SUICIDOS MASIVOS EN ATTAWAPISKAT:
Mi responsabilidad y la suya

COLUMNISTA INVITADA

MÓNICA PERCIVALE*

 

El sábado pasado once  jóvenes, residentes de la reserva indígena de Attawapiskat –en Ontario,  intentaron suicidarse.

Escalofriante escenario que tristemente no llega como sorpresa. Tales intentos no son los primeros; en marzo la cifra fue de casi 30. La crisis de intentos de suicidios que parece haberse agravado en el otoño pasado, no es un flagelo nuevo para esa comunidad indígena. Los números que no mienten nos hablan de que el índice de suicidio en dicho grupo social es entre siete y nueve veces mayor que en el resto de Canadá.

 

Mientras escribo, como consecuencia de la crisis, oficiales del Ministerio de Salud así como especialistas en salud mental, médicos y enfermeras arriban a Attawapiskat. Decisión tan necesaria como tardía. Los flagelos que enfrentan todas las comunidades indígenas del país, requieren de una atención y un compromiso tan serios como honestos.

La crisis de los intentos de suicidios del fin de semana, que parece pertenecer a un pacto entre jóvenes muy jóvenes – uno de ellos de tan sólo 11 años- es un alarido de dolor, un grito de agonía de una comunidad entera frente a la impávida mirada del resto de una sociedad más interesada en los nombres incluidos en los Papeles de Panamá, o en el ultimo exabrupto del ignorante de Donald Trump, que en las condiciones de vida de miles de personas de todas las edades en el patio del fondo de nuestra propia provincia.

 

La Primera Nación de Attawapiskat tiene una población de 1.800 personas, y está en un remoto y aislado lugar en el Distrito de Kenora al norte de Ontario.

El suicidio no es un problema nuevo para esta comunidad ni para ninguna comunidad First Nations, Inuit o Metis; por el contrario es desde hace años la principal causa de muerte.

Hay que apuntar primero a las condiciones de vida en la reserva, donde escasea la vivienda adecuada, no hay agua potable, y es limitado el acceso a alimentos básicos tanto por costo como por suministro, -determinantes de nivel de vida para cualquier sociedad-. Esto es un impertivo si se quiere comenzar a pensar en remontar la crisis, tan antigua como devastadora, injusta e inhumana.

Según lo detalla un cable de la agencia EFE despachado al mundo, las comunidades indígenas canadienses sufren las mayores tasas de desempleo, alcoholismo y drogadicción, abuso doméstico, delitos y homicidios del país.

Al mismo tiempo son las que menos dinero reciben por cápita para sanidad, educación y vivienda.

La situación de pobreza es tal, que en muchas comunidades los estándares de vida son inferiores a los de muchos países en desarrollo a pesar de que Canadá es uno de los países más ricos del mundo. 

Dichas condiciones son las que hacen que para muchos  la muerte se presente como la única salida. El problema de los suicidios en Attawapiskat no es un tema de salud mental, o por lo menos no exclusivamente, es un problema del colonialismo al que dicha comunidad ha sido sometida desde la época de las escuelas residenciales;  una clara muestra de que la disculpa del ex Primer Ministro Harper fue simplemente una oportunidad para la foto.

Estamos frente a una crisis, no de la comunidad indígena, sino de la sociedad entera, y la única forma de resolverla es comenzar de una vez por todas a erradicar  el desbalance aberrante,  en un país donde algunos tenemos todo y otros ni siquiera la posibilidad de abrir una canilla para tomar agua.

Tanto a usted que lee como a mí que escribo, nos urge entender que tenemos la obligación moral de exigir el respeto a los verdaderos dueños de esta maravillosa tierra.