Monseñor Hernán Astudillo Primera parte: El joven, el creyente, el exiliado

Desde que supimos que el sacerdote Hernán Astudillo, cabeza de la Parroquia San Lorenzo y fundador de CHHA 1610 Voces Latinas había sido ordenado Monseñor de la Iglesia Anglicana, habíamos querido hablar con él, pero no sólo para saber más de ese hecho, sino para poder conocer algunos de los hitos principales de una vida interesante y fecunda.

Correo:
Usted nació en El Valle, Cuenca… Cuéntenos algo de lo que fue su infancia

Padre Hernán Astudillo:
Ah… El Valle. Tierra de Astudillos, Vanegas, Segarras, Tapias… Tierra de Chilles, de Mecotas, de indígenas y de mestizos.
Un pequeño mundo cuyo principal producto es el maíz, un pueblo eminentemente conservador, que tiene, en el centro de la parroquia, el monumento a Gabriel García Moreno, a quien conocemos como el Santo del Patíbulo…

El Valle está aproximadamente a 10 minutos de la ciudad de Cuenca y yo, realmente, no nací en El Valle, sino en uno de los fundos de mis padres. Las familias viejas habían heredado tierras y cada una de ellas era conocida como fundo, una palabra que está relacionada con la palabra latifundista y eso, latifundistas, eran los Astudillo. Una parienta lejana de mi padre había sido dueña de casi toda la provincia de Cañar y mi abuelo aún era dueño de muchas tierras. Yo nací en uno de aquellos fundos, Santa Catalina, y me crié en el campo. Mi madre era una mujer campesina, sabia, valiente, poseedora de un liderazgo inconfundible. Y yo me recuerdo a mi mismo en el campo, jugando, hasta los 6 años, sin tener que usar zapatos, con mis pantaloncitos rotos… Jugaba al fútbol sin zapatos y corría mejor descalzo en el lodo. Y más adelante, hacía unos 20 minutos para ir desde nuestra casa, en otro fundo que se llamaba Sargento Guerrero hasta le escuela, corriendo, muchas veces acompañado de un maestro que me esperaba en el camino, me agarraba de su mano y me ayudaba a correr con él. Así crecí. En la llamada “tierra de los poetas”, uno de ellos, el gran Ruben Astudillo Astudillo, familiar nuestro.

Pero de ahí emigramos, por cuestiones de trabajo de mi padre, que era un experto en malaria y nos fuimos a un cantón de la provicia de Morona-Santiago llamado Sucúa, en las estribaciones de la Amazonía. Verde. Sus ríos, cristaninos, de aguas puras, con vegetación apabullante. Un lugar precioso, lleno de vida, con frutas exquisitas y gente muy solidaria y ahí comencé una nueva vida bajo la tutoría de los Padres Salesianos. Tuve la suerte de conocer a José Caró, Juan Botasso, Tiziano, todos ellos sacerdotes italianos… Bajo la tuela de aquellos padres me formé y al terminar la escuela básica, a los 11 años, nos hicieron un test a todos y yo manifesté que quería ser sacerdote salesiano. Pero mi padre fue sabio y dijo que no. Que no iría al Seminario sino que viviría en la casa con ellos. Que seguría yendo al colegio de la misión y que podría visitarlos los fines de semana siempre que quisiera, pero que tendría una vida normal para poder tomar una decisión tan importante cuando estuviera más seguro de mi vocación.

Y así fue, proseguí mi vida en medio del fútbol, el basquet, el voley, jugué para la provincia como arquero, me dediqué a la recolección de orquídeas y a temas ecológicos con el padre Alberto Dellagiacoma, que era mi tutor espiritual. Y tuve una novia, pero en ese proceso entré en una crisis en la que puse en duda mi vocación, por lo que decidí, por un año, irme a la Universidad, a Cuenca. Allí hice un año de estudios introductorios y un semestre de lingüística y fue entonces cuando me di cuenta de que mi vocación sacerdotal renacía o simplemente continuaba. Así que me escapé de la casa… Mis padres estaban muuuy enojados. Querían un hijo “normal” porque, decían, ya había muchos curas y monjas en la familia. Y yo cometí el error de decirles: pero yo no quiero ser como ellos… quiero ser como Leónidas Proaño…

C: Acláreme quién fue Leónidas Praño, porque es interesante conocer a quien usted elegía como modelo…

H.A.: Leónidas Proaño es conocido como el obispo de los indígenas de América latina, el profeta de los indígenas y los pobres… Había creado las Escuelas Radiofónicas Populares como herramienta para alfabetizar a los indígenas en su propia lengua, y ya era uno de los referentes de la Teología de la Liberación.

