La Spanish Flu de 1918. Piezas de un nuevo modelo para armar (2ª parte)


Segunda pieza: Puede ser más importante lo que se olvida que lo que se recuerda

Hay historiadores que se refieren a la pandemia de 2018 como “la pandemia olvidada”, y es interesante dedicarle algunos párrafos al porqué de ese olvido.El número de víctimas que el N1H1 se cobró entre 2018 y 2019 en todo el mundo es una cifra estimada en más de 50 millones de personas. Los fallecidos durante toda la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918, en cambio, fueron unos 10 millones de militares de los ejércitos intervinientes a los que hay que sumar 7 millones de civiles de los países europeos que participaron en el conflicto. Murieron casi tantos civiles (la mitad de ellos mujeres) que militares, pero ese es otro tema. Volvamos a lo nuestro.

Frente a esos números, que indican que en sólo un años de pandemia murieron 3 veces más personas que en una guerra que duró cuatro, cabría imaginar que la Spanish Flu sería un acontecimiento que ocuparía un lugar más destacado que la Primera Guerra Mundial en nuestra memoria colectiva, en nuestros libros de historia, en lo que nuestros niños aprenden en la escuela, o en lo que la industria del cine nos vende como actos sagrados de heroísmo.

Pero sabemos que no…

La respuesta todos la conocemos intuitivamente y es desoladora. En las guerras hay enemigos y esos enemigos son personas iguales a nosotros. Que pueden matarnos en nombre de ciertos valores que creen defender, o caer frente a nosotros, que los habremos matado en nombre de valores que quizás no sean muy diferentes a los suyos… Pero alrededor de todo eso hay banderas, sentimientos nacionales que nos indican que de un lado de una frontera está el bien y del otro está el mal, la industria de la violencia, la pretendida bendición de nuestras madres o nuestros dioses y ganancias siderales.

En la lucha contra un virus, en cambio, los enemigos son invisibles y no se los puede despojar de nada. No nos matan en nombre de ningún valor. No hay ni fronteras ni banderas, y quienes despliegan el mayor heroísmo son mujeres y hombres pacíficos, abnegados e inteligentes que muchas veces se dejarían matar antes de dañar a nadie. Médicas/os, enfermeros/as, investigadores/as, conductores de ambulancias… Gente común y corriente.Por eso es tan usual que un gobernante se vanaglorie de lo que gasta en sus fuerzas armadas y que sus gobernados lo aplaudan.

Cuando en una democracia la gente no guarda memoria de lo que ha sucedido en un desastre como la “Spanish” Flu y sólo recuerda y rememora las batallas y las guerras y los gritos y las bombas, los sistemas de salud pasan a ser un tema secundario, se resiente su capacidad de respuesta, y entonces pasa lo peor.

Tercera pieza: ¡son nuestras vidas, tonto!

Uno de los problemas que enfrenta la humanidad cuando se encuentra accidentalmente en el camino de un nuevo virus (especialmente los que atacan nuestras vías respiratorias y se trasmiten a través de la saliva y el aliento) es la falta de vacunas o de medicamentos capaces de combatirlo.

Antiguamente, porque no existían las vacunas, y los medicamentos disponibles no eran demasiado eficaces. Hoy, porque entre la aparición de una nueva cepa o variedad de un virus y el desarrollo de una vacuna o un medicamento específico pueden pasar meses y hasta años. Y mientras eso sucede los contagios se multiplican exponencialmente.

Las medidas que están a nuestro alcance en las primeras etapas de nuestro enfrentamiento con un nuevo virus entonces, son las mismas que existen desde el principio de los tiempos: tratar de separar a los individuos que pueden ser vectores de contagio del resto y crear barreras físicas que nos/los protejan.

Eso, lo que hoy llamamos “alejamiento social” es caro. Y en un sistema de producción como el de las sociedades modernas, en la que todo gira alrededor de las ganancias y el lucro, y todo se asienta en las ideas de productividad y desarrollo sin fin, es más caro aún.

Por esa razón y a pesar de que ya está claro que las medidas de distanciamiento social que han ido adoptando diferentes países 1) son realmente efectivas, 2) son las únicas efectivas mientras no se haya encontrado un medicamento o una vacuna y 3) son más efectivas cuando son más estrictas y cuando duran lo que deben durar, se escuchan y se escucharán cada vez más las voces que quieren convencernos de que para que las economías no colapsen, hay que flexibilizar las medidas de protección social y permitir que la gente vuelva a su trabajo aunque eso signifique… algunos muertos más.

Por eso, una investifgación publicada el 25 de marzo por Sergio Correia del Board de Gobernadores de la Reserva Federal de los EEUU, Stephan Luck, de la Federal Reserve Bank de Nueva York y Emil Verner del Massachusetts Institute of Technology (MIT) – Sloan School of Management, ha aportado un elemento fundamental en respaldo de la idea de que priorizar la economía frente a las medidas de aislamiento no es una opción.

El estudio, titulado de forma contundente: “Las pandemias deprimen la economía, las intervenciones de salud pública no”, demuestra que las ciudades estadounidenses cuyas economías se vieron más afectadas después de la crisis sanitaria de 1918 fueron aquellas que tuvieron medidas de aislamiento menos estrictas, o las que las levantaron antes de que hubieran dado sus resultados óptimos. En tanto que las ciudades que las mantuvieron con mayor convicción, lograron que sus economías se fortalecieran con mayor rapidez.

Es decir que colocar a la economía por delante de la vidas no sólo no es una opción moralmente aceptable, sino que además es perjudicial y no-racional desde un punto de vista estrictamente económico.

Y los gobiernos deberán entender que invirtiendo en nosotros (la gente) y fortaleciendo las decisiones del Estado por sobre la voracidad de las empresas privadas y sus directorios y lobista, es en donde podrán encontrar la salida menos costosa.

A aquella famosa frase de Bill Clinton “es la economía, estúpido”, hoy le podríamos responder: “son nuestras vidas, tonto”.