Nuestra selfie más abrumadora, un día de San Valentín

El Día de San Valentín de 1990 la humanidad se tomó la selfie más abrumadora de su historia, conocida desde entonces como Pale Blue Dot.

Ese día de hace 30 años, la nave Voyager 1 estaba a punto de perderse en la inmensidad del universo para siempre. Ya había atravesado la órbita de Neptuno, se encontraba a 6.000.000.000 de kilómetros de casa, y se sabía que en unas pocas horas más todo contacto con la nave se haría imposible. Simplemente se iría. Viajaría por siempre. Nunca más sabríamos de ella ni ella de nosotros.

Sin embargo, antes de que aquello sucediera, quienes comandaban sus equipos desde ese lugar al que jamás volvería, hicieron girar su cámara fotográfica hacia atrás y la enfocaron en nosotros por última vez. La Voyager entonces tomó una serie de imágenes (60 en total), y nos las envió como último gesto de ¿amor? para que pudiéramos vernos como ella nos veía: un pálido punto en el centro de un rayo de sol.
En aquellos días Carl Sagan, que por entonces formaba parte del equipo que analizaba las imágenes enviadas por la nave, dejó por escrito lo que sentía frente a aquella fotografía, y bien vale recordarlo:

“Mira de nuevo ese punto. Eso es aquí. Esa es nuestra casa. Esos somos nosotros. Ahí están todos los que amas, todos los que conoces, todos de los que has oído hablar, todos los seres humanos que alguna vez fueron.

El conjunto de nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas. Cada cazador y cada recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y cada destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada hija esperanzada, cada inventor y cada exploradora, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santa y cada pecador en la Historia de nuestra especie vivió ahí, en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.

La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre que generales y emperadores han hecho derramar para poder convertirse en amos fugaces de una pequeña fracción del punto. Piensa en las infinitas crueldades cometidas por los habitantes de una esquina de este píxel sobre los habitantes apenas distinguibles de la otra esquina. Piensa en cuán frecuentes fueron sus malentendidos, cuán ansiosos se mostraron por matarse unos a otros, cuán fervientes eran sus odios.

La importancia que imaginamos tener, el engaño de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo, se ven desafiados y desmentidos por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es una mota solitaria en la gran oscuridad cósmica y en esa oscuridad no hay ningún indicio de que esté en camino la ayuda que necesitaríamos para salvarnos de nosotros mismos.

La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay otro lugar, al menos en el futuro cercano, al que nuestra especie pueda migrar. Nos guste o no, por el momento la Tierra es el único lugar del que podemos hacer nuestra casa.

Quizás no haya mejor demostración de la locura de las miserias humanas que esta imagen distante de nuestro pequeño mundo. Porque subraya la necesidad de que seamos más responsables, la necesidad de que nos tratemos más amablemente los unos a los otros, la necesidad de valorar y preservar ese punto azul pálido, el único hogar que hemos conocido.”

Han habido desde entonces muchísimas más fotografías de ese aquí tan lejano que se ve en la imagen, pero quizás ninguna tan poderosa y tan capaz de convocar empatía y, como pedía Carl Sagan, responsabilidad. Quizás porque no se trató de una imagen más sino la última. La que surgió del esfuerzo impensado de un artefacto que no tenía más utilidad y estaba condenado a deambular por todo el resto de la eternidad alejándose, segundo tras segundo, del único lugar en donde alguien podría comprenderlo o recordarlo.

Un artefacto que se pierde, un rayo de sol, un punto de luz, la distancia, un científico sorprendido ante la belleza de una imagen, y algo así como un amor que ese Día de San Valentín nos mostró, en un último suspiro, lo que somos.