Monseñor Hernán Astudillo Segunda parte: Navegando los espacios de la fe

En nuestra edición anterior, y con motivo de su ordenación como Monseñor de la Iglesia Anglicana, recorrimos junto al padre Hernán Astudillo sus primeros 28 años de vida y nos detuvimos en su llegada a Toronto, hace precisamente 28 años.
En esta oportunidad, le pedimos que nos hable de cómo fue su vida a partir de entonces…

Correo:
Habíamos terminado la Primera Parte de esta entrevista con su llegada a las calles de Toronto, a las que usted definió como un sacramento.

Padre Hernán Astudillo:
Si, porque fue en las calles de Toronto donde recomenzó mi vida. Caminarlas fue revincularme a mi memoria histórica y retomar lo que me unía en alma, vida y corazón con mis hermanos campasinos e indígenas. Tomé mi guitarra, rondador y sobreviví como músico en las calles. Ese fue mi medio de sobrevivencia y terapia emocional, porque podía llorar mientras cantaba. Lo que ganaba de lunes a viernes lo enviaba a mi familia y lo que recogía los sábados y domingos se lo enviaba a Monseñor Luna para compartir mis compañeros presos.

En las calles conocí a un amigo judío llamado Ezra, quien me ayudo a realizar el proceso de convertirme en musico del Subway o la TTC, allí me encontré con algunos múusicos latinoamericanos que estaban en una situación parecida a la mía. A partir de entonces, con un grupo de ellos conformamos un conjunto de música andina con el que participábamos en varios festivales musicales del GTA (Gran Area de Toronto).

Desafortunadamente, el exilio me costó la pérdida de mi familia. Llevábamos apenas un año casados, Manuelita era muy pequeña. Me costó sufrir como suele suceder a tantos migrantes… Viví el proceso de pérdida, duelo y tuve que reintegrarme de nuevo a esta nueva patria, solo con mis sueños heridos.

En medio de esa soledad, la vocación sacerdotal seguía latiendo. Con frequencia percibía los ambiciosos gestos de la emigración económica. La gente está demasiado urgida por satisfacer sus necesidades materiales y por poder enviar ayuda a sus familiares que están lejos, y me preguntaba si habría un modo de encontrar elementos capaces de integrar una comunidad más humana. Y esa pregunta, precisamente, me llevó a navegar en el espacio de la Fe.

C: Hablemos entonces de eso que usted define como navegar por el espacio de la fe…

H.A. Había comenzado a tomar clases de inglés en la Iglesia St. Mary and St. Cyprian, en cuyo sotano estaba el Centro Canadiense para Víctimas de la Tortura, y un día vi allí a una mujer con cuello sacerdotal, algo que me sorprendió muchísimo, pero me recordó aquello que Monseñor Luna nos había querido mostrar en el Congreso Ecuménico en mis épocas de estudiante. Verla me motivó a que al domingo siguiente fuera a misa y me sentara en la última fila.

Aquella mujer dio el sermón y al finalizar la misa vino directamente hacia mi, y con la ayuda de alguien que hablaba español me explicó algunos principios básicos de la Iglesia Anglicana, pero además me habló de una organización humanitaria que trabajaba con Latinoamérica y comencé a vincularme con su director, Padre David Hamid.

Por aquel entonces estaba por realizarse un encuentro en Quito, llamado Asamblea Pueblo de Dios, coorganizado por Monseñor Luis Alberto Luna Tobar y Monseñor Pedro Casaldáliga, dos personajes fundamentales de la Teología de la Liberación, que promovieron un encuentro ecuménico integrado por varias Iglesias y religiones. En síntesis, David estuvo en Quito, le mencionó a Luna Tobar que yo estaba colaborando con ellos y Monseñor le dijo: “cuida del muchacho”.

