¿Por qué nuevamente se le negó a Canadá un lugar en el Consejo de Seguridad de la ONU?

Podríamos comenzar la respuesta a la pregunta del título, con otra pregunta, quizás más pertinente: ¿Qué hizo que el gobierno de Justin Trudeau pensara que ese lugar le sería concedido? O mejor aún esta otra ¿Qué hizo Canadá para estar a la altura de lo que deseaba conseguir?

La nota de Jean-François Thibault “Canada’s efforts to get on the UN Security Council will likely end in failure” que publicamos hace sólo dos semanas, adelantaba el resultado y no dejaba lugar a dudas: la postulación del gobierno del Primer Ministro Justin Trudeau no era ni oportuna ni pertinente. Y a la vista de los resultados obtenidos, quizás la única utilidad que haya tenido la postulación sea que gracias a ella será posible calibrar en qué áreas de las relaciones internacionales Canadá no tiene el buen nombre que una prensa demasiado autocomplaciente suele adjudicarle.

La primera falla de la postulación (si dejamos de lado que se realizó con meses de retraso con respecto a los dos países, Irlanda y Noruega, que competían en la zona y tuvieron mayor apoyo que Canadá) fue no ser una iniciativa consensuada y respaldada por todo el país, sino una iniciativa personal o a lo sumo partidaria.
Una iniciativa que aparecía fundada en el atractivo personal de un gobernante simpático, joven y moderno y en el convencimiento de su partido de que eso es suficiente.

Pero no son esos los atributos que un país que se postula para integrar el máximo órgano de gobernanza internacional en temas de seguridad, debería exhibir. Se trata de atributos con los que se puede conseguir popularidad e incluso apoyo electoral interno, pero no confianza internacional. Eso no se consigue de esa manera.

Lo que importa, cuando se vota a los miembros no permanentes del Consejo de Seguridad, no es si forman parte del G20 o del G7, ni el estado de su economía, sino:

a) su grado de independencia efectiva en relación a los miembros permanentes (EEUU, Gran Bretaña, Francia, China y Rusia),
b) la medida de su cumplimiento con compromisos internacionales, y
c) el modo en que atiende temas internos de sensibilidad internacional.

En el primero de esos items es obvio que Canadá mantiene, con Gran Bretaña y con los EEUU, una relación suficientemente estrecha y especial -invocada una y otra vez- que no permite presumir que sus posiciones en el Consejo de Seguridad vayan a tener el margen de independencia deseable.

Por supuesto, se sobrentiende que no hay ningún país que pueda decir que es total y absolutamente independiente de alguno de los grandes poderes, pero hay pocos que tengan una dependencia tan evidente y pronunciada.

Hemos hecho referencia muchas veces a lo que ha sido durante estos últimos años la política internacional canadiense con respecto a la problemática de América Latina y no podemos abundar aquí en ello, pero seguramente, el posicionamiento adoptado en la región no ha ayudado a que el país se pueda mostrar como efectivamente independiente de los enfoque de los EEUU.

Y como si eso no bastara, la insistencia canadiense en abastecer de armas y material de guerra a autocracias como la saudí, que luego cometen con ellas violaciones a los DDHH y a los tratados internacionales, tampoco ayudan.

Si nos fijamos en el cumplimiento de los compromisos internacionales, basta recordar que Canadá ocupa uno de los lugares más bajos en el cumplimiento de la tasa fijada por Naciones Unidas para la cooperación internacional. Esa tasa está fijada en el 0.7 del ingreso nacional bruto, pero Canadá sólo contribuye con el 0.26.
Para que nos hagamos una idea de lo que eso significa, bastará recordar que Noruega, uno de los países que competía con Canadá, no sólo cumple con ese compromiso, sino que su contribución a la cooperación internacional es 4 veces mayor y llega al 1.1%.

En cuanto a lo que tiene que ver con políticas internas que no se avienen a los criterios internacionalmente aceptados, vale citar:

1) Que un Primer Ministro haya reconocido que su país ha cometido y continúa cometiendo genocidio contra la población indígena, ha sido un gesto de valor y dignidad encomiable. Y es necesario reconocerle a Justin Trudeau ese mério. Pero mientras esas situaciones no sean resueltas con la seriedad y la contundencia esperada, no es posible esperar el reconocimiento internacional esperado.

2) Hemos tocado el tema de la inmigración temporal en este mismo número y pensamos volver a él en próximas ediciones, pero la derrota en la votación para el Consejo de Seguridad ha sido también una señal de alerta acerca de las políticas inmigratorias. La legislación enfocada sólo en el beneficio de las empresas de un país dejando de lado los derechos de los trabajadores de otro país, no crea buenas relaciones internacionales. Ocurre todo lo contrario.