Una fotografía que acusa y duele

Al menos 780 niños y niñas inmigrantes se hundieron en el Mediterráneo desde que la fotografía de Aylan -aquel pequeño sirio de 2 años ahogado en la costa de Turquía – recorrió el mundo y causó una intensa y breve indignación.

Hubo repercusiones en cadena de aquel sacudón de la opinión pública que se pueden sentir hasta hoy y paradójicamente las consecuencias de largo plazo han sido opuestas a lo que se hubiera podido prever.

Angela Merkel en un gesto inesperado abrió las fronteras de Alemania y anunció su voluntad de admitir una cifra importante de refugiados sirios; se incrementó el flujo de inmigrantes que trataron de atravesar Europa para llegar a Alemania o los países escandinavos y eso generó incidentes en los países del este y centro de Europa que atravesaba la caravana, lo que luego contribuyó a que los movimientos de ultraderecha xenófoba obtuvieran resultados electorales favorables tanto en esos países como en la misma Alemania, Italia e incluso España.

La naturaleza humana, en ocasiones, es racionalmente impredecible y francamente decepcionante.

Por: EQUIPO EDITORIAL

Sirva esto de antesala para que nos preguntemos con dolor ¿cuáles serán las repercusiones inmediatas y las de más largo plazo de la fotografía de la periodista Julia Le Duc publicada el lunes 24 en La Jornada, de México?

La imagen es de una crudeza absoluta tanto en términos de realidad como en cuanto a su poder simbólico. Un hombre y su pequeña hija (que ahora sabemos que tenía 1 año y once meses) yacen ahogados boca abajo a orillas del Río Bravo.

La camiseta negra y empapada del hombre está subida hasta la altura de su pecho y la niña aparece semioculta entre la prenda y el cuerpo de su padre, con su bracito apareciendo por detrás del cuello, como mostrándonos que trató de aferrarse a él hasta el último instante.

Ella se llamó Valeria y había sido arrastrada por la corriente del río el domingo por la tarde, en momentos en que su padre y su madre, salvadoreños escapando de la violencia y las penurias que se viven en su país, intentaban entrar a los Estados Unidos en busca de una vida (quizás) mejor.

Hoy ya se ha podido reconstruir lo sucedido. La pareja estaba en Matamoros, en la frontera con Texas y ya no tenían dinero para solventar la espera por un lugar en las listas de aspirantes a refugio. Habían escuchado ese tipo de cosas que las gentes que se resisten a perder las esperanzas se dicen unas a otras: que a quienes llegan a los EEUU cruzando el río los atienden de inmediato…

De modo que lo intentaron. El hombre cruzó primero con la niña, la dejó en la orilla del paraíso prometido y volvió a buscar a su esposa. Mientras intentaba el nuevo cruce Valeria se asustó y se tiró al agua para estar con ellos.

Se especula que al momento de ir tras ella y alcanzarla su padre debe haberla metido debajo de su ropa para que la corriente no los separara, pero fueron arrastrados los dos y recién se los encontró al día siguiente.

Para este número habíamos preparado otro editorial pero nos ha parecido pertinente sustituirlo por esta fotografía y esta breve descripción de lo sucedido.

La situación de los migrantes del triángulo norte de Centroamérica que atraviesan México para solicitar refugio en los EEUU nos es conocida. La criminalización de la inmigración que lleva adelante la administración Trump (y que ya existía en administraciones anteriores) también. Habíamos pensado -y lo haremos- dedicarle dos páginas de nuestro próximo número al tema de la situación de quienes aún confían en poder cruzar esa frontera que parece maldita… Sea este el doloroso prólogo a nuestra próxima edición y sea ésta la inesperada introducción a este número especial de Correo en el que los temas relacionados con la inmigración tienen una particular importancia.