Deberíamos comenzar a imaginar ahora los juegos del después

La pandemia ya arrastró a otros 86 millones de niños a la pobreza.

Así titula El País de España una nota escrita por Belén Hernández el día 28 de mayo, en la que a continuación leemos que

“el número de menores de edad que viven en hogares pobres en países de bajos y medianos ingresos aumentará un 15%, hasta alcanzar 672 millones en todo el mundo, según pronostica un nuevo estudio de UNICEF en cooperación con la organización humanitaria internacional Save the Children”.

El estudio, basado en cifras proporcionadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional adelanta que no habrá ninguna región del mundo que escape a los efectos adversos de la pandemia, y que si bien el virus ha ocasionado más víctimas directas entre las poblaciones de más edad, sus consecuencias a largo plazo se harán sentir con más rigor en la población infantil, en particular en aquellos países que ya presentan índices elevados de pobreza entre sus niños: América Latina, el Sur de Asia y el África Subsahariana, es decir las regiones del mundo que aún padecen las consecuencias de un pasado colonial de saqueo y exclusión.

Cinco siglos de marginación, violencia y empobrecimiento, ya le habían dado forma a eso que conocemos tan bien: sociedades en las que la pobreza, la exclusión y la falta de oportunidades se identifican con colores de piel casi siempre diferentes al blanco.

Y el coronavirus, como se hace cada día más evidente, ha venido a confirmarlo y a doblar la apuesta.

Las medidas adoptadas en todo el mundo para disminuir los contagios, son imprescindibles, pero suponen, en economías en las que el trabajo informal e incluso el trabajo infantil son la regla, una inmediata pérdida de ingresos de los hogares más pobres.

Eso se traduce en imposibilidad de acceder al agua, la electricidad o los alimentos, lo que a su vez repercute en los niños no sólo colocándolos en situaciones de riesgo y carencias básicas en el hoy inmediato, sino que los condena a un insuficiente desarrollo cerebral, problemas en el aprendizaje y retraso escolar, que luego determinarán dificultades en la inserción laboral, reproducción de la pobreza e infelicidad.

A ese panorama debemos sumarle cálculos de los técnicos de la Universidad John Hopkins que indican que la urgencia por resolver los desafíos sanitarios que presenta la pandemia, está llevando a la desatención de enfermedades que ya estaban en vías de control o que estaban siendo enfrentadas, como la neumonía, el sarampión o el dengue, y que eso provocará la muerte de otros 1,2 millones de niños menores de cinco años en un plazo menor a un año.

El 28 de mayo, el día en que aparecían estos datos terribles en El País de Madrid, es, paradójicamente, el Día Internacional del Juego. Una jornada que, por lo general, se dedica a recordar la necesidad y el derecho que los niños y niñas de todas las sociedades tienen de poder crecer y desarrollarse en entornos en los que lo lúdico esté siempre presente como elemento dinamizador del aprendizaje y el bienestar.

A ese tema hubiéramos querido dedicarle más espacio en este número de Correo y lo haremos en el próximo, ya que no podíamos no atender algo de lo que acaba de suceder al sur de la frontera.

Se trata de una de las paradojas que mejor caracterizan este período que estamos atravesando: en medio de la aparente calma del confinamiento y las “distancias sociales”, se imponen la inmediatez, la urgencia, la falta de espacio para poder reflexionar sobre temas diferentes a los que ocupan la primera plana de los diarios o el horario central de la TV. Pero la vida no se compone de una sucesión de presentes sobre los que no tenemos posibilidad ninguna de incidir. El futuro existe ya, de algún modo y nos merece.

Por eso, no basta con estar pendientes de las noticias y condolernos de las víctimas. Y no basta con cuidar a los que tenemos cerca y aceptar con paciencia las medidas necesarias para contener al virus. En un día como el de hoy, Día Internacional del Juego, debemos hacer conciencia de que el mundo no volverá a ser el mismo y tendrá reglas diferentes. Y que hoy es imprescindible, por nuestos hijos y por los hijos de los demás, comenzar a construir el futuro que deseamos, imaginando las reglas del juego que querremos jugar después de la pandemia.