos recuerdan ahora quienes saben de esas cosas, las únicas pandemias “de verdad” que la humanidad ha conocido.

Una de ellas, la más mortífera de la que tengamos noticias nos ha sido prácticamente contemporánea ya que en 2018 se cumplieron 100 años desde su aparición. Fue la conocida en inglés como “Spanish flu”. Esta influenza, que como veremos más adelante no tuvo nada de “española”, comenzó a ser diagnosticada sobre el fin de la Primera Guerra Mundial, en la primavera de 1918. Infectó a unos 500 millones de personas (aproximadamente un tercio de la población mundial) y mató a aproximadamente 50 millones.

Y nos interesa recordar hoy la Spanish Flu porque tiene una serie de enseñanzas útiles para nuestro presente y, sobre todo, para nuestro futuro. Algo así como tres piezas últiles para armar un modelo de cómo pensar el coravirus, cómo protegernos, y cómo convivir con lo que nos dejará a su paso.

Primera pieza: Las epidemias y sus nombres son un tema político

El virus causante de la Spanish Flu, el H1N1, llegó a los seres humanos como llegan la mayor parte de los virus de ese tipo: o bien desde las aves de corral o bien desde los cerdos. Y en el caso del H1N1 eso todavía no está claro.

Se ha especulado mucho acerca del origen geográfico de la infección. Durante algún tiempo y sin mucha evidencia que lo respaldara, se pensó que se había originado en China, pero eso en las últimas décadas ha sido descartado. Estudios realizados en 2016 y 2018 sobre tejidos de personas fallecidas en Europa y en los EEUU, apuntan a que el virus pudo haber circulado sin ser advertido entre la población norteamericana desde una fecha anterior a 1915 para luego pasar Europa en 1917, junto con las tropas que participaron en la Primera Guerra Mundial. A partir de 1917 el virus encontró un excelente caldo de cultivo entre los soldados malnutridos de ambos bandos que, además, tenían sus sistemas inmunológicos debilitados por la angustia, el estrés y los efectos de la guerra química.
Eso explica una característica especial de aquella pandemia. La enfermedad atacó especialmente a las personas de la franja etárea entre los 20 y los 40 años, es decir a las personas que, en situaciones normales, son las menos afectadas por ser las más fuertes.

Una vez finalizada la guerra el virus realizó su viaje de retorno a Norteamérica junto con las tropas que volvían, maltrechas pero felices, en barcos hacinados, para una vez allí atacar a las familias de esos soldados, en especial a sus esposas…

La enfermedad fue entonces detectada por primera vez en Kansas en enero de 1918, en Francia en agosto, y casi simultáneamente en Alemania y Austria. Pero hoy sabemos que, en realidad, los médicos militares ya tenían conocimiento de que la epidemia existía entre las tropas pero debieron, tanto ellos como la prensa, silenciar lo que estaba sucediendo, por imposición de sus respectivos gobiernos. En una guerra (acontecimiento necio si los hay)ningún bando aceptará que sufre una epidemia aunque la sufran ambos.

Uno de los países más tempranamente afectados por aquella epidemia fue España, que a pesar de no participar en la guerra, recibía constantemente a miles de personas que escapaban del conflicto. Allí no existía censura para ese tipo de noticias por lo que los periódicos informaban regularmente acerca de lo que estaba sucediendo. Así, cuando fue necesario darle un nombre a la pandemia a alguien le habrá parecido que sería una buena idea evitar que se la conociera como American Flu y la palabra Spanish surgió como un recurso maravilloso.

Las palabras sirven tanto para mostrar como para esconder, y adjudicar culpas ajenas a las inseguridades propias no es algo que haya inventado de un momento para el otro Donald Trump.

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Segunda pieza: Puede ser más importante lo que se olvida que lo que se recuerda

Hay historiadores que se refieren a la pandemia de 2018 como “la pandemia olvidada”, y es interesante dedicarle algunos párrafos al porqué de ese olvido.El número de víctimas que el N1H1 se cobró entre 2018 y 2019 en todo el mundo es una cifra estimada en más de 50 millones de personas. Los fallecidos durante toda la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918, en cambio, fueron unos 10 millones de militares de los ejércitos intervinientes a los que hay que sumar 7 millones de civiles de los países europeos que participaron en el conflicto. Murieron casi tantos civiles (la mitad de ellos mujeres) que militares, pero ese es otro tema. Volvamos a lo nuestro.

Frente a esos números, que indican que en sólo un años de pandemia murieron 3 veces más personas que en una guerra que duró cuatro, cabría imaginar que la Spanish Flu sería un acontecimiento que ocuparía un lugar más destacado que la Primera Guerra Mundial en nuestra memoria colectiva, en nuestros libros de historia, en lo que nuestros niños aprenden en la escuela, o en lo que la industria del cine nos vende como actos sagrados de heroísmo.

Pero sabemos que no…

La respuesta todos la conocemos intuitivamente y es desoladora. En las guerras hay enemigos y esos enemigos son personas iguales a nosotros. Que pueden matarnos en nombre de ciertos valores que creen defender, o caer frente a nosotros, que los habremos matado en nombre de valores que quizás no sean muy diferentes a los suyos… Pero alrededor de todo eso hay banderas, sentimientos nacionales que nos indican que de un lado de una frontera está el bien y del otro está el mal, la industria de la violencia, la pretendida bendición de nuestras madres o nuestros dioses y ganancias siderales.

En la lucha contra un virus, en cambio, los enemigos son invisibles y no se los puede despojar de nada. No nos matan en nombre de ningún valor. No hay ni fronteras ni banderas, y quienes despliegan el mayor heroísmo son mujeres y hombres pacíficos, abnegados e inteligentes que muchas veces se dejarían matar antes de dañar a nadie. Médicas/os, enfermeros/as, investigadores/as, conductores de ambulancias… Gente común y corriente.Por eso es tan usual que un gobernante se vanaglorie de lo que gasta en sus fuerzas armadas y que sus gobernados lo aplaudan.

Cuando en una democracia la gente no guarda memoria de lo que ha sucedido en un desastre como la “Spanish” Flu y sólo recuerda y rememora las batallas y las guerras y los gritos y las bombas, los sistemas de salud pasan a ser un tema secundario, se resiente su capacidad de respuesta, y entonces pasa lo peor.