En medio de la plaga: los viejos buitres, y los mercenarios de siempre

Resultaron ser, como si hubieran deseado darle vida al irónico dicho español: “Lo mejor de cada casa”.

Un ignoto ex-boina verde canadiense-americano llamado Jordan Goudreau, veterano de otras varias invasiones y desastres, propietario de una empresa que vendía servicios de seguridad en actos de campaña de Donald Trump o en aquel recordado espectáculo musical celebrado en la frontera entre Colombia y Venezuela a principios de 2019 bajo los auspicios de los presidentes más agresivos del Grupo de Lima. El objetivo inicial de su empresa habría sido proteger a las escuelas de su país de ataques terroristas, pero de alguna forma había terminado por convencerse de que en su futuro estaba escrito que se transformaría en un patriota venezolano y en un héroe multimillonario.

Otro de ellos, Juan José Rendón, es en cambio un viejo buitre de la política latinoamericana. Había sido nominado, por quienes quisieron ver en Juan Guaidó un líder democrático, para establecer los lineamientos estratégicos que transformarían algún día su autodesignación en una realidad contante y sonante. Antes y durante su permanencia en ese cargo virtual, J.J. Rendón había trabajado, también como estratega, en la campaña para la reelección de Juan Manuel Santos, cargo al que debió renunciar cuando su reputación se vio ensombrecida por cargos de corrupción y vínculos con el narcotráfico, aunque ya había tenido problemas similares cuando se lo había señalado como cómplice en la manipulación de los resultados en las elecciones mexicanas de 2012.
Un tercer actor del melodrama fue un general “del régimen” que había pasado a formar parte de las filas opositoras, Cliver Alcalá, que un mes antes de que el complot que estaba co-organizando fuera descubierto, tuvo la buena idea de entregarse a la DEA en Colombia, gracias a lo cual consiguió ser trasladado, sano y salvo, a los EEUU.

No podemos olvidarnos de Juan Guaidó, por supuesto, cuya firma figura al pie de al menos una de las copias del contrato que Goudreau y Rendón también firmaron y que el Washington Post publicó en su totalidad el 7 de mayo. Guaidó declaró, en un primer momento, que el desembarco de mercenarios en las playas de La Guaira era una cortina de humo con la cual el gobierno de Nicolás Maduro intentaba ocultar sus fracasos en la lucha contra el coronavirus, para pocas hora después asegurar que él sólo conocía los detalles más gruesos del acuerdo pero no tenía nada que ver con todo aquello, ya que su intención había sido contratar a la empresa de Goudreau para que los mercenarios lo cuidaran a él, y no para que invadieran su país. Goudreau, de acuerdo a los círculos cercanos a Guaidó habría resultado ser alguien demasiado imaginativo y que se había excedido en sus funciones, aunque en las 42 páginas del contrato firmado entre ellos estuvieran detallados los objetivos de la operación hasta en sus más mínimos detalles.

Junto a estos cuatro personajes, como si al guionista le hubiera sobrado imaginación, aparece un conjunto variopinto de actores de reparto que van desde la torpeza más estremecedora hasta la maldad más abyecta. Capitanes venezolanos que habiendo desertado heroicamente hacia Colombia, se habían encontrado después con que no se les mantenía como se les había prometido ; traficantes de armas y ex-torturadores que conducían vehículos cargados de material de guerra hacia la frontera venezolana pero habían dejado sin pagar el alquiler de la casa en la que las escondían; ex-soldados estadounidenses que confiesan sin rubor que no sabían que secuestrar a un presidente de un país extranjero fuera ilegal; periodistas opositores como Patricia Poleo desde Miami, o Daniel Farías desde Alemania, que comienzan a insinuar, con los ojos fuera de sus órbitas, que Juan Guaidó y Leopoldo López son dos cómplices de la tiranía chavista…

Todos ellos, para darle más actualidad a la escena, lavándose las manos y tomando distancia los unos de los otros en una serie de escenas delirantes, propias de una comedia de enredos, en las que el telón de fondo son los millones de dólares que se prometieron pero no se pagaron, la seña que no se entegó en tiempo y forma, o los contratos petroleros con lo que se intentaba seducir a los inversionistas que debían sostener económicamente la cruzada libertadora.

No puede extrañar, ante tanta incoherencia, que hace un mes Mike Pompeo haya decidido prometer 15.000.000 de dólares por la cabeza de Nicolás Maduro. ¿A quién no se lo podría ocurrir algo así en una situación como esa?

Si los planes para la invasión se deshilachaban porque los mercenarios, ante la demoras en los pagos, ya se estaban dispersando y poniendo rumbo hacia desaguisados más seguros. Si los contratos prometidos habían perdido momentáneamente su atractivo porque en medio de la crisis del coronavirus el petróleo dejaba de ser tan redituable. Si la gira de febrero en la que Juan Guaidó intentó seducir nuevamente a sus aliados internacionales sólo tuvo el éxito esperado en el Congreso de los EEUU. Si los comprometidos en el complot seguían demostrando que no tienen el menor sentido del ridículo ni del decoro. Si los buques estacionados en el Caribe cerca de las costas venezolanas no estaban dando los resultados políticos esperados… Si nada de lo planeado parecía funcionar… quizás una recompensa podría convencer a los complotados menos lúcidos y más desesperados para que lo intentaran a como diera lugar.

Y lo intentaron. Siempre hay gente (sobre todo hombres) así. Capaces de intentar invadir un país empobrecido en medio de una pandemia .
Como hemos expresado en otras notas a propósito de este tema tan amargo y tan triste, la salida de Venezuela, como la de cualquier país en el que los resortes democráticos ya no funcionan adecuadamente, requiere reconciliación interna, cooperación internacional, y acuerdos electorales y post electorales serios.

Más intentos como el del Mecanismo de Montevideo -llevado al fracaso por la intransigencia de ambas partes y la falta de apoyo de terceros países-, y menos “Grupos de Lima”, que no parecen capaces de ofrecer nada mejor que la rapacidad colonial de los viejos buitres, el entusiasmo ingenuo de quienes se sienten empujados a respaldar cualquier tontería o cualquier barbaridad que cuente con el apoyo imperial, y los mismos mercenarios, vacíos, arrogantes, uniformados, necios e ignorantes, que conocemos desde siempre.