Relaciones internacionales, patriarcado senil y violencia simbólica

Pompeo Batoni - Susana y los viejos - 1751

Parecen soplar algunos vientos de cambio en América Latina, pero también existen vastas zonas en las que el aliento pútrido de lo viejo, lo desgastado y lo corrupto quitan la respiración. Y eso, que puede estallar de pronto en una ola de incendios en la Amazonía, en una nueva ola de violencia en Colombia o en la falta de salidas consensuadas en Venezuela, puede expresarse también en algo tan menor y normalizado como las bromas desagradables y sexistas de un Presidente que se imagina impune y avergüenza a buena parte de su país.

En pleno debate acerca de la ola de devastadores incendios en la Amazonía, uno de sus directos responsables, el presidente de Brasil Jair Bolsonaro no tuvo mejor idea que hacerse eco y para colmo festejar comentarios sexistas y misóginos que comparaban a su mujer, de 37 años, con la esposa del Presidente de Francia, Brigitte Macron, de 66.

Y como si esa barbaridad, que no sólo tiene aristas humanas deplorables sino que además es algo que desde el punto de vista de las relaciones internacionales es inimaginable no hubiera sido suficiente, días después su Ministro de Economía, Paulo Guedes, en una conferencia de hombres de negocios en Fortaleza, se quejó del tratamiento que la prensa le había dado al caso, bajo el argumento de que Bolsonaro había dicho la verdad y que Brigitte Macron es “realmente fea”, comentario que provocó los aplausos y las risas de buena parte del auditorio.

No se podría decir que encontrar razgos profundos y repugnantes de misoginia y sexismo en hombres vinculados a la política y los negocios sea un descubrimiento exepcional, especialmente cuando esos hombres pertenecen a generaciones para las que el destrato, el maltrato y la discriminación en contra de las mujeres fue y es moneda corriente. Si fuera por eso esta nota no tendría objeto. Vale sin embargo destacar algunas de las características que hacen de este caso un caso de manual y por eso mismo digno de reflexión.

Por un lado, lo que motiva la agresión a Emmanuel Macron no es que esté casado con una mujer fea. Ni a Jair Bolsonaro ni a Paulo Guedes se les hubiera ocurrido referirse públicamente a la belleza o carencia de ella de personajes femeninos como Theresa May o Christine Lagarde. Seguramente lo hagan en privado y cuando beben de más, pero se cuidarían muy bien de exteriorizarlo públicamente. Por otro lado, lo que se le echa en cara a Brigitte Macron no son las arrugas que los años han ido marcando sobre su rostro (que conserva por otra parte un atractivo maduro poco común). Guedes y Bolsonaro, después de todo, tienen su misma edad y se les nota un grado de deterioro bastante mayor.

Lo que se trasluce en los comentarios de ambos políticos brasileños es la indignación que supone para ellos el hecho de que alguien como Macron incumpla el principio patriarcal que indica que los hombres de verdad, es decir los hombres con poder (ya que en el patriarcado hombría y poder son inseparables), deben mostrarse con mujeres más jóvenes, mujeres/hijas, mujeres de las que se adivine que han sido compradas a buen precio y que sirvan como artefacto de lucimiento frente a los demás hombres.
Esa necesidad de lo masculino/senil por apoderarse y subyugar cuerpos jóvenes no es algo nuevo sino viejo como el mundo. Y una de las historias bíblicas más representadas en la pintura occidental, la de Susana y los viejos, nos lo muestra con claridad.

Susana y su condena

En esta historia, Susana es una joven y hermosa mujer, objeto del deseo de dos viejos jueces que la sorprenden entre los árboles de su jardín, le ofrecen favores y dinero a cambio de que tenga sexo con ellos, y la amenazan con denunciarla como adúltera si no los acepta, asegurándole que a ella nadie le creerá pero a ellos sí. Los dos viejos son rechazados por lo que Susana es condenada a morir lapidada y sólo se salva porque un niño (el futuro profeta Daniel) se atreve a creer en ella y logra que se haga justicia.


Este uso de la sexualidad no como modo de obtener y dar placer sino como artefacto de negación del deseo y de dominación, permite establecer jerarquías dentro de un sistema de relaciones masculinas en las que el acceso a las mujeres determina preeminencia y afirma privilegios. Son violencias simbólicas y físicas que contribuyen a vertebrar una norma. Y como ocurre con toda norma, su capacidad de perpetuar un estado de cosas radica en un supuesto esencial. Debe ser cumplida, ya que quien ose no cumplirla pone en riesgo no a la norma sino a todo el sistema.

Po esa razón, lo que no puede soportar alguien como Bolsonaro, aún a riesgo de crear grietas en las relaciones de su país con el resto del mundo, es que un hombre con poder (Emmanuel Macron) no acate la norma que a todos se les dicta y que todos deberían seguir. Se trata de un mecanismo defensivo que Michel Fucoult había descrito hace décadas como característico de la homofobia: el sentimiento de que quien no cumple con el modo de desear y amar que define a la jauría, en los hechos la traiciona y merece desprecio y castigo como modo de aleccionar a los demás.


Y como “por sus frutos los conoceréis” a todo lo anterior se le agregó en estos días algo más… Tanto Jair Bolsonaro primero como el mismo Paulo Guedes después, hicieron también blanco de sus iras a otra mujer. En este caso a Michelle Bachelet, que en su calidad de Alta Comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, había realizado un informe acerca de la situación de los DDHH en Brasil y el tratamiento que sufren los afrobrasileños, los pueblos indígenas y los territorios que habitan.

Esta vez, el modo de dañar no fue sacar a relucir su edad o su aspecto físico, ya que no se trata de una “mujer de” sino de alguien que tiene poder por sí misma. Esta vez fue la reivindicación de la dictadura militar chilena que torturó y asesinó a su padre, al que presentó como alguien que merecía, por el bien de Chile, el destino que tuvo.

Son gente así. Abusadores compulsivos, en especial cuando de mujeres se trata.Son como los viejos de la historia bíblica. Es lo senil y lo caduco que amenaza, babea, compra, somete, lastima y destruye hasta que se hace justicia y se le pone freno.