Las dificultades de un nuevo embajador

Hace ya varias semanas, mientras todavía se hacían esfuerzos y se gastaba algún dinero (afortunadamente poco) para promover la candidatura de Canadá para ocupar uno de los lugares rotativos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, fuimos el primer y único medio de nuestra comunidad en adelantar una opinión que, en aquel momento parecía antipática y demasiado aventurada. Que el país no tenía ninguna oportunidad de conseguir ese objetivo y que mejor hubiera hecho el gobierno en no postularse para ocupar un lugar para el cual no estaba bien posicionado.

Y tanto en esa nota como en otra posterior, intentamos fundamentar nuestra opinión, por lo que ahora sólo resumiremos lo ya dicho.
En la zona de Canadá ya había dos aspirantes, Irlanda y Noruega, que se habían postulado mucho antes de que a Canadá se le hubiera ocurrido, bastante tardíamente, competir con ellos.
Ambos cumplen sus obligaciones con la Cooperación para el Desarrollo (0.7% del PBI) en mayor medida que Canadá, que sólo contribuye con un magro 0.2%, y en el caso de Noruega su contribución supera ese porcentaje.

Además, en temas que tienen que ver con la igualdad de oportunidades en temas de educación (ver nota de página 6 de este mismo número), y con el respeto a los derechos de las poblaciones originarias y la reparación a las víctimas de pasadas violaciones a dichos derechos, Canadá tiene una situación muy comprometida que obviamente iba a pesar en la conciencia de los votantes.

Por último, recordábamos en aquel momento, la insistencia del gobierno actual y de los anteriores en venderle armas a una autocracia agresiva como la saudí, que se ha colocado una y otra vez por fuera del derecho internacional y el error de haber respaldado la ocupación israelí de territorios que no le pertenecen, en contra de la opinión del 93% de la comunidad internacional no serían elementos que jugaran a favor de la candidatura del país y así sucedió.
Son enseñanzas, que asumidas y bien aprovechadas pueden servir como llamados de atención y como experiencia para mejorar aquellos aspectos flojos de la política internacional.

Sin embargo, y eso es lo que motiva que volvamos sobre el tema, el Primer Ministro ha designado a Bob Rae como nuevo embajador ante la ONU y tanto sus declaraciones a la prensa como su trayectoria hacen dudar de que se haya tratado de una decisión atinada.
Como si aprender de lo que sucedió no estuviera en los planes del nuevo embajador, su evaluación del resultado de la postulación de Canadá al Consejo de Seguridad, fue ¡positiva! O lo que es peor, Bob Rae dio a entender que al gobierno que integra, haber obtenido el tercer lugar entre tres posibles, no le preocupa y tampco le preocupa conocer las razones por las que los países que podrían haver votado por Canadá no lo hicieron.

Y si esa es la actitud con la que Rae va a ejercer sus funciones, poco es lo que se puede esperar.

El país, en este momento y como resultado de la detención de una ejecutiva de Huawei que se llevó adelante para contentar al presidente de los EEUU, Donald Trump, tiene sus relaciones con China en entredicho.

Como destacan en la edición del 15 de julio del New York Times los periodistas especializados Steven Lee Myers and Paul Mozur, un número creciente de países está decidiendo, sin respaldar a China en sus diferencias con los EEUU, tomar una distancia prudente de un liderazgo que, después de 4 años de gobierno de Trump, ya no se sostiene.

Las relaciones de Canadá con la Unión Europea son buenas, pero la salida de Inglaterra de la Unión y los lazos políticos que ambos países comparten (nada menos que una reina y el Commonwealth) no colocan al país en la mejor de las situaciones posibles, ya que no se trata sólo de los aciertos o errores que pueda mostrar el Primer Ministro Justin Trudeau, sino en qué medida los pasos en falso de Boris Johnson lo comprometen.

En su ubicación respecto a América Latina y nuevamente a instancias del Presidente Trump, Canadá no sólo respaldó sin matices el reconocimiento de un presidente autoelegido que luego se demostró que no contaba con los apoyos internos necesarios, sino que en ese proceso no dudó en quedar estrechamente asociado a varios gobiernos que hoy se han demostrado, de todos los modos posibles, como frágiles y poco respetuosos de sus deberes.

Era perfectamente posible ser partidarios de una salida democrática para Venezuela y ser críticos de los frecuentes errores y excesos de su actual gobierno, sin tener que abrazarse, públicamente, con parte de lo peor que social y políticamente ha dado el continente, con el agregado de que Canadá se vio envuelto, seguramente por impericia, en lo que se percibió internacionalmente como un intento de intervención armada.

Y por último, el ya aludido 0.2% de su PBI con el que Canadá da por cumplida su cuota para la Cooperación Internacional, pone en tela de juicio su relación de simpatía y comprensión con los países africanos.
El mundo es infinitamente más complejo de lo que parece percibir alguien como el nuevo embajador y más aún en una época como la que tenemos por delante, en la que la pandemia y las crisis económicas que se avecinan, harán de muchas regiones, lugares llenos de dolor, de injusticias y de peligro.

Y que antes aún de haber llegado a ocupar su nueva función circule por el país una petición para que se lo retire, que ha recogido ya miles de firmas, no hace más que confirmar la debilidad con la que asume.

Canadá y el momento crucial que atravesamos quizás merecían una elección más cuidadosa y más atinada.