A su regreso David me propuso acercarme a la Iglesia Anglicana. Yo tenía miedo al principio porque todavía conservaba la idea de que la única Iglesia perfecta era la Católica Apostólica Romana, pero poco a poco fui conociendo a ex sacerdotes jesuítas, carmelitas, salecianos, y diocesanos que estaban integrados en la Iglesia Anglicana en la diocesis de Toronto. Yo nunca fui ordenado sacerdote en la iglesia Católica Romana, pero al ver varios ex sacerdotes católicos en la Iglesia Anglicana me dio mas confianza para continuar explorando la riqueza pastoral en la Iglesia Anglicana.

Y así, inicié un nuevo viaje espirtual, y tratando de encontrar elementos que ayudaran a cohesionar una comunidad tan dispersa como la nuestra es que comencé mis actividades pastorales en el área de Jane y Finch en el año 1994, en la iglesia de St. Stephen. Comencé a integrarme con los sacerdotes Tim Grew, Betty Jordan y Brad Lennon, pero los tres pronto decidieron retirarse de San Esteban y en ese momento, con un amigo, Marcelo Paredes, decidimos explorar la posibilidad de encontrar una iglesia. Y nos encontramos con que St. Lawrence (Hoy San Lorenzo 2981 Dufferin St.), estaba en venta.

C: Comenzó entonces, recuperando una parroquia condenada a dejar de existir.

H.A.: El problema grande de muchas Iglesias es que cuando no se abren a otras comunidades y otras culturas, su feligresía disminuye dramáticamente. Y sucede que esos edificios tienen que venderse porque no existen recursos para mantenerlos. En aquel momento estaba en nuestra vicaría la primera mujer ordenada como Obispo en Canadá, Victoria Matthews y fue ella la que nos escuchó (aunque yo aún no estaba ordenado) y nos dijo: si ustedes creen que pueden conseguir 8.000 dólares anuales, que es el costo de mantenimiento de la iglesia, entonces pueden comenzar su labor pastoral allí.

Entonces organizamos el primer festival Inti Raymi para recaudar fondos, aquí, en el patio de la iglesia, colectamos 12.000 dólares y ese fue el comienzo de nuestra Parroquia San Lorenzo y el fortalecimiento en la integración a la Diócesis de la Iglesia Anglicana. Cuando obtuvimos la iglesia tuvimos una pequeña crisis porque traté de adaptar el interior del edificio a nuestras costumbres latinoamericanas. Eso causó algunos resentimientos, pero finalmente el problema se superó, luego me ordenaron como sacerdote, el 6 de junio de 1999, aquí, en San Lorenzo, en esta nuestra chocita.

Un año y medio después el 13 de enero y el 13 de febrero de 2001 se da un terremoto terrible en El Salvador, que mató a más de 1.000 personas y dejó a 1,300.000 si techo.… Era el momento de poner en práctica aquellas enseñanzas que recibí desde muy joven, que indicaban que la opción de la Iglesia debe ser por los pobres, así que abrimos las puertas a la solidaridad de toda nuestra comunidad y colectamos 70.000 dólares para los afectados por el sismo, que fueron enviados a través de Anglican World Relief, algo que fue muy destacado y conviene recordar, porque hasta las autoridades de la comunidad canadiense reconocieron que los pobres de Toronto habían sido los más generosos con sus hermanos en necesidad.

C: Ese debe haber sido el germen inicial de las Caravanas de la Esperanza

H.A.: Claro… Ese fue el comienzo… Y tres años después, el 2 de agosto de 2004, se inauguró un pequeño pueblo que se levantó con aquella ayuda. La comunidad se llama San Lorenzo de Toronto, hoy continuamos nuestra relación de cooperación con ellos. Ellos nos siguen enseñando y nosotros seguimos aprendiendo aquel espiritual lenguage práctico de la solidaridad.

