Canadá ante la guerra, ¿alineamiento estratégico o responsabilidad histórica por la paz?

Los recientes ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, y la inmediata respuesta militar de Teherán contra territorio israelí y bases estadounidenses en el Golfo, marcan un punto de inflexión peligroso para la estabilidad internacional. La posibilidad de una escalada regional —o incluso global— es un riesgo tangible.

Desde Canadá, las reacciones políticas han sido diversas y reveladoras.

El primer ministro Mark Carney afirmó que Canadá apoya la destrucción del programa nuclear iraní, aunque aclaró que el país no participa militarmente en los ataques. “No somos parte de la acumulación o planificación militar”, expresó durante el Foro de Crecimiento e Inversión Canadá-India en Mumbai. Carney justificó su respaldo señalando que la República Islámica es una fuente de inestabilidad y terrorismo en Oriente Medio.

En la misma línea, la ministra de Asuntos Exteriores, Anita Anand, criticó “enérgicamente los ataques del régimen iraní contra nuestros socios en Oriente Medio”.

Sin embargo, no toda la clase política canadiense comparte esta postura. El crítico de asuntos exteriores del Nuevo Partido Democrático (NDP), Alexandre Boulerice, condenó los bombardeos estadounidenses e israelíes y advirtió que se trata de “una escalada peligrosa que corre el riesgo de arrastrar a toda la región a un conflicto mayor”. Además, criticó lo que calificó como un respaldo “ciego” del gobierno a la iniciativa de Israel y la administración de Donald Trump, reclamando que Canadá sea una voz activa en favor de la diplomacia y el derecho internacional.

Por su parte, el Partido Conservador ha sostenido tradicionalmente una posición firme de apoyo a Israel y de línea dura frente al gobierno iraní, subrayando la necesidad de impedir que Teherán desarrolle armamento nuclear y reforzando la idea de que la seguridad de los aliados occidentales debe ser prioritaria.

Ante este panorama es necesario recalcar que la guerra no puede ser la respuesta automática a los conflictos internacionales, por más complejos y sensibles que estos sean. El riesgo de normalizar ataques preventivos y las represalias cruzadas debilita el sistema multilateral y erosiona el derecho internacional que, con todas sus imperfecciones, ha sido un pilar de estabilidad durante décadas.

Las intervenciones militares en Oriente Medio han demostrado, una y otra vez, que los bombardeos rara vez traen estabilidad duradera. Con frecuencia abren ciclos prolongados de violencia, radicalización y sufrimiento civil.

Canadá, desde su histórico papel en operaciones de paz hasta su defensa del multilateralismo, ha demostrado que puede ejercer liderazgo sin recurrir al belicismo. Apoyar la no proliferación nuclear es compatible con exigir negociaciones verificables, mecanismos de inspección internacionales y canales de diálogo sostenidos.

Hoy, más que nunca, Canadá debe preguntarse qué papel quiere jugar: ¿ser un espectador que respalda decisiones tomadas en otras capitales o un actor que promueva activamente la desescalada?

La región ya vive bajo tensiones profundas. Un conflicto abierto entre Estados Unidos, Israel e Irán no solo pondría en riesgo millones de vidas en Oriente Medio, sino que impactaría la economía global, la seguridad energética y la estabilidad política internacional.

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