Algo salió mal – Crónica brevísima de un fracaso anunciado

Foto: Diario Textual

Algo salió mal. Quizás sea eso lo que piensa en este momento Mauricio Macri, el Presidente argentino que hizo de las frases breves y con pobre valor explicativo, su cualidad más destacada. Esa cualidad (ya que de alguna forma hay que definirla) lo encumbró primero y lo mantuvo viable durante casi todo su mandato a pesar de los reiterados fracasos a la hora de cumplir con alguna de sus promesas de campaña. Y esa cualidad finalmente lo tumbó el 11 de agosto en una elecciones primarias que hicieron recordar, por su contundencia, a un 17 de octubre de nuevo cuño.

Esas frases breves de Mauricio Macri, cargadas de un sentido común casi inocente, con metáforas simples y huecas que la analista Beatriz Sarlo ha definido como “faltas de toda inteligencia y carentes de todo interés”, marcaron 4 años de un país agrietado que ha comenzado ahora a aglutinarse en torno a un extraño sentimiento: la estupefacción.

Primero fueron las afirmaciones fáciles en el momento feliz del auge, con globos amarillos y música de Gilda. La inflación era un problema que no existiría bajo su mandato. La pobreza en el país llegaría a ser 0. Cuando la Argentina entrara al mundo de su mano la economía funcionaría sola, sin las perversas trabas del estatismo y los controles, el brazo de la ley caería sobre los corruptos y los incapaces que habían gobernado antes, en especial sobre esa mujer a la que los motes de yegua, ladrona y jefa de la banda, parecían condenar a una definitiva salida de escena. Fue el instante del Sí se puede, las fotos familiares perfectas, las selfies estudiadas, las imitaciones de Obama, los paseos en bicicleta por el Central Park, y su perro Balcarce durmiendo, aquel primer día, en el sillón presidencial.

Luego sobrevino el sinceramiento de la economía porque en el país todo había sido demasiado fácil y eso no permitía un adecuado clima de negocios. Los gerentes de las empresas agroexportadoras, los CEO’s del sector energético y los del sector financiero, quedaron a cargo de los ministerios de sus respectivas áreas porque eran “el mejor equipo de los últimos 50 años”. Cada traspié, cada recorte, cada aumento tarifario, cada nuevo dolor, se explicaba como “fruto de la pesada herencia recibida” y se edulcoraba con el anuncio de una inminente “lluvia de inversiones” que entrarían al país sobre fin del año, con “brotes verdes para el próximo semestre” o “una luz al final del túnel” que nos dice que “vamos bien”.

Así, cuando a mediados de 2018 el mejor equipo había endeudado al país a límites nunca antes vistos pero sin que eso se tradujera ni en desarrollo, ni en puestos de trabajo, ni en baja de la pobreza, ni en estabilidad monetaria, ni en confianza en el futuro, ni en mejoras en la educación, y cuando para colmo los especualdores que habían comprado bonos a tasas exhorbitantes dejaban ver claramente que no lo seguirían haciendo, comenzó cundir la alarma incluso entre quienes todavía se empecinaban en ver todo aquel aquellare como una fiesta republicana.

“Pasaron cosas”, le explicó entonces a su país un Mauricio Macri que no parecía darse cuenta de que hasta su propia gente pedía y merecía que se los tratara como seres pensantes. “Hubo una tormenta que no esperábamos. Pero estamos abiertos al mundo, que quiere ayudarnos con toda su generosidad porque confía en nosotros”.

De ese modo y con un anuncio que sorprendió por sus motivaciones casi tanto como por su parquedad expositiva, el Fondo Monetario Internacional acordaba con el gobierno de Mauricio Macri el préstamo más voluminoso de toda su historia (más de 50.000.000.000 de dólares, algo así como el 60% de todos los fondos de los que dispone). No importó que los propios técnicos de Fondo advirtieran que tanta generosidad no parecía tener respaldo suficiente. Aquella aventura aseguraba (y así lo dijeron sus autoridades) que el populismo no retornaría nunca más a la Argentina. Ni a la región.

Como contrapartida, un Presidente extrañamente feliz ante la crisis que él mismo había desatado, brindaba frente a cámaras e invitaba a todos los argentinos “a enamorarse de Christine (Lagarde)” la entonces presidenta del FMI. Todo simple, todo de mal gusto y casi todo falso. Todo llevado a su mínima expresión conceptual. Todo reducido a operaciones de marketing político como si no se pudiera distinguir entre administrar un país o gestionar un supermercado. Todo explicado con la facilidad de quien sabe que los periodistas nunca harán repreguntas o siente, equivocadamente, que nunca habrá de rendir cuentas.

Por eso duele, de verdad duele, hacer este repaso que debería extenderse mucho más de lo que los lectores admitirían. Porque después de aquello (y de todo lo que no hemos incluído ni queremos incluir en esta nota) siguió lo inevitable.

Por un lado, las condiciones del acuerdo, condujeron no al equilibrio fiscal y a la bonanza que le aseguraría a Mauricio Macri la reelección en 2019 sino al desastre. Eran, de acuerdo al Premio Nobel y columnista del New York Times Paul Krugman, imposibles de cumplir sin sacrificar los derechos, las expectativas de vida, la dignidad y la salud de una población ya harta. Pero por otro lado, dado que el dinero recibido se estaba empleando para alimentar una fuga de capitales como quizás no se haya presenciado nunca, todo terminó aún antes de lo que se había calculado. No quedó nada.

¿Pero en verdad, no quedó nada?

No quedó nada de toda aquella fortuna malgastada ni de todo aquel optimismo ramplón y hueco. Pero un país como la Argentina no se destruye en sólo cuatro años de balbuceos incoherentes, periodismo amigo, y falsedad descontrolada. Ni con el asombroso default selectivo de la misma deuda que hasta hace muy poco el gobierno celebraba, ni con un control de cambios que se dignó imponer cuando ya no tuvo otro remedio.

El 11 de agosto, en las elecciones internas de los partidos, que por ser obligatorias funcionaron como una primera vuelta electoral, el resultado tuvo la categoría del estruendo y dejó la virtual certeza de que para Mauricio Macri había llegado el infierno tan temido. La imposibilidad de seguir adelante con una campaña en la que ni los suyos creen.

Los periodistas amigos se reposicionan, quienes aún tienen algo para ganar se apartan, y algunas de las figuras que aún le son incondicionales se vuelven con el paso de los días, agresivas, vulgares y patéticas.

Mientras tanto la oposición (con algunas excepciones) jugó y está jugando sus cartas muy bien. Con sentido del “timing” político, con una responsabilidad institucional mucho mayor a la esperada desde el gobierno, con imaginación y empuje, unificada, y sobre todo demostrando sensibilidad social. Reclamando cosas elementales como la declaración de una emergencia alimentaria y que se tomen medidas que frenen la sangría de capitales hacia el exterior. Y esperando el resultado final, que podría serle incluso más favorable.

De ese modo llega la Argentina a un mes de definiciones cruciales y se prepara para enfrentar un período que será ciertamente difícil. Y podemos, quienes sentimos admiración y amor por su gente, acompañarlos nuevamente con una sonrisa satisfecha.

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