¿Por qué está de moda el término posverdad?

El concepto de posverdad se ha convertido en un lugar común, en una palabra de moda que se usa para denominar tanto la supuesta superación de un estado previo en el que, al parecer, la verdad era la norma, como para legitimar determinados procedimientos que tienen mucho más que ver con la esfera del poder que con la de la verdad.

Con las palabras anteriores comienza el trabajo Estratagemas de la Posverdad de Pilar Carrera, Profesora Titular del Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid que, en el marco de la renovación de la línea periodística de Correo, nos ha parecido conveniente repasar.

La prensa comunitaria, por más devaluada que esté debido a constricciones externas y disfunciones propias, tiene o debería tener un rol social de importancia, que la haga aspirar a ser algo más y mejor que lo que es . En ese sentido, temas como la ética periodística, la responsabilidad frente a los lectores, la relación que la información debería tener con lo cierto, no nos deben ser ajenos.

En su artículo, preparado para la Revista Latina de Comunicación Social, Pilar Carrera analiza algunos aspectos del término posverdad y del contexto histórico en el que ha aparecido entre nosotros, que vale la pena considerar.
En primer lugar, destaca, si acudimos a la definición que de posverdad da la RAE, nos damos cuenta de lo poco novedoso de un fenómeno que es tan viejo como la humanidad: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

Todos sabemos que eso, antiguamente, se llamaba mentira o falsedad. Pero hay, evidentemente, algo nuevo. Y lo nuevo es, precisamente, que se nos hace pensar que el fenómeno es nuevo, es decir que debe haber habido un momento (el previo al de la posverdad – podríamos llamarlo “ayer”) en el que la política o los discursos que tienen que ver con el ordenamiento social no incluían al tipo de personajes o al tipo de retórica que hoy nos espantan (aquí invitamos a los lectores a que piensen dos minutos en sus espantajos favoritos).

El otro dispositivo que según la autora actúa oculto detrás del término posverdad es la idea de que mediante la presentación de “hechos” (los fact checking tan de moda), la posverdad puede ser fácilmente puesta en evidencia y desmontada.

Este dispositivo, advierte Pilar Carrera, nos presenta a ciertos medios, (precisamente aquellos que chequean para nosotros la falsedad de los enunciados propios de la posverdad) como prístinos, liberadores y depositarios de aquella verdad que, supuestamente, habría sido la norma hasta tan solo ayer.

De ese modo se crea alrededor nuestro una atmósfera irrespirable en la que a la posverdad se le suma una nube de hechos que tampoco somos capaces de verificar pero damos como ciertos.

Para la autora, tanto la posverdad como mecanismo real de manipulación de la opinión pública a través de la difusión de información falsa como quienes nos llevan a pensar que ese fenómeno no existía cuando eran ellos quienes la manipulaban, son dos aspectos de un mismo fenómeno que nos deja una única alternativa.: analizar nosotros, dudar, escuchar no dos campanas sino varias, tratar de chequear qué es o no es verdad nosotros mismos más de una vez, no aislarnos y comunicarnos horizontalmente, aprender, recordar y relacionar lo que se nos dice con lo que hemos aprendido y recordamos y, esencialmente, no mentir.

Redes sociales, fake news y post verdad

Dice Pilar Carrera en el trabajo ya citado:

Santificando el supuesto tiempo que la precedió –y que, de hecho, sigue, en esencia, vigente, – el discurso que se opone a la posverdad convierte el contexto actual en una especie de no man’s land, sin nombre en sentido estricto, excepto como postrimería y, por tanto, niega a los individuos que habitan en él toda posibilidad de intervención sobre un entorno que se define únicamente en términos del que le precedió.
Aunque pudiese parecer todo lo contrario, la noción de posverdad y la articulación discursiva que la envuelve, son de raigambre profundamente dogmática. En la posverdad ya no hay verdad, pero, y esto es lo escalofriante, tampoco hay mentira
.”

Ausencia de mentira y fake news

En esto nos gustaría detenernos por un momento porque el concepto mentira está siendo sustituído por otro que lo supera y le adjudica nuevos protagonistas: “fake news”.

Internet en general y las redes sociales en particular son presentadas usualmente como un territorio salvaje, libre y multitudinario (el no man’s land de la cita) en el cual los individuos asumen roles que antes sólo detentaban (y sabían usar) las corporaciones mediáticas. Las elites.

Y se comienza a asumir, no sin razón, que las redes se han transformado en un ámbito en el que reinan las fake news, en el que las personas sólo buscan reforzar lo que ya piensan y que eso las aleja de toda posibilidad de pensar y actuar con responsabilidad.

Hasta ayer, habrían existido las falsedades y las mentiras, pero éstas eran propaladas por sujetos concientes que mentían sabiendo que lo hacían.

Las fake news, en cambio, estarían siendo difundidas por gentes que no saben analizar la información que reciben o reenvían. Agentes pasivos manejados, como títeres digitales, por poderes en las sombras.
Este esfuerzo de los medios de prensa tradicionales por presentar a las redes como un lugar en el que actúa un enjambre innominado de personas que con desgraciada frecuencia no saben lo que hacen ni les importa a quien benefician o a quien dañan, puede ser cierto. Y de hecho lo es cada día más. Basta ver la cruzada antivacunas, el empecinamiento de millones de personas para construir un muro, las campañas presidenciales de personajes como Jair Bolsonaro, o los dos años que Inglaterra ha debido dedicarle a tratar de solucionar el problema en que los Brexiters la han sumido, para acordar con lo anterior.