El futuro ya no es lo que era…

Aquel 21 de julio de 1969 cuando quienes tuvimos la suerte de estar frente a un aparato de TV veíamos a Neil Armstrong y Edwin Aldrin dar sus primeros pasos sobre la superficie lunar, aquello parecía estar llamado a ser el comienzo de una nueva etapa del desarrollo humano. Y por esa sóla razón, por el futuro que se abría frente a nosotros esa tarde, la carrera espacial (así se la llamaba) no sólo parecía tener sentido, sino que se transformaba en un acontecimiento absolutamente crucial y auspicioso.

Tras un viaje de apenas 5 días en el que la nave que trasladaba a los tres astronautas norteamericanos de la Misión Apolo 11 había recorrido 400.000 km, aquellos habían sido los primeros seres humanos (y muy posiblemente la primera forma de vida inteligente) en pisar el polvo y moverse a través de la soledad helada de aquella masa rocosa desprendida de la Tierra 4000.000.000 de años atrás.

La disputa por la ”conquista del espacio” había comenzado casi un cuarto de siglo antes, en 1945, cuando tanto el ejército norteamericano como las fuerzas soviéticas apuraban la marcha para ser las primeras en entrar en las calles semidesiertas y devastadas de Berlín.

Se temía que la derrota final del regímen nazi y de los horrores que había producido no fuera el primer paso para una paz duradera sino la antesala de un nuevo conflicto y así, uno de los principales objetivos de norteamericanos y soviéticos en su avance sobre Berlín, fue hacerse con la tecnología de los cohetes V2, el primer misil balístico de largo alcance con el cual Alemania había tenido en jaque a Londres, provocando la muerte de más de 7.000 de sus habitantes.

Fue de ese modo que ambas potencias consiguieron llevar a sus países algunos cohetes V2 que fueron minuciosamente estudiados para su posterior desarrollo junto a algunos técnicos familiarizados con su funcionamiento. Y fue así que el ejército de los EEUU consiguió capturar al principal de ellos, Werner von Braun, diseñador en jefe de aquellos primeros misiles, quien a cambio de que se olvidara su pasado en las SS, pasó a colaborar en nuevas versiones del V2 y luego en los primeros programas de desarrollo aeroespacial del país.

A inicios de la década del ‘50, con ambas potencias en posesión de armamento nuclear y sobre todo tras el conflicto de Corea, la Guerra Fría ya estaba instalada. Los dos bloques iniciaban una carrera armamentística de proporciones gigantescas y comenzaba a desarrollarse una nueva forma de disputa: la competencia por la representación del Progreso (con mayúsculas) y por la confianza en quién vencería.

Quienes primero comprendieron el valor propagandístico de ser, a los ojos del mundo, los adalidades de progreso científico y técnico, fueron los soviéticos que ya en 1957, al celebrarse el Año Geofísico Internacional colocaron en la órbita terrestre el Sputnik, el primer satélite artificial de nuestro planeta, que no solamente aportó información hasta entonces desconocida acerca de las altas capas de la atmósfera y el comportamiento de las ondas de radio en ellas, sino que desató en la potencia rival la crisis social y política conocida como American Sputnik Crisis.

En las semanas y meses siguientes al lanzamiento del Sputnik, se produjo en el público norteamericano una profunda sensación de temor y desperanza ante lo que se percibía como una derrota moral y esa crisis dio origen a la formación de la NASA en 1958 y al comienzo real de la carrera espacial.

Durante los primeros años de la década del 60, sin embargo, aquel esfuerzo no pareció reducir la brecha tecnológica y fueron los soviéticos los primeros en lanzar una animal al espacio (la desgraciada perra Laika),a un hombre (Yuri Gagarin) y luego a una mujer (Valentina Tereshkova).

Fue ante aquellas circunstancias que John Kennedy, electo un año antes, hizo en 1962 un anuncio inesperado: el objetivo de alcanzar la Luna dentro de esa misma década.

El objetivo y su repercusión

El discurso en el que JFK le propone a su nación un objetivo aparentemente inalcanzable “no porque resulte fácil de conseguir sino precisamente por lo difícil que será” es digno de recordarse no sólo como pieza oratoria, brillante como todas las suyas, sino por las circunstancias en las que realiza la propuesta.

En menos de un año Kennedy había lanzado la Alianza para el Progreso, un programa destinado a reafirmar los lazos clientelares de Latinoamérica con los EEUU; había decidido el involcramiento decisivo en lo que sería luego un callejón sin salida para su país, la Guerra de Viet Nam; había autorizado la fracasada invasión a Cuba y había logrado su expulsión de la OEA; había podido sortear la crisis de los misiles con la URSS, en lo quizás haya sido el momento más peligroso de toda la historia humana… y pocos meses después, en 1963 sería asesinado en Dallas, Texas.

Para llevar a cabo aquella descomunal apuesta que le devolviera al público la fe perdida en su destino como nación, se destinaron a la NASA fondos que llegaron a representar, en 1968, el 4% del presupuesto total del país y que posibilitaron, tras una serie de aproximaciones sucesivas, aquella hazaña que hoy se recuerda.

Sin embargo, lo que todos vimos aquel 21 de julio como una puerta abierta a la conquista de mundos inexplorados perdió enseguida fuerza y sentido y se eclipsó rápidamente. Los soviéticos no tuvieron interés en seguir en una carrera que tenía aquellos costos descomunales y para los propios estadounidenses se hizo imposible continuarla.

De la Luna nos llegaron, entre 1969 y 1972, año del último viaje del Proyecto Apolo, unos 400 kilogramos de rocas bastante similares a las que pueden encontrarse en la Tierra y que podría haber traído cualquier nave no tripulada. Se colocaron algunos equipos transmisores y una serie de espejos que permiten, al reflejar rayos laser lanzados desde la Tierra, determinar la distancia entre nuestro planeta y su satélite con mucha precisión… Y poco más… Algunos de los elementos técnicos que derivarían años después en los sistemas GPS tuvieron su origen en el Proyecto Apolo, pero se trata de investigaciones que hubieran dado los mismos resultados si Armstrong nunca hubiera dejado su huella en el polvo inerte de la Luna.

La humanidad ha continuado explorando e investigando con éxito lo que hay más allá de la Luna e incluso fuera del sistema solar pero sin necesidad y hasta ahora sin posibilidades reales de salir, nosotros mismos, de los límites del planeta azul que nos alberga. La épica de los viajes espaciales tripulados ha quedado limitada al recuerdo nostálgico de un hito genial pero fugaz e incosistente.

Hoy, casi con aquella misma urgencia por recuperar prestigio y autoconfianza y ante el alunizaje de China en la cara oscura del satélite, el Presidente Trump, empantanado en conflictos infinitamente mas complejos que los que el joven Kennedy enfrentaba en 1962 pero sin su capacidad discursiva ni su glamour, ha anunciado que para 2024 EEUU llegará a la Luna nuevamente y que esta vez será para quedarse.

Crucemos los dedos. Los dados están en el aire.