Ser indígena y ser mujer: una realidad que debería involucrarnos de verdad

Mujeres indígenas desplazadas en Chiapas, México, en febrero de 2019 – Fotografía: bajapress.com

Este 9 de agosto se celebró el Día Internacional de las Poblaciones Indígenas, establecido por Naciones Unidas para crear conciencia acerca de la necesidad de conservar y fortalecer a los pueblos originarios, sus culturas y sus lenguas.
Las poblaciones indígenas que aún perviven en el mundo están conformadas por alrededor de 400 millones de personas, que se distribuye en unos 5,000 grupos humanos de 70 países.
Según la FAO, a pesar de constituir el 5% de la población mundial, el 15 por ciento de las personas pobres del mundo son indígenas. Esto deriva de que la mayoría de las poblaciones indígenas han sufrido en algún momento -y muchas veces en diferentes épocas y por períodos prologados), situaciones de colonización, que con frecuencia han supuesto incluso algún tipo de esclavitud.
Los indígenas siguen sufriendo una fuerte discriminación que acarrea tremendas repercusiones sociales, laborales, económicas y políticas. Suelen estar excluidos de la toma de decisiones y de las instancias políticas; tienen un acceso limitado a los sistemas de enseñanza y los sitemas de justicia y sus derechos suelen ser violados impunemente.
En una época en la que los ecosistemas se deterioran con velocidad creciente (ver nota referida al Overshoot Day en esta misma página) y parece estar despertando la conciencia ecológica y la necesidad del cuidado del planeta, se hace necesario prestar atención a las poblaciones indígenas en busca de métodos tradicionales/alternativos de relación con el mundo que nos rodea. Las prácticas agropecuarias y forestales de los pueblos indígenas, por ejemplo, están protegiendo una parte importante de la diversidad biológica mundial. En sus territorios se conserva casi el 80 por ciento de la biodiversidad del planeta, aunque son propietarios sólo del 11 por ciento de esas tierras. La cultura occidental, obsesionada con poseer, dominar y lucrar, tiene mucho que aprender y recuperar de ese tipo de prácticas si deseamos reequilibrar nuestra relación con la naturaleza.
Las mujeres, las más discriminadas
El trabajo de cuidado de la tierra recae, en la mayor parte de los pueblos indígenas, en las mujeres. Ellas son las que mejor conocen y custodian las tradiciones y los recursos naturales de sus comunidades y son las que más aportan a la conservación de la biodiversidad planetaria.
En las regioness en las que las poblaciones indígenas tienen que emigrar o son desplazadas, como ha ocurrido y aún ocurre en nuestro continente en las zonas en conflicto, son las mujeres las más expuestas a la violencia sexual, el tráfico y la explotación (de lo que es muestra la asunción, por parte del gobierno canadiense hace apenas dos meses, de las situaciones de genocidio que aún sufren los pueblos originarios de este país).
La discriminación afecta a todos los ámbitos de la vida de las mujeres indígenas y recrudece las desigualdades. Participan menos en la vida social y en la toma de decisiones de sus comunidades, condicionadas, sobre todo, por el analfabetismo o los bajos niveles de educación; conocen menos sus derechos y tienen menos oportunidades de defenderlos de modo efectivo Las mujeres indígenas, de ese modo, enfrentan una triple discriminación: son pobres, son indígenas y son mujeres. Esto suele suponer que, a la situación general de su grupo social, se añaden prácticas como los abusos sexuales o la violencia dentro pero sobre todo fuera de sus comunidades.
Por esa razón, si de verdad entendemos el valor intrínseco de la diversidad y la multi e interculturalidad es necesario que nos involucremos más decidida y directamente en el esfuerzo para que que las poblaciones indígenas y sus mujeres sobrevivan y prosperen.