LA COLUMNA DE OAKLAND ROSS:
Un presidente no muy original

…al menos no para Latinoamérica 

OAKLAND ROSS*

Donald J. Trump puede parecer muchas cosas diferentes, según quien sea el observador, pero hay una cosa que no es: original.

Basta preguntarle a un latinoamericano.

Durante siglos, los pueblos de América Latina han conocido muchas versiones de Donald J. Trump, aunque no se llamen así.

Se llaman caudillos — líderes políticos que ejercen poder a través de la fuerza de sus grandes personalidades.

Tales líderes representan un aspecto familiar en la historia de América Latina, desde Juan Manuel de Rosas en Argentina, hasta los recientemente fallecidos Hugo Chávez -en Venezuela-; o Fidel Castro, en Cuba.

Fidel Castro

Chávez y Castro eran izquierdistas por supuesto, mientras la mayoría de los caudillos latinoamericanos han sido conservadores o, si no, hombres sin un programa ideológico claro.

Por ejemplo: Antonio López de Santa Anna, que mandó en México en 11 oportunidades durante el siglo 19. Sería difícil atribuir motivos políticos específicos a Santa Anna aparte de su propio engrandecimiento.

Antonio López de Santa Anna

Bajo su régimen, México perdió más de la mitad de su territorio nacional, que terminó como parte de Estados Unidos. Esa tierra quizás se hubiera perdido de todas formas, pero la vanidad enorme de Santa Anna no ayudó en el asunto.

Rafael Leonidas Trujillo.

Rafael Leonidas Trujillo fue otro caudillo inútil. Mantuvo el poder en la República Dominicana desde 1930 hasta 1961, enriqueciéndose enormemente en el proceso. Como Trump, él apoyaba fervientemente el uso de la tortura. También como Trump, adoró relacionar su nombre con objetos grandes. Bajo su liderazgo, la capital — Santo Domingo — fue renombrada Ciudad Trujillo. La montaña mas alta del país — Pico Duarte — fue rebautizada Pico Trujillo.

El hombre conocido como “el Jefe” dijo una vez que “el que no sabe engañar, no sabe gobernar.”

Con su inclinación por los llamados “hechos alternativos”(“alternative facts”), parece que Trump ha llegado a la misma conclusión.

Los caudillos de América Latina han tenido la tendencia de gobernar mediante el caos, invocando de forma constante los fantasmas oscuros de una supuesta amenaza u otra.

Castro, por ejemplo, muchas veces advirtió a sus compatriotas del supuesto peligro de una invasión inminente por parte de los gringos, aunque tal posibilidad disminuyó casi por completo después de la crisis cubana de misiles en 1962.

Trump parece buscar un resultado semejante con sus constantes advertencias acerca del “terrorismo islámico radical,” o de la amenaza supuestamente formada por los inmigrantes no documentados, o por la carnicería que en apariencia brama en los guetos de los EEUU.

También, como la larga lista de caudillos latinoamericanos, Trump parece sumar apoyo a pesar de sus palabras o hechos que a veces no les interesan a sus simpatizantes. Es su personalidad la que encabeza su popularidad.

Este fenómeno es una alquimia extraña que me hace recordar a los cubanos bajo Fidel. Muchos cubanos de ese período respetaban al hombre de la barba, aunque en muchos casos no coincidieron ni siquiera con alguna cosa que dijo o hizo.

Otro aspecto que comparten los caudillos es que raramente son lideres eficaces, probablemente porque normalmente son narcisistas que ponen su propia glorificación por delante de las intereses comunes.

Todos estos factores representan lo malo del caudillismo. La buena es que en general los países sobreviven a sus caudillos. Si América Latina ha podido, quizás EE.UU. también podrá.

Esperemos a ver.

* Especial para CORREO. Ross es un galardonado periodista y escritor canadiense, radicado en Toronto.