Los titulares de los principales medios globales volvieron a tener a una nación latinoamericana en su centro: la vicepresidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, fue condenada el martes por un juez federal por delitos a la administración pública.

Fernández de Kirchner ha librado esta batalla legal desde hace algún tiempo y tras conocer su condena a 6 años de prisión, dijo que no se lanzará a ningún cargo público en el futuro próximo y tachó al poder judicial como una “mafia”.

La vicemendataria se encuentra protegida de ir a la cárcel por fuero, pero esta condena la dejará definitivamente fuera del escenario político argentino.

El fallo contra la exmandataria ha levantado una ola de reacciones entre los que consideran que la justicia argentina finalmente se está haciendo presente, aquellos que se preocupan por las repercusiones de un nuevo escándalo político en la ya inestable economía de la nación y los que vinculan este proceso con el que llevó al actual mandatario brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, a prisión.

Este escenario que se vive en Argentina hoy emula a la severa crisis política del Perú, donde Pedro Castillo intentó disolver el Parlamento y fue cesado en sus funciones por la propia instancia gubernamental. El resultado ha sido una inestabilidad que repercute en todos los ámbitos del país y que se hace sentir en el medio de una fuerte crisis económica global. La nueva presidenta, Dina Boluarte, tiene ante sí un escenario difícil en el que tendrá que lidiar con encontradas fuerzas políticas.

Más allá de las fronteras nacionales, la región vuelve a mostrar una creciente fricción entre partidos que no han sabido dar solución a problemáticas reales e históricas del continente.

América Latina y sus cíclicas debacles políticas parece nuevamente al borde de un resquebrajamiento de bloques de cooperación importantes y necesarios. Si bien el triunfo de Lula en Brasil apuntaba a un nuevo dominio de la izquierda, la realidad es que en el continente el descontento crece y las tensiones políticas abren brechas cada día más difíciles de sortear por sus propios ciudadanos.

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