Alicia Alonso, la Prima Ballerina de perfección infatigable

La extraordinaria Alicia Alonso, una de las figuras cumbres de la cultura y la danza del siglo XX, que a sus 98 años seguía vinculada a esa rama del arte como coreógrafa y maestra, dejó en la segunda semana de octubre su recuerdo, definitivamente, entre nosotros.

Fue la legendaria mujer que apenas iniciada la Revolución en su país, y según sus palabras, renunció a un público por un pueblo, cuando en lugar de continuar con una carrera exitosísima en teatros de Europa y los Estados Unidos, decidió volver a La Habana para crear lo que luego fue el Ballet Nacional de Cuba, una de las tres instituciones más prestigiosas de la danza a nivel mundial, que dirigió personalmente por casi 70 años.
Esta Prima Ballerina Assoluta, cuyo verdadero nombre era Alicia Ernestina de la Caridad Martínez del Hoyo, estba considerada, cronológica y estilísticamente, la última gran diva del ballet, y como se dijo alguna vez “un monumento a la danza con vida propia”. 
En un lejano 1929 ingresó, con 9 años, a las clases del maestro ruso Nikolai Yavorski y siendo aún una adolescente, en 1937, viajó a perfeccionarse a la School of American Ballet de Nueva York, donde se casó con el también bailarín Fernando Alonso con quien casi de inmediato tuvo a su única hija, Laura, que con el tiempo también fue bailarina y prestigiosa maestra de ballet.

Desde aquel momento su carrera fue meteórica, intensa, prolífica, y a pesar de los desprendimientos de retina que la llevaron al borde de la ceguera a muy temprana edad, se caracterizó por la innovación contínua en un marco de perfección estilística y rigor estético que le granjeó la admiración de los públicos más exigentes.

La maestría técnica que desarrolló desde los inicios de su carrera y que la ubicaban 20 años por delante de los estándares de su época, así como su ductilidad estilística, la llevaron a interpretar, a lo largo de 61 países, un asombroso repertorio de 134 obras, entre las cuales sus interpretaciones en Giselle y en Carmen son recordadas, por quienes pudieron verlas, como experiencias estéticas únicas e imborrables.

«Todo lo que he bailado lo he disfrutado intensamente, pero Giselle tiene un lugar especial en mi vida como bailarina y como ser humano. Fue un fuerte reto después de un largo y duro reposo debido a mis problemas de visión. Pero lo vencí. Una bailarina, si es artista de verdad, cuando sale al escenario debe estar dispuesta a darlo todo o a morir sobre sus tablas», dijo Alicia Alonso y esa fortaleza que le permitió continuar con su carrera a pesar de que a los 20 años le aconsejaran desistir, es la que le permitió forjar la primera y hasta ahora única escuela latinoamericana de ballet.
Hasta Alicia, sólo se podía hablar de modalidades reconocibles de baile clásico en los casos de la escuela italiana, la francesa, la danesa, la rusa y la norteamericana. A partir de su trabajo, los cuerpos latinos movidos por los sones que les son propios, ingresaron al ballet de modo absoluto y definitivo, y eso le permitió ser Embajadora de la Danza Mundial de la UNESCO y haber recibido 222 premios nacionales y 264 internacionales, conferidos por 37 países.

Alicia Alonso, casi un prodigio de la naturaleza y un fruto de la sociedad que le permitió la cración sin límites ha sido, como bien definiera hace décadas el escritor y crítico Juan Marinello: «Un ímpetu tenaz, frenético, heroico, disparado contra la enfermedad y contra el tiempo, hacia la perfección infatigable».

Lois es una conocida reportera que fue capaz de desempeñar tareas típicamente masculinas en una época en la que las mujeres aún estaban limitadas a la esfera doméstica y totalmente apartadas de la esfera pública. Y si bien se trata obviamente de un pseudónimo utilizado por alguien que no desea ser reconocido/a, en Correo estamos orgullosos de sus colaboraciones.