Fuego, racismo, pájaros y monstruos al sur de la frontera

El extraordinario episodio de la canadiense Amy Cooper y el observador de pájaros en el Central Park de New York irrumpió en las redes sociales como una ráfaga de aire pútrido e irrespirable, pero desapareció del radar de la opinión pública pocas horas después.
Era un episodio menor, ocurría en una ciudad que ha sido epicentro mundial de una pandemia, y además, las que pudieron ser sus consecuencias mas terribles, estaban produciéndose, paradójicamente, muy lejos de allí.

Una mujer blanca pasea a su perro sin correa en una zona del parque en la que eso está prohibido ya que se trata de una reserva de aves que, como cada primavera, utilizan ese espacio como refugio en donde descansar en su migración hacia el norte.

Un hombre negro, amante de la observación de pájaros, le hace notar a la mujer blanca, educadamente, que debería llevar su perro atado, mientras filma la situación con su teléfono celular.

La mujer blanca lo impreca y se acerca con furia mientras el hombre negro le pide que no se aproxime demasiado a él.

El hombre negro continúa filmando la escena y reproduciendo el diálogo, y entonces la mujer blanca lo amenaza con llamar a la policía y denunciar que un hombre afroamericano la está atacando. Luego se retira algunos pasos mientras ata a su perro y llama. Grita y finge llorar, pide ayuda, y repite una y otra vez que necesita auxilio urgentemente porque un afroamericano la está molestando y ella está desprotegida y sola.

Esa mujer blanca sabe, o mejor dicho tiene incorporado en su mente y en su cuerpo, que por desvalida, torpe, ignorante o discriminada que pueda ser una mujer blanca en la vida real (y Amy Cooper no parecía tener ninguno de esos atributos) tiene un poder invisible sobre ese hombre negro. Un poder brutal y sutil que le ha sido dado a través de los últimos 4 siglos. El poder del patriarcado blanco, que tiene, entre sus motores de odio más atávicos, potentes y mortíferos, el temor a que “sus” mujeres, sean mancilladas y violadas por hombres oscuros e inferiores.

Ella deja ver con claridad, en el momento en que amenaza sin el menor escrúpulo y sin la menor muestra de temor hacia el hombre negro, que el resultado previsible de ese llamado que hará segundos después, fingiendo una desesperación que no siente, será la rápida llegada de policías siempre dispuestos a poner orden cuando de un negro se trata y, sobre todo, ansiosos por lavar el honor mancillado de una mujer de raza superior.

El hombre negro, de acuerdo a lo que ella sabe y anticipa, será castigado con unas horas en prisión, con una paliza en la oscuridad de una celda mugrienta, o con la muerte, por no haber entendido lo obvio. Dónde está el poder y quiénes lo detentan.

Porque no hemos secuestrado y traficado a tus abuelos para que tu ahora le digas a una mujer nuestra cómo debe llevar a su perro cuando pasea por el parque.

Todo eso, por absurdo y maloliente que pueda parecer, ha sido moneda corriente en un país en el que los linchamientos de negros y mexicanos acusados de haber ultrajado o simplemente deseado a mujeres blancas fueron hasta no hace muchos años motivo de orgullo, y ocasión para fiestas y celebraciones. Pero esta vez, quizás ocupados en resolver alguna situación más real y apremiante, los policías demoraron en llegar y cuando lo hicieron, en aquel lugar ya no había nadie.

Luego el video se viralizó, hubo una indignación generalizada en las redes, la empresa de inversiones en donde la mujer blanca ocupaba un alto cargo anunció que había sido despedida, y todo volvió a la calma, algo que para las aves migratorias implicadas debe haber sido un alivio. El perro de Amy seguramente demorará en aparecer por allí y cuando vuelva quizás ellas hayan continuado su viaje.

Pero mientras Amy mascullaba su insatisfacción y su descontento y pedía disculpas en twitter alegando que el afroamericano la había asustado, otra de las mil caras macabras del racismo sonreía en Mineápolis en el rostro de un policía que durante 8 minutos y 42 segundos mostraba frente a las cámaras (porque era plenamente consciente de que estaba siendo filmado), cómo se asesina a un negro.

Cómo se mata a un negro a plena luz del día y frente al público, mientras el negro dice que no puede respirar y mientras otros cuatro policías se encargan de mantener a la gente que pasa por allí a la “distancia social” adecuada en estos casos. La distancia necesaria como para que no puedan intervenir, pero la cercanía suficiente como para que vean y aprendan que se puede matar a un negro lentamente, con unas sonrisa, y diciéndole, cuando gime y le falta el aire: “mantén la calma”. Que no hace falta un arma ni un motivo. Que bastan la voluntad de quien con un uniforme se siente impune y con el derecho de hacer lo que le plazca y una rodilla bien aplicada en el lugar preciso. Poque para eso los entrenan, los amaestran y los sueltan.

Después, asoman la indignación, el fuego, los que están hartos de estaciones policiales, muertes infames, fiscales cómplices, jueces que no juzgan, instituciones que discriminan y marginan, bajos salarios, hogares con necesidades básicas insatisfechas, educación de baja calidad, linchamientos pasados, y futuros, y centros comerciales especializados en medrar en la miseria ajena.

Y entonces, las pantallas de TV se llenan de la rabia colorida de esos que reciben la vieja amenaza de “when the looting starts, the shooting starts” como un desafío insoslayable. Los que no ganarían nada si al idiota se le ocurriera dentro de una semana invadir Venezuela o si tuviera la suerte de descubrir una vacuna con la cual extorisionar al mundo. Los que no ganan nada cuando tienen que vivir la vergüenza de que su país, el supuesto país de los excepcionales, es el que menos preparado estaba para resistir una pandemia y el que se retira de la Organización Mundial de la Salud como todos los malos perdedores: victimizándose, negando responsabilidades y exhibiendo lo único que nunca les falta e estos megalómanos irresponsables: la desvergüenza.

Tenemos eso cerca. A pocos kilómetros de donde estamos, un imperio se desmembra moralmente pero conserva todavía el poder suficiente como para que sus fuerzas del orden se atrevan a asesinar a un hombre frente a cámaras, su monstruos se embarquen en conflictos que serán incapaces de resolver, o sus fuerzas armadas, sin una mano que las frene, hagan volar el planeta (el único que tenemos) en mil pedazos.
Y ese peligro de conflictos inútiles y guerras sin sentido que han precedido o continuado siempre la aparición de una pandemia, esa creación humana tan o más dañina que un virus es una razón más para que cada uno de nosotros de acuerdo a la responsabilidad que le cabe, se comprometa, con participación y creatividad, en la construcción de una sociedad mejor y un futuro diferente después de que todo esto que nos pasa haya terminado.