La pandemia nos hace también reflexionar sobre el deporte… y el periodismo

¿Qué pasaría si el día de mañana no hubiera ninguna competencia deportiva en el mundo? , pregunta el periodista deportivo Jován Pulgarín en el sitio prodavinci.com y como siempre sucede cuando un artículo periodístico comienza con una pregunta, él mismo la responde.

Pero antes de ir a su respuesta, podríamos hacernos esa pregunta nosotros mismos. ¿Qué pasaría?

Y podríamos avanzar un poco más y preguntarnos ¿quién vale más hoy para el mundo, la enfermera que corre desesperada de una cama a la otra en el Hospital Universitario de Madrid aliviando la agonía de ancianos que se le mueren a razón de diez al día o el siempre igual a si mismo Leo Messi? ¿El conductor de ambulancias que recorre las calles de Londres con el rostro desencajado detrás de una mascarilla ya contaminada tratando de mantener vivo el espíritu de un sistema de salud que su Primer Ministro despreciaba olímpicamente, o el generalmente inefectivo Sergio Agüero? ¿El ídolo de la NBA con sus 2 metros 20 de músculatura deslumbrante, arrinconado y aburrido en su mansión con 7 hectáreas de parque, o la joven anestesista sin papeles que trabajaba de mesera en Nueva York y ahora arriesga su vida voluntariamente para salvar la de otros y para (secretamente) encontrar argumentos para que no la echen cuando haya finalizado la emergencia?
Son preguntas aparentemente duras y antipáticas, pero que es bueno no dejar de lado como si estuviera prohibido formularlas. Porque no está.

La pandemia comenzará a retirarse y las cosas irán volviendo a su sitio en las próximas semanas o los próximos meses, pero si queremos que algunas de las fallas que el coronavirus ha desnudado, sean aunque sea parcialmente reparadas, será preciso no olvidar el valor real de las cosas, las personas, las actitudes y las instituciones. Y para eso es necesario hacer preguntas y tratar de responderlas sin que parezca una herejía.

Por esa razón, el periodista deportivo con quien comenzamos estas reflecciones, a la pregunta ¿Qué pasaría si el día de mañana no hubiera ninguna competencia deportiva en el mundo?, responde:

“El nuevo coronavirus nos dio la respuesta. Si tuviéramos que sacar algo positivo de estos días de encierro, es la comprobación de que el fanatismo puede languidecer sin que derramemos una lágrima. Porque entre las cosas importantes, el deporte es la menos importante.”

Pocas veces se ha hecho tan evidente que la industria deportiva es una enloquecida máquina de imprimir dinero. Hoy comprobamos que los jugadores y técnicos pueden cobrar menos ); que pueden hacer más por la sociedad que comprar restaurantes y coches y que son menos necesarios que los científicos, los investigadores, los enfermeros y los que limpian cada pasamanos que tocamos.
«Ustedes le dan a un futbolista 1 millón de Euros por mes, y a un biocientífico le dan 1.800 Euros por mes. Ahora ustedes buscan el tratamiento para este virus, entonces busquen a Cristiano Ronaldo o a Messi para que encuentren la cura!». La supuesta declaración de una científica española no fue tal. Se trató de uno de los tantos montajes que se hacen en internet, acompañado de una foto de la exministra de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente Isabel García Tejerina. No obstante, aunque la sentencia es falsa, pone en contexto una realidad que se nos hizo costumbre sin que chistemos ni revisemos el problema ético de fondo.

Porque son muchos de estos atletas y sus pares, los artistas, los que hoy nos dicen que nos quedemos en casa. Lo hacen cantando Imagine o en la piscina de la casa, mientras patean un rollo de papel higénico, un artículo que a los mortales nos está constando un mundo conseguir. La desconexión entre un porcentaje mínimo de la población, que podría pasar 10 años en hibernación con sus ahorros, y el resto de personas que rezamos el padre nuestro en la fila del cajero, con el vecino tosiendo a nuestra espalda, es total.”

Es totalmente comprensible la desilusión de este periodista, seguramente joven, ante la realidad absurda que un simple virus nos ha colocado por delante. Una realidad que por cierto existe sin que ninguna pandemia nos la muestre, pero que es común que muchas personas se nieguen a ver en circunstancias normales.

Hemos estado valorando más a quienes nos entretienen que a las personas a las que luego les pedimos que nos salven la vida. Valga un sólo ejemplo: hemos aceptado, hace apenas unas pocas semanas, que se nos hablara del “legado imperecedero”de un jugador de básquetbol, que, pese a las trágicas circunstancias que rodearon su fallecimiento, no nos ha dejado nada comparable, en términos de ejemplo, de humanidad, de valentía, al de las acciones diarias de cualquier integrante del equipo médico de cualquiera de las ciudades de todo el mundo golpeadas por el virus.

Habría que terminar, si es que aún es posible, no con el deporte como actividad saludable para cada uno de nosotros, o como espectáculo digno de atención y hasta maravilloso cuando está a cargo de hombres o mujeres especialmente dotados, sino con la fanatización de los aficionados que se transforman en personajes monotemáticos y aburridores, el endiosamiento de alguien que no es mejor que el común de los mortales pero recibe tratamientos de semidios por patear bien una pelota, y sobre todo con un negocio que, como ha quedado en evidencia más de una vez, concentra grados de corrupción incompatibles con una sociedad sana y bien organizada.

Como nos dice el periodista que hemos estado citandos:

“No obstante, el punto de estas líneas no es volver sobre lo que se hizo mal. Lo importante es mirar hacia adelante.

No basta con esperar que el virus merme y se reacomode la agenda deportiva. Algo debe cambiar en nosotros. Desde los que organizan y protagonizan las competencias hasta los que las consumen. Y en esa cadena, quienes hacemos de intermediarios –los periodistas– también deberíamos cambiar”.