Gobierno en minoría. ¿Dónde está el problema?

En las notas de las profesoras Carolyn Whitzman y Catherine Carstairs que publicamos en esta edición, ambas analizan los posibles beneficios que un gobierno en minoría podría aportar en el terreno de las políticas públicas en vivienda y acceso a los medicamentos. Y sus análisis coinciden con algunos de los enfoques que hemos desarrollado en las páginas de Correo y en actividades y materiales de formación cívica desarrollados por Latinas en Toronto en el marco del Proyecto Cuéntame 2.

Tanto en las notas de estas catedráticas como en nuestras publicaciones anteriores, hay evidencia suficiente que muestra que un gobierno en minoría no implica una situación dramática y fuera de lo común. Es algo que en la mayoría de los países democráticos, tanto en regímenes parlamentarios como presidencialistas, es usual. Es la base de la convivencia política. No es algo que los electorados deban evitar pagando el costo de torcer su propia voluntad, ni una posibilidad que los partidos deberían rehuir a toda costa, sino una situación que flexibiliza el accionar de los colectivos partidarios y los nutre de realismo, convivencia, hibridación ideológica y nuevas posibilidades.

Pero entonces, ¿cuál es el problema que parece preocupar tanto en Canadá y dónde está el origen del mito de que los partidos políticos gobiernan bien si tienen mayorías parlamentarias pero no pueden gobernar si están en minoría?

En primer lugar, deberíamos detenernos en esa palabra “mito”. Una de las acepciones de mito, es: “historia imaginaria que altera las verdaderas cualidades de una persona, de una institución o una cosa, y les da más valor que el que en realidad tienen” y esta definición nos ubica muy bien en el problema planteado.

Vale aclarar: no se trata de que los gobiernos que tienen mayorías parlamentarias tengan algún defecto que los haga no deseables. Por el contrario, en los casos en los que un partido obtiene una mayoría parlamentaria propia y legítima, que la ejerza es no sólo un derecho, sino también un deber. La ciudadanía ha expresado un mandato y el mandato no tendría por qué ser eludido.
Pero el mito se constituye (y opera) cuando se le da a los gobiernos en mayoría un valor mayor al que realmente tienen y el problema que ese mito conlleva es que tanto el sistema electoral como la cultura política de los partidos termina estructurándose no en la necesidad de que el Parlamento sea un reflejo de lo que la sociedad quiere, sino en la necesidad de que que se obtengan las mayorías del modo que sea. Para el caso de Canadá, sosteniendo a través del tiempo un sistema que “anaboliza” los resultados electorales de los partidos que obtienen las minorías mayores, creando de ese modo mayorías artificiales e instaurando un bipartidismo “de facto”, en el que los terceros o cuartos partidos ven extirpado su rol de posibles aliados de alguno de los partidos mayoritarios.

Y uno de los side effects de esta forma de fabricación de mayorías es que el sistema se habitúa tanto a ellas, que desarrolla el mismo tipo de adicción que generan los anabolizantes o los estimulantes de cualquier tipo. El sistema político canadiense y sus actores no tienen un entrenamiento adecuado en acuerdos interpartidarios porque se han habituado a no necesitarlos o a no formar parte de ellos. Y al no tener ese entrenamiento no sólo parecen incapaces de alcanzar acuerdos, sino que hacen todo lo que está a su alcance para evitarlos.

En esta oportunidad, el modo de evitar una coalición que el nuevo gobierno parece dispuesto a poner en práctica, consistirá en acordar las políticas fiscales y las políticas energéticas con el Partido Conservador, y consensuar las políticas sobre el clima y sobre los servicios con el NDP y el Partido Verde. Es decir fabricar enemigos a todo lo ancho del espectro político para no realizar acuerdos de gobierno demasiado “comprometedores” con sus aliados naturales. En otras palabras, autogenerarse fragilidad.

Y allí radica precisamente el problema. No en los gobiernos en minoría sino en los malos hábitos que se crean a partir de la adicción a las mayorías. Y una prueba de ello es que en aquellos países en los que los gobiernos en minoría no son vividos por la clase política como un drama, esos gobiernos pueden ser estables, mientras que la experiencia en Canadá marca que dichos gobiernos tienen una duración media de dos años. Muy poco.