Comenzamos manejando Caravanas de buses escolares, con el apoyo de Michelle Marron, Linda McGlade, la Municipalidad de Toronto, el Departamento de Bomberos y después, en el 2005 el Consejal Joe Mihevic, contribuyó con dos ambulancias. Y a partir de entonces continuamos llevando ese tipo de vehículos, porque en El Salvador había un grupo de jóvenes médicos que habían sido educados en Cuba y su labor se veía facilitada utilizando las ambulancias como hospitales móviles.

En aquel momento, en una de las zonas a las que llegaron nuestras ambulancias, pasaron de 5.000 operaciones de cataratas a 50.000 y ese fue el regalo más grande que tuve que comunicarle a nuestra comunidad en Toronto: decirles “Este es otro milagro de San Romero, quien nos inspira a continuar siendo solidarios”. Nuestros esfuerzos son transparentes y autogestionados. No recibimos un sólo penny del gobierno municipal, ni del federal ni del provincial.

Nuestra solidaridad es la joya de amor de una comunidad de inmigrantes pobres que entiende la necesidad de compartir. Ahora mismo puede ver afuera las sillas de ruedas y el material médico que están cargando en dos ambulancias, y que van a ser enviadas las zonas afectadas de Perú, donde hay mujeres, hombres y niños con distintos tipos de cáncer causados por la contaminación. Para allá van estas ambulancias. Son casi ya 20 años que no nos hemos detenido en esta sana actividad humanitaria.

C: Y paralelamente a eso ha estado la creación de la radio…

H.A.: Si. Ya habíamos comenzado a plantearnos la posibilidad de obtener una licencia de radio y sucedió lo del terremoto, pero pasado aquel momento, en 2002, solicitamos la licencia. Y el 17 de abril de 2003, un dia despues de mi cumpleaños nos llegó la noticia de que nos habían concedido el permiso. Levantamos nosotros mismos la antena, financiamos los gastos vendiendo pupusas y acondicionamos la casa parroquial, que estaba destinada a ser mi vivienda, para que albergara los estudios y las oficinas de Voces Latinas. Yo no necesito una casa, un cuarto es suficiente y creo importante mantener la fidelidad al evangelio, ser pobre, vivir pobre y junto a los pobres rescatar una auténtica riqueza.

Nuestro proceso no ha estado libre de tropiezos porque muchas veces el concepto de la radio como servicio comunitario choca con la idea de la radio como herramienta para hacer dinero, pero hemos ido superando esos problemas y manteniendo firme la visión y misión de una radio comunitaria. La radio es para comunicarnos en comunidad y para integrar a la gran diversidad que existe dentro de ella. Han habido momentos en que algunos compañeros no han entendido que el periodismo debe ser una herramienta de construcción de conciencias críticas y que no estamos llamados a ser un medio masivo de mentiras o farándula. Muchas veces nos preguntan cuál es el secreto de que nosotros podamos mantener viva una experiencia que en muchos otros sitios ha fracasado y nosotros decimos que el secreto es estar en contínua evaluación, que es el único modo de aprender de los errores y crecer.

-Lo que resulta más extraordinario es que una herramienta de comunicación tan potente como una radio o una herramienta de solidaridad internacional como la Caravana de la Esperanza, surjan de una parroquia sencilla y humilde.

San Lorenzo, a diferencia de otros espacios religiosos, no decae. Por el contrario, crece. Porque está concebida no como una burbuja o una trinchera sino como un espacio de integración en el mosaico multicultural del que formamos parte y como un espacio de espiritualidad. Como me decía aquel ex-jesuíta, “no necesitamos más iglesias sino que necesitamos más espiritualidad”. Y yo soy un convencido de que nosotros, como cristianos, necesitamos re-evangelizar nuestras iglesias llenándolas de espiritualidad inspirada en la vida del Jesus historico.