En mi formación con los salesianos yo me había sentido inspirado por ese camino. Pero nunca lo había podido manifestar de aquella forma y ellos se enojaron. Afortunadamente había un sacerdote en la diócesis de Cuenca, César Caraví Restrepo, joven, simpático, dinámico que me dijo: vente a nuestro seminario, y me fui con ellos… En ese tiempo, era obispo de Cuenca Luis Alberto Luna Tobar, que después fue conocido como el Obispo de los Derechos Humanos, otra importante figura de la Teología de la Liberación bajo cuya influencia continué mi formación espiritual.

En aquel momento el gobierno de León Febres Cordero lanza una persecución política en contra de todos quienes estuvieran abogando por los pobres o los indígenas en el país, acusándolos de subversivos, y comete una serie de atrocidades increíbles, que incluyeron torturas y asesinatos extrajudiciales, y en medio de toda aquella represión se produjo la expulsión de muchísimos sacerdotes involucrados en lo que se conocía como “la opción por los pobres” y asesinan a varios jóvenes. Quienes estábamos en el seminario formábamos parte de una lista que manejaban las fuerzas armadas, por lo que yo en aquel momento pasé a vivir dentro del monasterio, gracias a la protección de las madres Lauritas, una orden de religiosas colombianas, y con su apoyo económico y espiritual pude continuar navegando mis estudios académicos en el Seminario.

Allí también, entre los propios estudiantes se manifestaban tensiones que enfrentaban a diferentes tendencias. Había un grupo de jóvenes de ultraderecha que pasaban rezando el rosario y creían que el Derecho Canónico era la única regla que tenía valor para la Iglesia. Y estábamos quienes leíamos los trabajos que se estaban publicando de teólogos progresistas como Leonardo y Clodovis Boff, Leónidas Proaño y Monseñor Luna. Como parte del clima de enfrentamientos que se vivían fuera, comenzaron a haber persecuciones dentro del Seminario, y aunque yo era uno de los protegidos de monseñor Luna, él tuvo que viajar a Brasil en determinado momento y aprovechando su ausencia, me expulsaron.

A raíz de mi expulsión me voy a trabajar con un grupo de sacerdotes a Oña, a realizar trabajo pastoral con la comunidades de base y allí creamos una radio popular, una panadería, y como parte de un proceso que yo llamaría hoy de cansancio pastoral, de cierta desilusión, conozco a Gabriela. Gabriela era sobrina nieta de Nela Martínez, una escritora y activista marxista, que había sido la primera mujer diputada del país, defensora de los derechos indígenas y esposa de Joaquín Gallegos Lara… una mujer destacadísima en la historia social y política del Ecuador… Entonces conozco a Gabriela una joven con la que compartía muchísimas cosas, y me caso con ella. En el Seminario.

C: En aquel momento, si entiendo bien, Usted había terminado sus estudios pero aún no había sido ordenado sacerdote.


H. A.: No, había recibido las órdenes menores pero aún era
laico. En realidad, yo nunca llegué a ser sacerdote dentro de la Iglesia Católica Romana.

C.: Le pregunto esto porque cuando repasaba su vida para preparar la entrevista, en un momento pensé: este hombre ha vivido el ecumenismo en su propia piel desde muy temprano…

H.A.: Es que algo importante había pasado poco tiempo antes: Monseñor Luna había organizado un Encuentro Internacional Ecuménico y nos invitó, a los estudiantes, a participar como oyentes. Había invitado a sacerdotes anglicanos, luteranos, presbiterianos, ortodoxos… y no le fue fácil organizar un encuentro de esa naturaleza en aquel momento porque había quienes no querían ni oir de aquello… Y para nuestra sorpresa, aquellas personas, cuando se presentaban a sí mismas nos decían su nombre, nos informaban su función, por ejemplo, “soy obispo de la Iglesia Anglicana…” y a continuación nos presentaban a su esposa. Y para nosotros era un shock, porque vivíamos dentro de una burbuja eclesial, una burbuja pastoral en la que la única Iglesia perfecta era la Romana y no concebíamos que se pudiera ser sacerdote y no hacer la opción por el celibato.

Pero eso fue muy útil, porque nos humanizaba, nos abría otras perspectivas, a perspectivas ecuménicas que eran una novedad. Monseñor Luna, dentro de la Teología de la Liberación, incluía la necesidad de abrir nuestra mentes y aprender que el universo no estaba sostenido por cuatro tortugas como antes de Galileo. Quería que en su diócesis, tanto los sacerdotes como las religiosas o el pueblo laico pudiéramos ver que había un mundo más allá de nuestras narices y nuestro ego, y que ese mundo era digno de ser conocido y abrazado.

Y aquello era parte de su propia conversión, porque Monseñor Alberto Luna Tobar, en su momento, había sido enviado desde Quito a Cuenca, para terminar con la prédica de los “sacerdotes rojos” como se les decía a los religiosos que abrazaban la opción por lo pobres. Aquel hombre tenía 58 años de edad y 35 de sacerdocio, había nacido en una familia aristocrática y era un Carmelita formado en España, en la Iglesia más tradicional. Pero luego de una carrera eclesial exitosa y dedicada al estudio y la investigación, a su llegada a Cuenca, descubrió cual era la realidad de los indígenas y los pobres y se transformó en una de las cabezas más claras y sinceras de la Teología de la Liberación.

