La transparencia debida y las ventajas de los gobiernos de coalición

Comencemos por el final, ya que cuando de escándalos se trata, saber hacia dónde nos llevan puede ayudarnos a entender dónde se iniciaron, y sobre todo qué debería suceder para que la experiencia no vuelva a repetirse.

Para ello, para comenzar por el final, tomaremos las últimas líneas de un artículo escrito por Paul Wells para la revista Maclean’s: The Trudeau WE testimony: What, you wanted a micromanager?

La nota repasa las respuestas brindadas por el Primer Ministro en el Parlamento ante los cuestionamientos que provocó la designación de la organización We Charity para administrar los fondos (algo más de 900.000.000 de dólares) con los que el gobierno pretende mitigar los problemas que los estudiantes enfrentan después de estos primeros cinco meses de pandemia.

Después de analizar esas respuestas y de plantear algunos nuevos problemas que esas respuestas a su vez suscitan, Wells concluye:

Last problem. The Canada Student Service Grant represented half of one per cent of all the money this government has allocated to “supporting” Canadians. How confident are you that the other 99.5 per cent is in well-designed and well-administered programs?

Si hemos comenzado con esta pregunta que se hace y nos hace Wells es porque ayuda a entender que la situación planteada no sólo es grave en sí misma. Su gravedad aumenta porque nos obliga a dudar de todo lo demás. Eso es lo que suele pasar con los conflictos de interés y la razón por la cual es necesario evitarlos. No todos los conflictos de interés revelan corrupción, pero permiten sospechar y la sospecha muchas veces es más insidiosa que la certeza.

Un proceso que careció de la tranparencia debida

El proceso a través del cual el gobierno decidió que el CSSG debía ser administrado por una sóla organización y que dicha organización debía ser We Charity aunque ésta no tuviera experiencia previa en esa clase de programas tuvo una serie de “side effects” importantes.

1) Dejó al desnudo la estrecha relación que la familia Trudeau y la del ministro de Finanzas han tenido a lo largo de años con esa organización y por consiguiente evidenció la falta de cuidados con los que se manejan ese tipo de relaciones al más alto nivel, sumada a la dificultad que parece existir a esos niveles para diferenciar lo que está bien de lo que podría estar mal.

2) Puso en cuestión todo el proceso de toma de decisiones ya que finalmente, debido a que ciertos informes resultaron ser “confidenciales”, no fue posible conocer las razones por las cuales se había tomado la decisión.

3) Mostró que cuando el Estado renuncia a ocuparse directamente de problemas como el de la pobreza y prefiere inyectar dinero en organizaciones de caridad para que sean ellas quienes ejecuten las ayudas reservando para sí parte de los fondos, los resultados no sólo no son buenos sino que pueden llegar a ser escandalosos, algo que sucede desde la época victoriana hasta hoy aunque al parecer en Ottawa nadie haya leído jamás una novela de Dickens (al menos con provecho).

4) Finalmente (y quizás esto sea lo único rescatable de todo el episodio) mostró una de las debilidades de la política canadiense, algo que podría servir en el futuro para que el sistema acepte algunos cambios necesarios.

Lo sucedido no hubiera sido posible en un gobierno de coalición

Como se ha destacado en estos días en toda la prensa, uno de los problemas que enfrentó Trudeau en el tratamiento de este tema es que todos y cada uno de sus ministros están en el gabinete porque fue él quien los eligió. Y cuando una posición como esa está atada a la voluntad de una sola persona, nadie se ve muy inclinado a realizar preguntas embarazosas o a plantear dudas inoportunas.

En el gabinete aparentemente nadie fue capaz de ver que se estaba tomando una decisión que comprometería el honor del Primer Ministro frente a la opinión pública. No lo vio él mismo, lo que ya es un problema. Pero tampoco lo vio la veintena de personas que lo acompañaron, ninguna de las cuales tuvo el buen tino de plantearle alguna duda.

En Canadá, los gobiernos de coalición no están bien vistos ya que generalmente se los ve como generadores de ineficacia e inestabilidad.

Se desconocen de ese modo experiencias como la de Alemania, que ha tenido gobiernos de coalición durante los últimos 70 años y es una de las sociedades económicamente más prósperas y políticamente más estables.

Pero además, no se tiene en cuenta que sólo en sistemas políticos con dos partidos es posible hacer coincidir mayoría electoral con mayoría parlamentaria. En sistemas como el canadiense, con 4 partidos con representación parlamentaria, si no se construyen coaliciones de gobierno, los gobiernos siempre adolecen de una debilidad estructural.

El gobierno en minoría del Partido Liberal, de haber sido capaz de construir una coalición, como hubiera sucedido en cualquier otro país democrático, no sólo sería poseedor de una mayoría parlamentaria sólida sino que, en un caso de conflicto de intereses como el que nos ocupa, habría tenido más herramientas para evitar un desenlace que lo ha debilitado, arrojando sombras sobre una gestión de la pandemia que sin haber sido brillante, hasta ese momento recogía elogios
Ahora, en cambio, ha quedado en el aire la pregunta que se hacía Wells en su nota. Y eso no está bien.