Tres relatos breves de un caleidoscopio complejo (2)

DOS HOMBRES QUE UN DÍA SE SOÑARON PODEROSOS

Si la firma de un acuerdo con el FMI dejó acorralado al presidente argentino Mauricio Macri entre un pasado sin gloria y un presente en que cada gesto es una muestra gratuita de impotencia, se podría decir que la firma de un acuerdo similar empantanó al presidente ecuatoriano Lenin Moreno en la peor de las situaciones que un hombre político deba enfrentar: un presente en el que su único argumento es la fuerza, y un futuro en el que, casi con seguridad, toda gloria le será negada.

Tras once días de conflicto entre el Estado y miembros de las comunidades indígenas llegadas a Quito para sumarse a las protestas que se habían inciado el 3 de octubre, el saldo final ha sido, según la Confederación de Nacionalidades Indígenas, de más de 10 muertos, más de 2500 personas heridas o detenidas y un número aún no determinado de desaparecidos.

El acuerdo alcanzado bajo la mediación de la oficina de las Naciones Unidas para Ecuador supone la marcha atrás de Lenin Moreno en el decreto que determinó la suba de los combustibles y en la instalación de una comisión que evalúe medidas capaces de mitigar el impacto que las medidas pactadas con el FMI tendrán en la población, pero todavía no está claro si este resultado implicará un beneficio real para los sectores más afectados o si se trata, como ya ha sucedido en ocasiones anteriores, de una jugada para conseguir que los grupos indígenas retornen a sus territorios y que el clima social se enfríe lo suficiente como para retomar y maquillar las rebajas salariales, recortes presupuestales y “medidas de austeridad” que ya se habían implementado.

Quedan, a la hora de escribir estas líneas, las fotografías de mujeres amazónicas resistiendo con piedras y con lanzas, el video indignante de un hombre escudado en una hoja de cartón y envuelto en la bandera de su país que cae abatido por un disparo en la frente, las imágenes de niños indígenas sacados por la noche de un refugio entre nubes de gases lacrimógenos y el sonido contínuo de explosiones, los discursos vergonzantes de las autoridades tratando de vincular el movimiento de resistencia con las amaenazas externas de siempre y buscando desentenderse de lo que la policía y el ejército perpetraban en su nombre, y la dignidad con la que se expresaron los líderes de las diferentes nacionalidades en las instancias de diálogo que tuvieron lugar el domingo 13 de octubre.

Pero sobre todo, queda la sensación de que si las medidas que se presentaban como imprescindibles pueden ser revisadas, cada uno de los muertos, heridos y detenidos, fue un sacrificio innecesario, y los once días de terror, zozobra e incertidumbre que se vivieron fueron el fruto de la torpeza infame de un gobernante que sólo escuchó a su pueblo cuando su permanencia en el poder estuvo en juego.

En esto radica el paralelismo entre Mauricio Macri y Lenin Moreno. El primero le dijo al electorado argentino “los entendí” después de que su principal opositor le sacó casi 20 puntos de diferencia en las elecciones internas del 11 de agosto. Cuando ya era tarde e inútil. El segundo, dijo “los escuché” cuando estaba a punto de ser depuesto.

Es que sea cual sea el resultado final de las negociaciones recién inciadas, loos acuerdos con el FMI tienen eso. Más allá de lo que los planes pretenden conseguir (equlibrio fiscal, recortes en los gastos públicos, “sinceramientos tarifarios”) lo que obtienen son espectros presidenciales que alguna vez se soñaron poderosos y un día despiertan ateridos de frío, transformados en desecho y sin nadie que sienta real piedad por ellos.