¿Música latina o música de Latinoamérica?

Somos gente que escucha, canta, baila y disfruta lo que en general se conoce como “música latina” y además todos tratamos habitualmente con personas de diferentes orígenes que también la disfrutan, la bailan, la escuchan y -con obvias dificultades- la cantan. Por esa razón, no estaría de más preguntarnos de qué hablamos cuando hablamos de música latina o, lo que es lo mismo, si existe algo que pueda ser definido de ese modo.

Para comenzar es necesario recordar que el término “latin music” es de origen norteamericano y comenzó a utilizarse recién en la década de los años 50. Pero sobre todo, y esto es quizás lo más importante, esa reducción de toda la música de Latinoamérica a un solo género, forma parte de un estilo de relacionamiento típicamente colonial. Es el modo en que las potencias coloniales se han enfrentado siempre a las culturas que consideran subordinadas: simplificar al máximo posible todo aquello que o bien no se puede comprender o bien no se puede abarcar.

No existe ningún género musical llamado “norteamericano” y sería absurdo que hiciéramos referencia a algo llamado “música europea”. Aceptamos casi sin pensarlo y lo aceptamos con razón que el jazz, el country, los spirituals, son algunos de los géneros musicales típicos de la América anglosajona, pero no son “anglo music”. Y del mismo modo, que el flamenco o las baladas escocesas sean estilos musicales europeos, no nos conduce al desatino de unificarlos en un género “euro music”.

En América Latina se ha dado una experiencia intercultural de escala planetaria, posiblemente la más profunda de las que la historia haya sido testigo. No hay que dejar de lado nunca, cuando tocamos estos temas, el grado de barbarie, injusticias y dolor que ha estado presente en el origen y en el desarrollo del proceso colonizador, pero eso tampoco debe llevarnos a olvidar o minusvalorar uno de sus resultados: una riqueza cultural asombrosa. Que en el terreno musical es particularmente destacable.

Sobre la base de músicas indígenas que en mayor o menor medida están siempre  presentes, enraizaron, se amalgamaron, se transformaron y se diferenciaron diferentes géneros, estilos e instrumentos de origen europeo, africano e incluso asiático. La contradanza dio origen a la habanera en el Caribe, la guitarra se metamorfoseó en charango en los andes, los inmigrantes del siglo XIX le dieron forma y temática al tango.

De ese modo, y sin que la siguiente lista pretenda ser exhaustiva, tenemos bachata, bambuco, bolero, bossa nova, chacarera, chachachá, chamamé, chamarrita, carnavalito, cielito, candombe, cueca, cumbia, danzón, forró, guaguancó, guaracha, huaino, joropo, mambo, mariachi, merengue, milonga, música tejana, nueva canción, reggaeton, rock de fusión, rumba, salsa, samba, saya, sertanejo, son montuno, tango, taquirari, vallenato, vidalita, yaraví, zamba.

Toda esa riqueza y variedad infinita de sonidos, instrumentos, ritmos, melodías, movimientos y lenguajes es la música latinoamericana.

Y por supuesto, podemos continuar llamándola música latina si nos resulta más cómodo, pero conviene recordar que detrás de ese término está la mirada de quien colocado frente a una riqueza y una diversidad difícil de comprender, no pudo evitar el impulso colonial  y tranquilizador de reducirlo y simplificarlo.