Black History Month: cuatro cuentos cortos de fútbol por Eduardo Galeano

El Negro Jefe, Obdulio Varela por el dibujante Ramiro Alonso

Rendición de París

Cuando era un chiquilín descalzo, que pateaba pelotas de trapo en calles sin nombre, se frotaba las rodillas y los tobillos con grasa de lagartija. Eso decía, y de ahí le venía la magia de sus piernas.
José Leandro Andrade era de poco hablar. No festejaba sus goles ni sus amores. Con el mismo andar altivo, y aire ausente, llevaba la pelota atada al pie, bailando rivales, y a la mujer atada al cuerpo, bailando tango.
En las Olimpíadas de 1924, deslumbró a París. El público deliró, la prensa lo llamó La Maravilla Negra. De la fama brotaban las damas. Le llovían cartas, que él no podía leer, escritas en papel perfumado por señoras que mostraban las rodillas y echaban humo en aros desde sus largas boquillas doradas.
Cuando regresó al Uruguay, trajo kimono de seda, guantes de color patito y un reloj que le adornaba la muñeca.
Poco duró todo.
En aquellos tiempos, el fútbol se jugaba a cambio del vino y la comida y la alegría.
Vendió diarios en las calles. Vendió sus medallas.
Había sido la primera estrella negra del fútbol internacional.

Los derechos civiles en el fútbol

El pasto crecía en los estadios vacíos.
Pie de obra en pie de lucha: los jugadores uruguayos, esclavos de sus clubes, simplemente exigían que los di- rigentes reconocieran que su sindicato existía y tenía el derecho de existir. La causa era tan escandalosamente justa que la gente apoyó a los huelguistas, aunque el tiempo pasaba y cada domingo sin fútbol era un insoportable bostezo.
Los dirigentes no daban el brazo a torcer, y sentados esperaban la rendición por hambre. Pero los jugadores no aflojaban. Mucho los ayudó el ejemplo de un hombre de frente alta y pocas palabras, que se crecía en el castigo y levantaba a los caídos y empujaba a los cansados: Obdulio Varela, negro, casi analfabeto, jugador de fútbol y peón de albañil.
Y así, al cabo de siete meses, los jugadores uruguayos ganaron la huelga de las piernas cruzadas.
Un año después, también ganaron el campeonato mundial de fútbol.
Brasil, el dueño de casa, era el favorito indiscutible. Venía de golear a España 6 a 1 y 7 a 1 a Suecia. Por veredicto del destino, Uruguay iba a ser la víctima sacrificada en sus altares en la ceremonia final. Y así estaba ocurriendo, y Uruguay iba perdiendo, y doscientas mil personas rugían en las tribunas, cuando Obdulio, que estaba jugando con un tobillo inflamado, apretó los dientes. Y el que había sido capitán de la huelga fue entonces capitán de una victoria imposible.

Mi querido enemigo

Blanca era la camiseta de Brasil. Y nunca más fue blanca, desde que el Mundial de 1950 demostró que ese color daba desgracia.
Doscientas mil estatuas de piedra en el estadio de Maracaná: el partido final había concluido, Uruguay era campeón del mundo, y el público no se movía.
En la cancha deambulaban, todavía, algunos jugadores. Los dos mejores, Obdulio y Zizinho, se cruzaron.
Se cruzaron, se miraron.
Eran muy diferentes. Obdulio, el vencedor, era de hierro. Zizinho, el vencido, estaba hecho de música. Pero también eran muy parecidos: los dos habían ju- gado lastimados casi todo el campeonato, uno con el tobillo inflamado, el otro con la rodilla hinchada, y a ninguno se le había escuchado una queja.
Al fin del partido, no sabían si darse un puñetazo o un abrazo.
Años después, le pregunté a Obdulio:
—¿Te ves con Zizinho?
—Sí. De vez en cuando. Cerramos los ojos y nos vemos.

Obdulio – 1950. Río de Janeiro

Viene brava la mano, pero Obdulio saca pecho y pisa fuerte y mete pierna. El capitán del equipo uruguayo, negro mandón y bien plantado, no se achica. Obdulio más crece mientras más ruge la inmensa multitud, enemiga, desde las tribunas.
Sorpresa y duelo en el estadio de Maracaná: Brasil, goleador, demoledor, favorito de punta a punta, pierde el último partido en el último momento. El Uruguay, jugando a muerte, gana el campeonato mundial de fútbol.
Al anochecer, Obdulio Varela huye del hotel, ase- diado por periodistas, hinchas y curiosos. Obdulio prefiere celebrar en soledad. Se va a beber por ahí, en cualquier cafetín; pero por todas partes encuentra brasileños llorando.
—Todo fue por Obedulio —dicen, bañados en lágrimas, los que hace unas horas vociferaban en el estadio—. —Obedulio nos ganó el partido.
Y Obdulio siente estupor por haberles tenido bronca, ahora que los ve de a uno. La victoria empieza a pesarle en el lomo. Él arruinó la fiesta de esta buena gente, y le vienen ganas de pedirles perdón por haber cometido la tremenda maldad de ganar. De modo que sigue caminando por las calles de Río de Janeiro, de bar en bar. Y así amanece, bebiendo, abrazado a los vencidos.