Hoy estamos cada día más familiarizados con conceptos como el Sumak Kawsay de los pueblos de los Andes, el Buen Vivir, el Ubuntu de los africanos, el “yo soy lo que tu eres”, el compromiso de Nelson Mandela, Desmond Tutu, de personas que han puesto en praxis estos conceptos teóricos que tienen una base espiritual común, que debemos recuperar. Afortunadamente, nuestra Parroquia es el cernidero para la integración y la solidaridad. Es el espacio al que uno llega a rezar, a decirle al Taita Dios: “Aquí estamos. Sabemos que estamos de paso. Gracias por darnos esta oportunidad de seguir cultivando y compartiendo frutos llenos de humanidad”.


Sobre milagros, migrantes y reconocimientos

Milagros

Con La Caravana de la Esperanza, me ha tocado viajar 15 años consecutivos desde Toronto hacia El Salvador, en 5 días atravesamos los Estados Unidos de Norte Améerica, en 5 días a través de los Estados Unidos de México, dos por Guatemala, hasta llegar a la tierra de Monseñor (ahora San) Romero para decirle: “este es tu milagro”. Porque manejar ambulancias con material médico por un periodo de 12 días y sin haber tenido riesgos realmente es un milagro.


Migrantes

Y ahora, cada Agosto viajo hasta Saltillo, visito al Padre Pedro Pantoja, que atiende la Casa del Migrante, uno de los muchos centros en los que voluntarios de buen corazón atienden a las caravanas de migrantes que vienen desde Honduras, El Salvador y Guatemala, rumbo hacia los Estados Unidos de Norte America.

Voy a aprender, escuchar, servir comida, cantar, contar la experiencia de nuestros hermanos migrantes en Canadá y lavar sus pies cansados. Son héroes y heroínas que caminan durante meses buscando una tierra prometida, pero son un ejemplo de sacrificio, de fe y esperanza.

Realizamos una Caravana de Fe junto a otros sacerdotes y defensores de Derechos Humanos, des de Saltillo hasta San Fernando hasta llegar a la finca de Huizachal donde el 22 de Agosto del 2010, asesinaron a 72 jóvenes migrantes, criaturas de entre 15 y 24 años. Allí celebramos una misa en honor a estos mártires migrantes, personalmente renuevo mis votos sacerdotales, en esta catedral de Huizachal donde el quejido, grito y llanto de nuestros Cristos migrantes claman justicia en nombre de millones de migrantes en este mundo.


Reconocimiento

La Iglesia Anglicana todos los años celebra un Sínodo, que es un espacio de reflexión y evaluación pastoral anual. En esta ocasión el obispo de Toronto Andrew Asbil presentó a los nuevos Canons o Monseñores de la diócesis de Toronto, que en esta oportunidad fuimos doce.

Es un título honorífico que existe en la Iglesia Romana y en la Anglicana. Un reconocimento a quienes se han destacado en las actividades pastorales. Monseñor Arnulfo Romero fue un ejemplo y fiel seguidor de Jesús en sus tareas pastorlaes y lo nominaron Monseñor.

En el caso de la Iglesia Anglicana me parece un reconocimiento aún más humano, porque no sólo se reconoce a los sacerdotes sino también a laicos. Creo que el reconocimiento debe ser equitativo para todos y a todas.

Por un período de 6 años saboree la humillación en la diócesis de Toronto pero estratégicamente usé lo que Monseñor Luna me enseñó: la resistencia pacífica. Porque mi vocación y mi compromiso hacia los mas vulnerables no son para mí. Son en, para y con mi comunidad.

Por eso ha sido un doble honor para mi que fuera Andrew Asbil, el Obispo que está hace poco más de un año en la diócesis quien considerara que soy merecedor de ese reconocimiento. Andrew Asbil, fue durante mucho tiempo párroco de la iglesia de Redeemer e hizo allí un trabajo excelente con la gente de la calle.

Que alguien como él reconociera mi tarea pastoral, me reafirma en aquellas luchas de mi juventud, cuando soñábamos con una Iglesia al servicio de los pobres.