Crisis de masculinidad y supremacía blanca en crisis

Como bien hace notar la columnista de The Guardian Suzzane More, seguramente nadie pensó, al escuchar las noticias de la matanza de El Paso: “bueno… hay muchísimas mujeres en EEUU completamente alienadas por los videojuegos, con problemas de salud mental, con opiniones muy equivocadas acerca de los inmigrantes y de los temas raciales y para colmo armadas… La asesina sin dudas debe una de ellas”.

Nadie lo pensó de esa manera. Y si el planteo nos provoca una sonrisa es precisamente porque todas y todos sabemos que si bien efectivamente existen mujeres que tienen todas o cada una de las características anotadas arriba, la cobardía de conducir durante 9 horas para atacar con un rifle de asalto a familias que aprovechaban el sábado para realizar con sus hijos las compras previas al comienzo de las clases, es algo propio de hombres.

No de todos los hombres, ¡por supuesto! Si así fuera sencillamente no quedaría nadie.

Pero lo que sí es necesario admitir, estudiar y alguna vez tratar con seriedad, es que las masculinidades en crisis, las masculindades autocomplacientes y asustadas, asesinan con pasmosa facilidad y frecuencia. Asesinan dentro y fuera de sus familias, pero se seban particularmente donde hay mujeres y donde hay niños.
Existen nexos indudables entre esas mal llevadas masculinidades y el coro de hombres preocupados por el ‘genocidio’ de la población blanca y la invasión de inmigrantes de color que llegan para reemplazar a la población de origen europeo ocupando sus lugares y violando a sus mujeres.

Lo que Patrick Crusius, el asesino de El Paso, expone en el Manifiesto que subió a las redes pocas horas antes de la matanza, es una muestra evidente de cómo las masculindades y las supremacías en crisis, azuzadas incesantemente desde el poder, pueden transformar a un desgraciado en un peligro público.

“Las 2as y 3eras generaciones de hispanos forman parejas interraciales en un porcentaje mayor a la media”… se alarmaba Crucios en su Manifiesto. Y agregaba: “aunque los nuevos inmigrantes se resignan a hacer el trabajo pesado, sus hijos no. Pretenden vivir el sueño americano y para ello obtienen títulos en colleges y consiguen para sí los trabajos mejor calificados y mejor pagos.”.

El temor a los violadores que cruzan la frontera insuflado por la retórica de Trump se va transformando en el odio a los hijos o nietos de los inmigrantes que estudian y se enamoran y se casan con quienes no deben.
Y eso nos pone a todas, a todos, en la mira.