Nuestra nueva casa

Nuestra nueva casa
Nuestra nueva casa

Yanna*

 

Caímos en una casa maravillosa, súper bien ubicada y con una dueña de casa -hija de chilenos exiliados– que viajaba a Chile el mismo día que llegamos por lo que sólo tuvimos horas para conocerla.
Nos dejó su casa y sus roommates: compartimos piso con Orlando, un argentino de casi 60 años, medio artista, medio loco, que gusta a veces de salir vestido a la calle como fémina. Antes de esto, se toma una buena cantidad de horas en el baño, inversión de tiempo que tiene como resultado algo bien peculiar y mi envidia segura por alguna de sus prendas. Al principio se avergonzaba de que nosotros lo viéramos por lo que no hemos querido indagar mucho en las razones performáticas de la transformación.
Pero hace un par de días me pidió que le ayudara a subir el cierre de su apretado vestido de cuero negro, señal de avance para nuestra confianza. Orlando vive en Toronto hace muchísimos años, le gusta hablar, tiene buen humor, es un tantito obsesivo y trabaja con una organización cultural de artistas. Un fin de semana nos invitó a ser los cajeros en un festival de música donde tocó un grupo africano, un cantante brazuka, una chica canadiense buenísima y otra chica bailó en tetas.
Nuestro rol era ahí era evitar un conflicto interracial entre africanos y latinoamericanos. Según Orlando los africanos son “medios vivos”, pero ellos no nos dieron bola, no se acercaron a la caja y nosotros sólo miramos a Ameyal toda la noche que era la que iba recibiendo al escaso público arribado. Ameyal es nuestra segunda roommate, desde hace menos de una semana que llegó a casa y ya la amamos con todo nuestro corazón. Es una mexicana requetechingonaza que ha deambulado por el mundo y que no gusta particularmente de la cultura canadiense.
Nuestra casa está ubicada a pasos de barrios coreanos, italianos, portugueses, latinos y chinos, también al lado de enormes parques. El metro está al frente, lo que es un verdadero lujo asiático, ya que en caso de tormentas de nieve o frío extremo, sólo cruzamos la calle para entrar al paraíso calefaccionado. Todo esto del clima aún se encuentra en una etapa absolutamente mítica en nuestra historia, los relatos de los nativos nos informan de fríos terribles, de temperaturas de menos 40 grados, de meses de oscuridad, autos que chocan y personas que se caen en la calle. Nosotros por mientras miramos con felicidad el sol sobre nuestras cabezas y esperamos a que ese escenario terrible llegue algún día para poder usar todo el arsenal de ropa que hemos comprado.
Por último, nuestra casa está arriba de un bar, del más bullicioso de todo Bloor Street, pero con nuestra agitada vida, con el cansancio extremo y con nuestros maravillosos tapones ya no nos acordamos que The Piston vive bajo nuestros sueños.

 

*Seúdonimo de una antropóloga inmigrante chilena recién llegada a Canadá.