El padre Hernán Rodas, laureado en 2007 con el Premio Paul Feyerabend, en aquel momento dedicaba su trabajo pastoral a organizar y defender a los trabajadores agrícolas, en especial los de las plantaciones de plátanos de la United Fruit …. Y el Padre Pedro Soto trabajaba con los estudiantes universitarios. Ellos eran las dos figuras más visibles de aquellos “curas rojos” que Luna Tobar había ido a erradicar de la diócesis. Y para recibirlo se organiza una gran una misa en el exterior de la iglesia, a la que asisten 10.000 campesinos. Cuando está todo pronto, comienza a llover torrencialmente y por supuesto, todos le proponen suspender la celebración y él, con su cinturón rojo, su sotana negra y su paraguas, está de acuerdo… Pero en aquel momento se da cuenta de que no se ha movido nadie. Que están todos los campesinos parados bajo la lluvia esperando su palabra, y a partir de eso comienza a comprender que está tratando con un tipo de religiosidad y de fe diferente, más auténtica y más comprometida. Y que el sacerdote al que debía intentar apartar, era una parte inseparable de aquello. Tuve la suerte de ver ese proceso de conversión de Monseñor Luna desde muy cerca y pude hablar con él y escucharlo y entender qué era lo que él había vivido en Cuenca y por qué aquello fue para él una conversión.

En medio de todo aquel contexto tan rico, viví en varias comunidades, en Guadalcay, Poloma, y me dediqué mucho a la música como herramienta pastoral siguiendo el ejemplo de autores como Victor Jara, porque yo creo que personas como él y tantos otros artistas latinoamericanos son verdaderos profetas, gente que con su música y el mensaje que transmiten realizan una verdadera tarea humanizadora, pero que además tienen una sensibilidad fina que les permite ser más perceptivos y evangelizar más profundamente que muchos religiosos.

Y así transcurría mi vida con la niña con quien me casé, Gabriela, y con nuestra hija Manuelita, que ya había nacido… Y Manuelita ya comenzaba a mostrar sus dotes como artista porque desde sus tres añitos ya iba a sus cursos en el taller de Eudoxia Estrella. Durante toda aquella etapa veía con nostalgia cómo mis antiguos hermanos del Seminario se ordenaban… y seguía sintiendo dentro de mi, latente, la vocación… Trabajaba en el FEPP, el Fondo Ecuatoriano Populorum Progressio, creado a partir de la Encíclica de Paulo VI “El Desarrollo de los Pueblos” en tareas de educación popular junto a las comunidades indígenas, y aprendí de ellos muchísimo, pero todo ese proceso fue crítico porque la persecución en Ecuador no se había detenido, trabajar para el FEPP era cada día más peligroso, y en dos ocasiones intentaron asesinarme.

En aquel momento, unos amigos que habían formado el conjunto musical Ñanda Manachi, dirigido por Alfonso Cachiguango, habían planificado participar de algunos festivales en Canadá, y ellos me dieron la cobertura que necesitaba para poder irme y así llegué hasta aquí. Vine para ayudarlos por un mes mientras se tranquilizaban un poco las cosas para poder volver. Tenía pasaje de ida y vuelta y faltaban pocos días para el regreso cuando recibimos la noticia de que habían capturado a dos compañeros.

Aquello determinó que me quedara aquí. Y comencé a caminar las calles de Toronto. Las calles que han sido para mi un sacramento.


No habíamos planificado que la entrevista con el Padre Astudillo tuviera dos partes, pero se ha dado una circunstancia notable.

Nuestro entrevistado, en los párrafos anteriores, ve cómo su vida da un vuelco inesperado que será decisivo en su vida. Y nos habla de sacramento. Tiene casi 30 años y son precisamente 30 años los que han transcurrido desde entonces.

Durante los primeros años posteriores a su llegada, Astudillo debió cantar en las calles o en el metro mientras se familiarizaba con el inglés y trataba, como tantos otros inmigrantes, de sobrevivir y adaptarse.

Pero transcurridos los diez primeros años, nos encontraremos con alguien que ya había retomado su vocación sacerdotal, esta vez en la Iglesia Anglicana, se había ordenado, estaba a cargo de una parroquia abandonada y la había llenado de voces y vida latinoamericana, había fundado una radio comunitaria, Voces Latinas, se había reencontrado con Manuelita, su hija, y había comenzado a colectar y llevar, anualmente, ayuda humanitaria hacia México y El Salvador mediante la Caravana de la Solidaridad.

Recordaremos esa fecunda Segunda Etapa de esta vida nada común, en nuestra próxima nota.