Arquitectura urbana e incomodidad programada

El diseño hostil o defensivo responde a una tendencia urbanística que no se limita a desalentar la presencia de personas “indeseables” en los espacios públicos, sino que aspira a mucho más: controlar, de alguna manera, el tiempo y la actividad de las personas “normales”.

Un ejemplo paradigmático ha sido el que presentamos en una de las imágenes. Es un elemento de mobiliario urbano diseñado, construido e instalado en 2012 en la munipalidad londinense de Camden.

El Banco de Camden, ha alcanzado fama global no sólo por estar construido con un material de fácil lavado (lo que evita que sean blanco de graffitis o que acumulen suciedad) y no sólo por tener superficies que desalientan a los skaters. Las curvas y ángulos de las zonas en las que las personas pueden sentarse están diseñadas para que no se vean tentadas a permanecer allí demasiado tiempo. Además, los bancos de Camden están colocados en el medio de la acera. Es decir que los transeúntes pasan por delante y por detrás de quien se haya sentado, lo que le provoca una incomodidad psicológica adicional. Poca gente los usa y quienes se atreven a hacerlo, no lo resisten por más de algunos minutos. Son bancos en donde nadie puede “perder el tiempo”.

Otro ejemplo de diseño en que el objetivo es el control de las actividades que realizan los usuarios del espacio público es el de los conos de metal que se instalan en aquellas superficies que pudieran ser usadas como asiento o sobre las cuales se pueda caminar.

En muchos de esos casos, en especial cuando se trata de zonas comerciales o áreas turísticas y de recreación, los objetivos buscados son dos. El primero, reducir en todo lo posible las tareas de limpieza y mantenimiento restringiendo la circualción a las superficies destinadas para ello. El segundo, promover que quienes desean descansar algunos minutos, utilicen sólo aquellos lugares, como cafeterías o restaurantes, en que les sea necesario consumir.

Es la incomodidad, pensada no ya como modos ostensibles y egoístas de exclusión, como veíamos en la primera parte de esta nota, sino como formas sutiles y hasta estetizantes de control y encauzamiento de las conductas. Nada menor.

Ciudades, amabilidad y humanismo

La arquitectura hostil no sirve al bienestar del usuario, fin último de cualquier objeto de diseño, sino al mantenimiento de una fantasía. No elimina ni alivia el problema. Lo tapa. Lo disfraza. Lo oculta. Lo desplaza. Pero el problema continúa existiendo porque problemas como la pobreza o el impacto de las enfermedades mentales en el paisaje urbano no desparecen con pinchos.

Si las ciudades quieren seguir siendo el centro del ser humano social, deben avanzar en su propia humanización. Poco a poco lo estamos haciendo. Con calles peatonales, con espacios para los ciclistas, con la expansión de las zonas verdes y (esto es fundamental) con la promoción del transporte público no contaminante. Pero mientras sigamos permitiendo el desarrollo de la arquitectura hostil, debajo de esa cáscara amable seguirá latiendo el corazón de un monstruo.

Eric Juliá – La Vanguardia, Barcelona