La pandemia, los expedicionarios tristes de Frederick Cook y la tibieza del sol

El médico y etnógrafo estadounidense Frederick Cook, cirujano de la expedición belga que entre 1898 y 1899 exporó la Antártida, anotó en su diario el 16 de mayo:

“El invierno y la oscuridad han ido lenta y progresivamente apoderándose de nosotros (…) No es difícil leer en las caras de mis compañeros su estado de ánimo… La cortina de tinieblas que ha caído sobre el mundo exterior de desolación helada ha descendido también sobre el mundo interior de nuestra alma… Alrededor de la mesa los hombres se sientan tristes y abatidos”.

Con el correr de los años siguientes Cook dirigió varias expediciones al Océano Ártico y varias de sus hazañas parecen haber sido un fraude, pero lo cierto es que su descripción de lo que hoy se conoce en inglés como SAD (Seasonal Affective Disorder) y en español como TAE (Trastorno Afectivo Estacional) fue extremadamente precisa y lúcida.

La evidencia científica ha demostrado ya desde hace décadas lo que la experiencia directa nos permitió percibir siempre: la luz (y sobre todo la luz solar) influye en el estado de ánimo de todas las personas.

El contacto de la luz solar con nuestra piel y su impacto en nuestro cerebro y nuestro sistema hormonal influye de modo directo y muchas veces crucial en temas relacionados con la salud mental y el bienestar general. Desde la depresión, el humor o el aprendizaje, hasta el modo en que sintetizamos la vitamina D, esencial para la arquitectura ósea de nuestro cuerpo.

Existe plena evidencia, por ejemplo, de que el descenso del tiempo de exposición a la luz solar aumenta las sensaciones de relajación: el sosiego y la calma que inducen al sueño, pero también la melancolía y la tristeza. Y también hay evidencias de que el aumento de claridad contribuye a la activación, tanto en su sentido positivo (alegría) como negativo (ansiedad).

De hecho, la experiencia clínica apoya esta relación entre la luz y la depresión. En los pacientes que sufren esta enfermedad, es característica la tendencia a la fotofobia: encerrarse en cuartos oscuros, bajar persianas y correr cortinas, utilizar gafas de sol cuando parece ser innecesario…

La tristeza y lo imprevisible se esconde en la oscuridad y por eso los seres humanos le hemos dado, desde los albores de nuestra especie hasta hoy, tanta importancia a las tecnologías destinadas a disipar las tinieblas (el fuego, las lámparas de aceite, el gas, la electricidad, etc.).

Y aunque parezca que a los habitantes de las ciudades les deberían afectar menos los cambios en la naturaleza, la mayor o menor claridad es igualmente decisiva. La razón es precisamente que en el medio urbano no somos conscientes de las necesidades de nuestro cuerpo. Y nuestro estilo de vida aumenta la vulnerabilidad hacia la depresión estacional al recortarse el tiempo que nos hallamos expuestos a la luz.

Eso es particularmente cierto en un país como Canadá, en donde aproximadamente una de cada 4 personas sufren trastornos depresivos que a su vez presentan picos de gravedad en los meses de enero, febrero y marzo, y en una ciudad como Toronto, en la que el tiempo promedio de exposición a la luz solar en otoño e invierno no sobrepasa el mínimo de 30 minutos recomendado en otras latitudes.

La cantidad de luz solar que recibimos influye entonces en nuestras vidas, pero lo hace de modo gradual e imperceptible y en este sentido las consecuencias guardan un paralelismo evidente con la depresión no-estacional. Si estamos tristes en un determinado momento le adjudicaremos nuestra tristeza a determinados factores como problemas de pareja, soledad, asuntos laborales, duelos amorosos,