Los recortes en la salud y las propuestas inadmisibles

No es porque sí que la primera gran narración de la cultura occidental, escrita hace 3.000 años, la Ilíada, comienza en el momento en que una terrible plaga castiga al ejército sitiador de Troya y alguien descubre la razón de lo que está sucediendo. Las epidemias nos acompañan y nos marcan desde siempre.

En los días que estamos viviendo, es buena idea recordar también al Decamerón, la primera narración de la literatura moderna. En ella, escrita en 1350 durante la Peste Negra que acabó con la vida de más de la mitad de la población europea, diez jóvenes transcurren diez días aislados en un pequeño pueblo italiano de montaña al que han llegado escapando de la plaga. Durante ese perído de aislamiento forzado, se intercambian historias para mitigar la soledad y el aburrimiento, haciendo algo que deberemos re-aprender nosotros hoy: charlar, compartir con los demás narraciones que puedan ayudarnos a superar la inactividad, la incertidumbre y los temores. Contarnos cosas.

De uno de los cuentos que componen el Decamerón (tomado por Sandro Botticelli como motivo de algunas de sus más conocidas obras) quisiéramos hablar con ustedes, a través de estas páginas, en los próximos días.

Pero ahora, en el editorial de este número especial de Correo dedicado a compartir diferentes abordajes de la pandemia que nos afecta, queremos, en primer lugar, recordar las palabras del Dr. Rieux el héroe involuntario de la novela de Albert Camus La Peste:

“Es una idea que puede hacer reír, pero la única manera de luchar contra la peste es la honestidad”.

La honestidad debería ser una herramienta esencial ante un exceso de información vacía que nos impide tener una adecuada perspectiva de lo que sucede alrededor nuestro. Y para ello necesitamos datos más valiosos y más confiables. Más honestos.

Dice la revista McLean’s en su última entrega, a propósito de la necesidad de las medidas de aislamiento social aconsejables para “achatar” la curva de contagios:

“The data representing said curve is not so easily available. The federal government is not releasing the numbers swiftly enough to make a real impact.
This is not as trivial as it might sound. As case counts rise around the world, and governments make life-changing decisions based on those numbers, access to this information in its most digestible form is vital for the public to understand what’s happening.


Es esencial conocer los datos, pero no solamente los datos de cuántas personas contagiadas hay cada día o qué porcentaje de esas personas presentará síntomas muy leves o graves. Eso lo eschamos todos los días. Ya sabemos que, afortunadamente, los primeros serán la inmensa mayoría mientras que los últimos no pasarán de ser entre el 1% y el 4% de los contagiados.

Lo que necesitamos conocer son datos que no estamos recibiendo. Por ejemplo cuántas camas de hospital están libres en Toronto en un día normal y cuál será el número de pacientes que deberían ser hospitalizados en el pico de la epidemia. O cuántos respiradores existen en funcionamiento y cuántos serán necesarios dentro de 20 días si no se toman medidas efectivas para hacer disminuir drásticamente la cifra diaria de contagios.

Mientras el gobierno nos dice que el país está bien preparado, The Globe and Mail nos informa que:

“Data from the Organization for Economic Co-operation and Development indicate Canada ranks near the bottom of OECD countries when it comes to availability of acute-care beds, which includes intensive care. Canada had 1.95 acute-care beds for every 1,000 people in 2018, and that number has been decreasing steadily since the early 1980s.”

Para colocar un dato como ese en perspectiva y poder calibrar la posible gravedad de la situación, podemos considerar la disponibilidad de camas por cada mil habitantes en diversos países desarrollados:

Canadá, USA y Reino Unido, 2
Italia, 4
Francia, 6
Alemania, 8
Corea del Sur, 12
Japón, 13

Son cifras de la OCDE. Son datos de este tipo los que la población necesita para tomar decisiones informadas, por dos razones. La primera, importantísima. La segunda, para tener en cuenta una vez que la epidemia cese, más importante aún.

La primera razón es que para que cada uno de nosotros cumpla a conciencia con las medidas que serán necesarias en los próximos días, esto es, el aislamiento voluntario y las pérdidas personales y sociales que eso conlleva, debemos entender las razones por las cuales es necesario. Entender que no es para protegernos a nosotros mismos sino para proteger un sistema de salud del cual dependemos todos y no ha sido atendido adecuadamente. No existe infraestructura ni personal de enfermería suficiente para atender a todas las personas que pueden llegar a necesitarlas si no cumplimos con esta obligación moral que hoy tenemos.

La segunda es que tendremos que hacer conciencia de que en aquellos países que tienen sistemas de salud pública débiles de por sí, como el de los EEUU, o en aquellos países en los que los sistemas de salud han sido debilitados debido a las políticas de recortes y “austeridad”, (ese ha sido el caso de Italia o España, en donde la situación ha sido más grave en las últimas semanas) el peligro es mayor. En esos países las conscuencias de la crisis para la salud y la economía individual y colectiva pueden llegar a ser devastadoras.
Canadá podría estar en una situación intermedia entre la de esos países y la de aquellos que cuentan con sistemas de salud pública más modernos y fuertes, pero eso aún no lo sabemos. Y no ayuda en absoluto que muchísimos trabajadores no tengan aún la posibilidad de faltar a su trabajo cuando están enfermos. Eso nos coloca, como sociedad, en una situación vergonzosa que amenaza con tener un costo altísimo.

Cuando alguien, para conseguir nuestro voto, nos diga otra vez que recortará el presupuesto de salud y nos colocará esos “tax-payer dollars” en nuestro bolsillo, deberemos considerar la posibilidad de que su propuesta sea, por decirlo con suavidad, inadmisible.