¿El temor a una epidemia o una epidemia de temor?

Separemos lo que es el razonable temor que como individuos o como sociedad podemos tener frente a un virus, de lo que es el virus del temor instalado socialmente. Para ello, tenemos que entender qué es un virus y cómo es su vida. Pero además, deberemos entender qué es el temor y cómo se propaga.

Un virus es un organismo cuya vida (si a eso se le puede llamar vida) es muy poco atractiva. En primer lugar, no es como una bacteria, un helecho o un elefante. No pude vivir más que muy poco tiempo si no está dentro de un determinado ser vivo y su único entretenimiento, su única finalidad, consiste en usar la maquinaria de replicación de ADN de su huséped, y usarla para multiplicarse a si mismo cuantas veces le sea posible. Al hacer eso su huésped resulta dañado, enferma, y ocasionalmente muere. Pero existe una alternativa para el organismo que ha sido invadido por un virus. Puede aumentar su temperatura para hacer la vida del virus imposible (a eso lo llamamos “tener fiebre”) o puede entrar en acción su sistema inmune, que generará lo que denominamos “anticuerpos”, es decir mecanismos de defensa que neutralizan y/o eliminan al virus.

Es en este punto que el drama del virus y el drama de su huésped se vuelven realmente interesantes.
Las dos posible estrategias de un virus

El virus tiene dos posibles estrategias que lo protejan de los anticuerpos que podría generar su huésped una vez que su sistema inmune lo ha detectado. Veamos cuáles son esas dos posibles estrategias y para hacer más vívido el relato, en lugar de huésped, que suena tan frío, digamos “nosotros”.Eso nos dará la exitación de sentirnos parte de este drama.

La primera opción que el virus tiene cuando nos ha infectado es ser rápido y efectivo. Quitarnos todo lo que necesita de la forma más rápida posible, antes de que nuestro sistema inmune lo detecte y replicarse millones y millones de veces en pocas horas o pocos días.

Será entonces un virus altamente letal, pero su propia capacidad de multiplicarse, dañar y matar jugará en su contra, ya que al terminar con nosotros habrá perdido un huésped y no habrá tenido tiempo ni oportunidades de contagiar a muchas otras personas.

Un virus altamente letal es un virus cuya propagación será lenta y estará restringida a áreas reducidas, una estrategia que, para un virus, no es la mejor. Puede llevarlo a una rápida desaparición o a que poca gente lo considere digno de atención.

La otra estrategia posible es maximizar las posibilidades de contagio reduciendo su virulencia. No matarnos , correr el riesgo de que nuestro sistema inmune lo detecte, lo neutralice y lo elimine, pero asegurar su propia viablidad.
Mientra todo eso sucede, nos habremos sentido mal, nuestra temperatura corporal habrá aumentado, pero dado que nuestra vida sigue con relativa normalidad, habremos contagiado a un número suficiente de personas como para asegurarle a nuestro virus, que su “estirpe” seguirá existiendo y propagándose con éxito.
Desde el punto de vista del virus (si los virus tuvieran un punto de vista), esta estrategia es menos dramática o cinematográfica, pero mucho más efectiva.

El Covid-19 y lo poco o mucho que podemos esperar de él

En las primeras fases de la aparición de un nuevo virus, no es fácil determinar si su comportamiento será uno u otro, pero a medida que transcurren los días y las semanas, quienes analizan estos temas van pudiendo entender mejor lo que pasa. En esas primeras fases, por ejemplo, ocurre que por razones obvias son más fáciles de contabilizar los casos en los que las personas infectadas enferman de gravedad o mueren, que los casos en que esas personas no presenten síntomas. Y eso hace que la letalidad de una nueva cepa de virus parezca siempre mucho mayor a lo que realmente es.

Pero a esta altura de los acontecimiento ya parece evidente que nuestro nuevo coronavirus es del tipo de los que prefieren contagiar a mucha gente sin hacerles demasiado daño. Es decir que lo razonable es esperar que la epidemia, en pocas semanas o meses llegue a todas partes, incluyendo nuestra casa, nuestro lugar de trabajo o nuestra escuela… o al menos a nuestra ciudad.

Es posible que alguien que no presenta síntomas contagie a otras personas cerca nuestro. Es esperable que quienes se vean gravemente afectadas sean personas de adad avanzada con sistemas inmunes debilitados o personas que ya padezcan algún tipo de enfermedad, sobre todo si ésta afecta sus vías respiratorias. Es muy posible que si el contagiado es un niño los síntomas sean muy leves. Es razonable aconsejar, como lo hace la OMS, que quien no esté enfermo o no esté en contacto con personas de riesgo, no use mascarillas sino que las reserve para quienes sí podrían necesitarlas. Es imprescindible seguir los consejos de personas que conocen el tema, como el autor de la nota que presentamos en la página 4 de esta edición.

Y debemos reclamarle, a quienes tienen la salud pública a su cargo, que actúen responsablemente. Sin negligencia pero sin azuzar temores irracionales y recordando que existen regiones del mundo en las que todos los virus impactan con más fuerza, y la solidaridad internacional en estos casos no es una opción, sino un deber.

Hemos llegado al final de esta nota y no hemos podido llegar al segundo tema que planteábamos: cómo se contagia el temor… Podríamos abordar eso en nuestra próxima edición.