Para cada uno de nosotros cualquier otra persona es un «otro», cuya otredad construimos como forma de conocer, reconocer y armar nuestra propia identidad tanto a nivel individual como a nivel colectivo.

Por: HORACIO TEJERA


La afirmación anterior contiene dos presupuestos básicos:

Que la otredad no es tanto algo propio del otro como una construcción de la cual nosotros participamos de modo no menor.

Que necesitamos y utilizamos esa otredad ajena como una forma de construirnos como sujetos y como colectivos.

Esa «construcción del otro» como diferente a nosotros mismos no necesariamente es excluyente ni invalidante. Puede ser -y de hecho es deseable que lo sea- el reconocimiento de las diferencias y la riqueza que aportan al cuerpo social. Un antídoto contra la uniformidad, la homogeneidad y la simplificación.

Sin embargo es muy difícil separar esa «construcción del otro» de consideraciones valorativas.

Una vez que se ha comenzado a valorar al otro en función de características que nosotros mismos le adjudicamos, se hace posible estereotiparlo, estigmatizarlo, discriminarlo e incluso temerle y odiarle.

Cuando características como la raza, la clase, las creencias, el género, la cultura, el lugar de procedencia, la edad, las preferencias sexuales, etc. comienzan a tener el status de valor, estamos frente a los aspectos más oscuros y potencialmente dañinos de la conducta humana.

Es por esa razón que en el primer número de esta nueva etapa de Correo hacíamos la distinción entre el multiculturalismo como definición de una realidad que afortunadamente está firmemente arraigada en la sociedad en la que vivimos, y la interculturalidad como aspiración y como proyecto de futuro.

El multiculturalismo y el Canadá que conocemos

Canadá tuvo el buen tino de apostar por el multiculturalismo a partir de la década de los años ’70 y ‘80 del siglo XX. Sus líderes de aquel momento pero sobre todo los sectores más progresistas de su población supieron entender que para enfrentar los problemas a los que estaba expuesto el país (riesgo de fractura definitiva entre el mundo anglófono y el francófono, cifras de natalidad que ya estaban por debajo de la tasa de reemplazo, baja sostenida de la inmigración europea, envejecimiento poblacional en aumento) debían ser abandonados los criterios que hasta entonces habían desalentado e impedido la entrada al país de inmigrantes o refugiados de Asia, África y América Latina. Ese fue el nacimiento del Canadá que conocemos. El que hicieron posible quienes supieron comprender a tiempo la necesidad de contar con esos “otros” y “otras”  que trajeron su esfuerzo y su inteligencia, sus hijos y sus perspectivas, sus experiencias y su valor. Las aproximadamente 10.000.000 de personas que llegaron y se asentaron en paz desde entonces.

Hoy, transcurrido el tiempo, se hace necesario analizar los límites que el concepto de multiculturalismo tiene para la construcción de comunidades integradas e inclusivas y hacer esfuerzos para que el concepto de interculturalidad comience a permear la idea que Canadá tiene de su identidad futura.

Para que el país deje de verse a sí mismo tan sólo como un mosaico de culturas yuxtapuestas y otredades ensimismadas. Y para que la fusión, el mestizaje y el entendimiento hagan posible la construcción de una sociedad mejor y una identidad nueva y realmente compartida.

*Horacio Tejera. Coordinador de los proyectos Cuéntame y Cuéntame.2 y editor de Correo