La Habana, 5 siglos de historia, orgullo y hermosura tropical (2)

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Manena Munar*

Decíamos en la Primera Parte de esta nota, junto al historiador Eusebio Leal Sperberg que “La Habana es un estado de ánimo”. Y él lo sabe porque ha dedicado su vida y sabiduría a remozar fachadas, balcones, columnas, a descubrir hasta el último secreto de su querida Habana, y sacarlo a la luz para todo aquel que quiera cortejarla.

De paseo por La Habana, se entiende el amor de su Historiador, que la conoce como nadie, pues faltan ojos y oídos para absorber lo que sus piedras y su gente ofrecen.
Si es la Habana Vieja, el testimonio de su metamorfosis se observa en cada rincón de sus cinco plazas, la de Armas, la de San Francisco, la Plaza Vieja, la de la Catedral y la del Cristo. También en las calles que las rodean, animadas por música: el canto de la manisera ofreciendo su producto -”Cómprame un cucurichito de maní…”- ; el solitario anciano rasgando la guitarra sentado en un banco, los escolares que marchan bailando en la fila.

Fachadas en azul pastel, otras en tono siena. La antigua casa de la lotería, que aún guarda el bombo de la suerte, está pintada de verde. Por todas ellas asoman los patios, que la vegetación tropical se empeña en esconder.
Hoteles que han hecho historia como el neoclásico Hotel Inglaterra, el más antiguo de Cuba, sito en el Paseo del Prado, que Elmore Leonard menciona en su novela Cuba Libre; el recién renovado Iberostar Grand Packard, desde cuya piscina infinita se divisan el Morro y el Fuerte de La Cabaña, o el Hotel Sevilla en la calle Trocadero, que sale a relucir en la película basada en el libro Nuestro Hombre en la Habana de Graham Greene, y que en sus tiempos, al igual que el Hotel Riviera, el Nacional, el Habana Hilton, o el Capri, estaba vinculado a los negocios de la mafia norteamericana.

Si se trata del barrio del Vedado, repleto de antiguos palacetes esperando a la cola para ser adecentados, los carteles de 500 años de La Habana adornan semáforos, colegios o cafés legendarios como La Pelota donde se reunían los jugadores de béisbol. También los barbudos Fidel Castro y Camilo Cienfuegos, cuyas fotos aún cuelgan de las paredes del café, que está situado al lado del cementerio de Cristóbal Colón.
El camposanto también es pasaje imprescindible de la historia de La Habana, pues allí artistas, truhanes, políticos y gente normal descansan todos juntos y, supuestamente, en paz. Alejo Carpentier, Lezama Lima o Dulce María Loynaz se codean con Antonio Gades y con héroes revolucionarios de la talla de Javier Valdés o Rubén Martínez.

Están los más grandiosos mausoleos, véase el de los bomberos de La Habana o el Pabellón de Asturias, y aquél, más pequeño, pero más prodigioso, el de Amelia Goyre de la Hoz, apodada La Milagrosa por la cantidad de deseos que concede con solo tocar el culillo de bronce del niño en la imagen de madre e hijo que se eleva sobre su tumba.

El cementerio linda con la calle 23, dedicada al cine. En el Centro Cultural Cinematográfico Fresa y Chocolate, entre la 12 y la 13, hay que tomarse un cuba libre de ron Havana Club 7 Años y brindar por el quinto centenario de La Habana y por la imprescindible historia de la película dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabio y protagonizada por Jorge Perugorría y Vladimir Cruz , de la que toma su nombre el centro.

Como habíamos dicho antes, según palabras del propio Eusebio Leal, el 500 aniversario de la ciudad servirá de excusa para la terminación de más de 20 obras de carácter social, cultural, educativo, patrimonial y de salud. Destacan entre ellas la reapertura del Capitolio Nacional, inaugurado en 1929 bajo el gobierno de Gerardo Machado, obra de los arquitectos cubanos Eugenio Rayneri Piedra y Raúl Otero, cuya rehabilitación, iniciada en 2010, está a punto de finalizar.

La Estación Central del Ferrocarril de Cuba, el rescate del Castillo de Santo Domingo de Atarés y el Mercado de Cuatro Caminos son algunas más de las reinauguraciones previstas, sin obviar los conciertos, obras de teatro y exposiciones que se llevarán a cabo durante todo el año, culminando el mes de noviembre.

El gran Historiador agradece la ayuda de organizaciones internacionales, de ciudades, de estados y de organismos no gubernamentales, aunque precisa que, si bien el dinero hace falta, lo principal es la voluntad, que no se compra con nada.

Grúas y trabajadores en los andamios testifican la renovación de La Habana. Mientras tanto, la gente que vivía en los edificios ha sido alojada en otros lugares hasta su vuelta a casa una vez adecentada. Como dice Eusebio Leal, la belleza de La Habana estaba ahí, y al ponerle la mano encima, la ciudad renace.

La capital de Cuba, a punto de cumplir la mitad del milenio, se desvive por presentar al mundo la gran herencia que, durante 500 años, ha logrado crear la ciudad esplendorosa en tiempos, decadente en otros, gloriosa, perdida, y única que es La Habana.

*Manena Munar es redactora de la columna Viajes Urbanos de Conde Naste Traveler.